Así, pues, contando el tiempo,
y caricias de papel.



Tenía que ir a la librería del centro para recoger el último encargo y también pasarse por el pequeño centro comercial que había dos calles más allá y hacer la compra de la semana. Al recordar esto se acercó a la cocina a comprobar que tenía víveres necesarios. Comprobó que sin problemas podía aguantar hasta el lunes y salir a hacer la compra, por una vez desde que vivía solo, después de salir del trabajo. Como el encargo de la librería tampoco le corría prisa decidió que, en caso de que no lloviese, también iriá el lunes, antes o después de hacer la compra. Miró en su agenda para ver si tenía algo apuntado para hacer ese día, aunque Tomás siempre terminaba por no apuntar nada en la agenda. Cuando se la compraba nueva apuntaba cada cosa que se le pudiese olvidar. A las dos semanas ya ni se acordaba de que tenía agenda. Como era de esperar, no había nada apuntado en la agenda. Intentó recordar y vislumbró entre los rincones de su memoria alguna tarea pendiente, pero intuyó que era fuera de casa, por lo que desistió al volver a mirar por la ventana y ver que casi no se veía ni la calle debido a la tormenta que hacía.

Y ellos lo saben.

Fotografía: Google




Nueva Providencia, como todas Las Bahamas, se prepara para otra noche templada y añeja en que el romanticismo desaforado torna en amorfa papilla los valores que la corona española tratara de imponer antaño. Nos encontramos en Nueva Providencia,

Ni a media yarda de las complejas formaciones coralíferas que, en variopinto mosaico, componen la apacible ensenada, se alzan atrevidas las primeras casitas blancas de un pueblo silencioso y sombrío. Los despojos ruinosos de lo que un día fue la gran muralla de Colón circundan a trompicones la superficie ocupada y ofrecen al poblado un aspecto sólido y cándido. Anchos senderos arenosos flanqueados por tierras de cultivo y abundante vegetación tropical, ascienden ladera arriba para ceñirse de pronto entre la madera y la cal de las estrechas calles empedradas. Unas callejuelas que pintan la nostalgia de tenue amarillo con las luces de sus lóbregos faroles, en virtud de finos pinceles, y que acomodan su forma a la caprichosa disposición de las sencillas casitas costeras, jamás superiores a la altura de dos pisos.
Quietud. Quietud sobrecogedora, envolvente. Y la estela efímera de un felino rasga en silencio la etérea oscuridad de la calle WoodLeg sin dejar rastro a su paso.
Alberto Cancio García

No creas que supuso el fin del mundo
tu abandono. Dejarme
sólo fue una reprimenda: el sofoco,
el frío desengaño o
la toma de conciencia…
Mas, yo ya conocía ese dolor,
pues hube de sufrirlo de igual modo
en la helada bañera, al recordar,
de pronto, enfebrecida por la rabia,
no haber encendido el calentador.
El tiempo se detiene, algo acaba.
Pareces suponer el fin del mundo,
pero basta salir de la bañera
y correr en pelotas por tu casa.

Alberto Cancio García
Hablan y sobre ellos se cierne entonces un aura de trascendencia espiritual, de mística erudición que tal vez sólo sea el humo, espirado despacio, de sus solemnes cigarros puros. Es un leve flamear entrecano, sinuoso al principio, pero que, desplegándose luego en torno a sus frentes anchas, narices ilustres y ojos ausentes, se eleva sobre la mesa del bar y asciende a los níveos balcones incrustados en la roca, bajo el cerro impresionante de la torre medieval. Allí arriba, en lo más alto, los cuervos lo sacuden, lo desgarran, y a su escándalo y su vuelo tortuoso responden a menudo las miradas, las de ellos y la mía, para pronto regresar –a los balcones, a esta calle, a este bar – impregnados del azul del mediodía:
El silencio, justo a continuación, da cabida a los graznidos del cielo, pero a ellos no les entusiasman demasiado. No hay atmósfera envolvente que admirar. Ni siquiera parecen ser conscientes, aquí y ahora, del hermoso y escarpado torreón que se alza cincuenta metros sobre nosotros, ni del cielo esplendente que lo dibuja y delimita entre los aires, ni aun del vasto tornasol de las macetas dispuestas calle arriba. Son ancianos: Hombres muy capaces de embriagarse con el busto insinuante de una mesera jovial, pero remembranzas vivientes, al fin y al cabo, de la carne palpitando entre manos arrugadas por los años; una vida ya vivida y el deseo efervescente y reprimido de volver. De volver a ser hermoso, por supuesto, y optar a sostener sobre el regazo un mundo entonces más hermoso que ellos mismos y al que ahora sólo queda sonreír entre las canas. Sobre ellas se pasean ambas manos bien abiertas, y la joven marcha adentro cargada de vasos, así que vuelven a su moderna conversación celebrando un aire de muecas demasiado barroco:
Son aseveraciones incoloras, como pequeñas instancias elevadas al cielo a regañadientes. La resignación transformada en humo de tabaco y magnificada por un paisaje del que ellos mismos son parte ineludible, como el cielo, los cuervos o el castillo. Miran de lejos algo que ya jamás compartirán con el destino –la joven camarera – sin tasar lo que el azar les ha brindado en realidad por el simple hecho de ser, de haber sido en esta historia y lugar extraordinarios. Como el poeta que no canta a su mujer sino cuando de ella sólo quedan tres iniciales sobre una piedra, envejecer aquí los ha habituado a la magnificencia y privado, así, de reconocer el halo de magia que los envuelve. El aura del que sólo yo disfruto por el simple hecho de no ser parte constituyente.
Ahora la mesera viene a mí oliendo a carne en salsa de tomate.
Un plato de la tierra, me dice, y en su guiño y voz entiendo que tampoco es de por aquí, que tal vez ella, como yo, tenga la inútil capacidad de abstraerse. Antes de volver a entrar se ha parado en la puerta y respirado hondo. Yo lo hago a menudo desde mi llegada esta mañana, como queriendo acaparar cada centímetro cúbico del aura que he descrito. En dos días habré vuelto a la ciudad y tocará olvidarse un poco de estos halos. Por el momento, y como denunció Machado que no se canta a lo que se tiene hasta que se pierde, yo seguiré cantando.

