Ahora observo de reojo el coche fúnebre que pasa
y que se marcha, tan ajeno, hacia Dios sabe qué Demonios…
Veo caras compungidas en la negra procesión:
gentes blancas, tan anónimas, llorándote en silencio,
cada una en su automóvil, sin adornos; y sin pausa,
van siguiéndote entre lágrimas,
negras, de humo de motor.
Yo no sé quién eres. O quién eras, hace poco.
Mi reojo es incapaz de atravesar un ataúd,
y así vistos, momentáneos, ¡todos son tan parecidos…!
Más valiera imaginar que fuiste viejo satisfecho,
y que son tus cuatro hijos los que miro de reojo,
o que aquella de las lentes, vieja guapa, tez silente,
llora el dulce y cruel recuerdo
de lo mucho que te quiso.
Pero yo no sé quién eres. O quién fuiste, hace ya un día,
porque como el agua es hielo, así, el sosiego, aire severo,
y el semblante de esa vieja dice amor también de madre.
¿Y si tú, viejo paciente, a su lado, conduciendo,
eres quien imaginé delante de esta comitiva
y es un hijo, de esos cuatro, en realidad, a quien lloramos?
Un varón entrado en años, muerto por aventurero,
un aciago compañero
con mil vidas que contarme.
Sólo espero que en tu cueva o tu barranco, un pensamiento,
dulce, impávido, rehuyera y rechazara el corte acerbo
de las piedras, y ahora alcance a vislumbrarlo en mi reojo,
remontando suavemente cumbres bastas de edificios,
y posándose en su dueña, mustia y gris de desconsuelo.
La más blanca, la más leve, la del llanto seco y vivo,
que revuelve los matojos de pañuelo y de saliva.
Cierras tú esta cabalgata de la muerte y del olvido,
y apoyada en la ventana
te oigo entonces: ¡Ay, mi niña!

Alberto Cancio García
Fotografía: Google