Alberto Cancio García
Farmacia: Almax.
Quien quiera que habitara esta casa por última vez no tuvo excesivas consideraciones higiénicas. Mi supuesto familiar vino y se marchó, que se sepa, hace tan sólo dos meses, y había telarañas incluso en el fregadero.
Yo me extraño: Es fácil asumir que haya gente dispuesta a vivir entre la mierda –la podredumbre es rica en curiosidades, ciertamente –pero, en el seno de mi familia, tal cosa espantaría hasta a los muebles del trastero. No es lo propio, digamos. Por ello, intuyo que quien estuvo aquí ni siquiera reparó en el entorno circundante, que no prestó, en realidad, una pizca de atención a la casa, absorto, seguramente, en actividades bastante más divertidas que bailar el son de la escoba.
¡Sí, también yo la odio!, y también me abstraigo hasta el punto de ignorar ese calcetín desahuciado tres días ha por las desordenadas esquinas de mi habitación; pero una cosa es la abstracción, comprensible para urbanitas, hemos dicho, y otra, muy distinta, el estado en que se encontraba esta casa a mi llegada, hace ya tres horas.
Es el tiempo aproximado que he invertido en limpiar el polvo, barrer, y fregar el suelo casi con la saña de un depredador cautivo. Teniendo en cuenta que la vivienda no alcanza más de nueve metros cuadrados de superficie habitable y que tiene un mueble y medio en total, tres horas son una verdadera eternidad. Bastante más de lo que han tardado autobús y taxista juntos en traerme de Cádiz a Algodonales y de allí a Zahara, respectivamente.
Y es que superado el reguero de marismas destrozadas que conforma el litoral gaditano no hago más que enfrentarme a concreciones, ¡demonios! Abrir la puerta es soplar sobre una masa compacta de polvo, telas de araña y hojas podridas, incrustada toda en el a trozos desbaratado suelo de arcilla y deshaciéndose al mínimo contacto. Lo primero, en efecto, es percatarse de la inutilidad de limpiar dichas secciones, pues semeja barrer la playa grano a grano. La arcilla deshecha siempre puede deshacerse más y más, y media hora en adelante la escoba había dejado de ser amarilla. Tal vez si hubieran dado un repaso hace dos meses hoy la cosa no tendría estos tintes bélicos… Muy ocupados debieron estar, ¡ja, ja! Sierra, amor, juegos de mesa… ¡son tantas incógnitas las de esta historia! En cualquier caso, es evidente que nadie pasó un triste trapito, pues acabo de recoger el equivalente a un podrido año de abandono del que no pienso dar más detalles. Soy alérgico al polvo, y ha sido como expulsar el cerebro a cachitos por la nariz.
Aunque bueno. Sonarse los mocos, lavar los ojos con agua clara, y a comprar. Se ha hecho demasiado tarde, así que es probable que almuerce fuera.
Alberto Cancio García
Eva Te
Las tardes del recién estrenado invierno son más frías que las tempestades navideñas. Irrumpen sobre las aceras aun calientes por el Sol, bañando de hielo las oquedades de la tierra y los brazos desnudos. El mundo cambia de pronto. Llueve y crepitan los vientos por todas partes. Un puñado de pájaros remueve incómodo sus alas y busca su árbol para guarecerse.
Nosotros también lo hacíamos entonces. Éramos jóvenes, y no teníamos miedo de que el mundo reventara de tormentas. Aquella ventana, en la guarida de mi habitación, tenía el aspecto de una pequeña pantalla de cine donde proyectaran la película más catastrófica de la temporada. Una nube, otra, la negrura y el rayo, la tragedia, nuestras risas.
Jugábamos. Jugábamos a obviarlo y quererlo todo. A soñar. A inventar futuros paradójicos que nos atemorizaban y hacían reír al mismo tiempo. Las sábanas estaban calientes y decíamos muchas cosas, siempre tan importantes, impregnados de esa hosca trascendencia del amor. No podíamos dejar de inventar. Por eso a veces, sobre la cama, cortábamos la bajara, leíamos el futuro en los reveses de las cartas sin nombre, y acto seguido escribíamos nuestra historia. Siempre al azar. Temblando. Una mano insegura, un diccionario, seis tiradas, seis palabras. Y sólo entonces, un relato:
Palabras origen:
Clave Inalcanzable Óbice Carricero Rosca Normalidad
Y dicen de Eternidad y Amor un enlace inalcanzable…
Hallemos puente o ingenio hacia el triunfo contra todo óbice, estorbo, caja vacía de tropiezo…
Impedir que la normalidad se cuele una mañana por nuestra ventana, como quien no quiere la cosa, y sin pedir permiso se apegue a nosotros… Ignorar a la rutina que suele acompañarla, pues pretende encontrar su lugar entre los enamorados. Hogar en que respirar frescura mientras el calor es perenne y la luz envuelve.
Una humilde morada enmarcada por enredaderas que no enreden, pero sí nos mezclen. Un refugio donde alberga la intimidad; chimenea sabía para quemar vacilaciones y convertirlas en cenizas que al aire cabalguen formando escirros, lunares celestes de esos que cubren pero no tapan, adornan nuestra historia. Obligan a alzar la vista a lo encumbrado, y no por oposición a lo bajo, esencialmente por el desajuste con lo pasado, con el atrás.
Y durante la escena un canto. Rítmico, repetido y apuntado en melodía. Delator del carricero que cada día abandona la espesura y humedad de su escondite para dejarse ver. Un motivo avivador del entusiasmo.
Graves y agudos, izquierda y derecha, Fa y Sol en lucha por el poder: ser clave del engranaje. Lejos de cualquier sistema estricto y hacedero de rosca, serpenteamos atemporalizados culpando a Amor, a la complejidad espontánea de su mecánica. Vestido de humildad, pasea evitando los caminos de lo incierto, insulso e insensible. Se ata a lo inimaginable e intangible en un primer encuentro, a lo inmediato conjugado con el infinito, a lo indecible con los ojos abiertos, incluso a veces a la incorrección. Mas siempre acunado por lo imperecedero, unido a la Eternidad.
Emma Núñez Guerrero
Tú quisiste inmortalizar aquellos juegos para siempre. Los rezaste a solas, en la violácea penumbra de tu habitación, cuidadosa y subrepticia; raspaste las palabras con mesura de escultor, durante la noche -porque siempre hacíamos esas cosas de noche, por algo ahora somos artistas-, una nube de ensueño se batía sobre ti, que me pensabas, y yo a ti, claro, haciendo otras cosas, y el sueño llegaba a destiempo, tarde como siempre, por un trabajo, un vídeo interesante, un mensaje, seis palabras.
Llegado el momento me entregaste el manuscrito, todo él envuelto en colores fríos y muy rojo su interior, al modo de nuestros contrastes de siempre, y yo supe que los inviernos despabilan el alma y que aquello que dijimos tenía sentido aun dicho entre risas. Lloré. Sí. Supe de la vida, como un sabio, y estiré mis dedos para acariciar el papel como si fueras tú. El relato viajaría, para siempre, conmigo. La onda expansiva de nuestro amor no se borraría en muchas generaciones, y aquellas seis palabras, azarosas, taimadas y escurridizas, me fiaron su secreto: Me amarás. Te amaré. El siguiente renglón está, sencillamente, vacío.
Emma Núñez Guerrero y Alberto Cancio García
Se alza al alba el polvo del camino
por que vamos, mientras rizan silbidos
los pedruscos que salpican el aire
a nuestro paso y se ciñen las sendas
cuando avanzamos, sobre cordilleras,
bosques densos y vértebras de olivo
que abates, y que son color de rueda
bajo el súbito rolar del vehículo.
de aceituna, cuando el Sol, sobre troncos
de árboles desnudos y vestidos,
se despunta, a sí mismo, descargando
vetustas bienvenidas a los altos
primero, las pendientes, poco a poco…,
y luego, nuestra senda, el valle ancho,
prende el cristal de roca en los recodos.
Serpenteamos laderas, se escarpan,
suena un río de ecos: ruge y brama
allá abajo, entre los verdes y airosos
tules del abismo, y, de repente,
de hito en hito brota, por el oeste,
el declive de su vasta cascada
desde el lago añil oscuro, y al frente,
alza el mundo una cresta escalonada:
Hablábamos de delegar. Son las 10:30 y el autobús ha hecho una parada más larga de lo normal, por lo que he podido mear tranquilo y estirar las piernas dulcemente.
Solía fumar durante estos descansos; hoy me he limitado a dar vueltas por aquí y por allá, curioso, como uno de esos viejos encorvados que parecen indagar las calidades del terreno, cabeza gacha, manos entrelazadas en la espalda, mirada cálida y sabia conjetura: Esta región de Cádiz, muchacho, es bastante mediocre.
Reincido una y mil veces en la inherente devoción que profesa el ser humano por estropearlo todo, aun cuando se hace difícil lograrlo. Ya en otros cientos de viajes me ha sorprendido no hallar un sólo centímetro de tierra libre de las chapuzas de nuestra especie, pero he de reconocer que la zona de Cuatro Caminos es un ejemplo aterrador de a lo que puede llegar el bípedo estúpido. No es cuestión de caprichoso ecologismo –adecuar el medio a la rentabilidad económica en perjuicio del paisaje es práctica tan común que ya ni acongoja –, yo hablo de absoluta e indómita fealdad. De espectacular asimetría en la disposición de las estructuras, de desaliño, torpeza, desidia. Crudísima devastación. El pueblo y sus alrededores semejan un tipo de dolencia infecciosa, que hubiera ido ennegreciendo el terreno progresivamente para contaminarlo luego de hormigones mal dispuestos. Desproporción premeditada. Edificaciones que crecen como la mala hierba aquí y allá, donde uno menos lo espera. Tierra sucia, plantaciones negligentes. Ni un sólo árbol que las cerque… Un paseo por las calles más céntricas de París podría perturbar la serenidad de cualquiera que se haya planteado lo nocivo de las grandes aglomeraciones, pero el aspecto de este maltratado rincón, por vacío y silencioso que se muestre, ralla en lo obsceno.
¿Es posible obviar la sensibilidad estética de una forma tan burda? Quien me conoce sabe que no simpatizo con las ciudades, que me crié en las lindes de un bosque y frente a una playa salvaje, y que, en efecto, sustituir árboles por carteles publicitarios me provoca poco menos que diarrea. Todo cierto, no lo niego, pero después de diez años de errar por la capital gaditana sigo dispuesto a amarla por una única y sencilla razón: Es bonita. Aunque ruja de motores y miseria, aunque a veces soliviante con sus vientos y su risa compelida, Cádiz es una maravilla estética. Sin dudarlo. Asimismo París, Londres, Granada, Sevilla, tienden a espantar de frivolidad, pero rezuman encanto si se las contempla sereno. Aguijonean la sensibilidad, la admiración, quizá la nostalgia,… la cosa, en definitiva, que permite a uno hallar la paz sobre la barbarie en un momento no concreto. Pero nada es abstracto aquí, Madre de Dios, nada en absoluto. Hace cinco minutos que he subido al autobús, cansado de indagar suelos, paredes y colores demasiado precisos, y ahora, mientras el conductor pone en marcha este bicho maloliente, llego a la conclusión de que alejarse de los grandes núcleos urbanos exige rechazar de una vez las realidades indeterminadas, la teoría, la vaguedad. Aquí, todo lo que es, es, notoriamente, y las inexactitudes, para los edificios.
Supongo que en ello transmutará la realidad conforme vayamos ascendiendo la ladera en pos de las ceñidísimas aldeas de la Sierra de Grazalema. A partir de ahora, sólo los pueblos con habitantes satisfechos serán hermosos: Localidades tangibles, rudas, desaliñadas en sus gentes y sus cuestas, y con la virtud de haberse despojado, hemos dicho, de cualquier necesidad de idealización. Zahara, blanca y lejana, bien podría ser la más visceral de todas ellas, pero dedúzcase que en absoluto temo hallar en su entorno lo que aquí.
Sea cual sea la actitud de los zahareños, antes de llegar a Algodonales ya me habré inserto entre edificios demasiado bien ornamentados para permitir la monstruosidad que han hecho en Cuatro Caminos: las montañas. Las duras, precisas y concretas montañas, capitales subrepticias de dioses contundentes, y sobre las que ha trabajado desde siempre, no el pequeño humano con su triste afán de maniobrero, sino la cruel, altiva y muy excesivamente concreta naturaleza.

Dormiré un rato. Tengo ganas de llegar.
Alberto Cancio García