jueves, 29 de abril de 2010

BILIRRUBINA 3

Pues, mire usted, que no sabría si sabía lo que sabía.
Porque no creía ni una pizca en lo que decía.
Pero lo decía. Aunque no supiera, como tal, lo que sabía.
Por miedo a creer, saber, decir, lo que sentía.





Alberto Cancio García

miércoles, 28 de abril de 2010

Víctimas

Las víctimas de un lunes sin reposo
no saben ejercer su obligación,
ni quieren despedirse del colchón
por culpa de un salario caprichoso.

Las ruinas de un pasado indecoroso
no silban esta idéntica canción
que va en pos de la flecha, al corazón
de un viaje sin retorno. Deleitoso

sonido cruel de mil adinerados
que cambian a la gente por mercados
y pesan en la mesa su dinero.

Qué pobres gentes, dignas de alabanza,
que cargan en su espalda la esperanza.
¡Ay, honrado albañil, cuánto te quiero!


Jorge Andreu
Para el trabajador honrado que gana su vida cargando peso.

domingo, 25 de abril de 2010

Una tempestad en carretera

La bruma impedía una visión nítida de la calzada, que amenazaba con sacar de su carril el vehículo verde, solitario, ocupado por el conductor y el copiloto, a cuyo alrededor sólo había agua y maleza, niebla y oscuridad. Eran las cinco y tres minutos de la madrugada, el pueblo dormía su sueño desde muchas horas atrás. La lluvia había impedido que los pocos jóvenes habitantes del pueblo salieran a divertirse, pero Marco y David, quienes gozaban de un alma jaranera y no iban a permitir el silencio de una noche de sábado en casa, habían emprendido un viaje de ida hacia la ciudad, donde muchos bares ofrecían fiesta y eran motivo de reunión amistosa a pesar de la tormenta. A esta hora regresaban de la parranda sin cansancio en el cuerpo. Cantaban y reían mientras Marco trataba de adivinar el camino de vuelta entre el cristal empañado y su vista borrosa.

Huelga decir que Marco, de diecinueve años, y David, con la mayoría de edad recién cumplida, eran hermanos y carecían ya de la compañía de su madre, muerta hacía dos años, víctima de un accidente de tráfico a la vuelta del trabajo. Y aun así, cómo son los hijos, conducían embriagados e inseguros por el peligro de la noche. Escépticos desde la tragedia, nunca habían creído en la vida después de la muerte, en el más allá, sino en el presente, en que debemos aprovechar la vida a cada momento porque una vez muertos no podremos salir de nuestra tumba. O de nuestra urna, diría David, todos sabemos que en las familias abundan los puntos de vista.

En divagaciones así no deberíamos inmiscuirnos porque la marcha del vehículo aún no se había detenido, y no lo hizo hasta poco después de enmarcar en el punto de vista del Mercedes una figura blanca cuya contemplación apenas duró un segundo. De inmediato Marco giró el volante hacia la derecha y pisó a fondo el freno; el coche recorrió varios metros hasta terminar de pararse. Qué has visto, preguntó Marco asustado a su hermano menor; creo que lo mismo que tú, respondió David, una silueta blanca, como en pijama, que nos miraba; mamá, susurró Marco. David asintió despacio. Un trueno retumbó en los cristales y en los asientos traseros. Miraron hacia atrás y no vieron sino sus chaquetas y, más allá, la lluvia sobre una carretera desviada como el coche. Te decía algo, preguntó Marco; sí, fue la respuesta de David, que detuviésemos la marcha; eso mismo he creído oír yo, dijo Marco, y que pasásemos aquí la noche; esto me da muy mala espina, no habrán echado algo en las bebidas, preguntó David; sí, ron.

El coche se había salido de la calzada y estaba estacionado entre las hierbas de un lugar que no conocían. De todas formas, concluyó Marco, nos habíamos perdido, será mejor que pasemos aquí la noche. Pero ninguno estaba seguro de lo que sus ojos habían visto.

El alba llegó dos horas después. David despertó alumbrado por el primer rayo del sol y dio un codazo a su hermano al adivinar lo que tenían ante ellos. Marco se despidió del sueño a regañadientes, sacudió la cabeza, se frotó los ojos varias veces con las manos y luego, asombrado, abrió la puerta del coche para salir a contemplar el exterior. Ante ellos, a poco más de un metro de distancia, el terreno daba paso al vacío y a su izquierda la carretera se transformaba en un corte de rocas. Se echaron las manos a la cabeza, mareados de vértigo al mirar el suelo lejano. Y pensaron en el más allá. Y en su madre.


Jorge Andreu


sábado, 24 de abril de 2010

Josefa Parra y la Generación del Ocho

Tengo una sorpresa para mis compañeros de la Generación del Ocho, Abraham y Alberto. Anoche disfruté de una velada literaria con nuestra buena amiga Josefa Parra (Pepa entre nosotros y con ella), en la que acompañada por el pianista Miguel Ángel Beltrán “Barry” recitó los mejores poemas de sus libros, al tiempo que aprovechó para enseñarnos algunos inéditos que me gustaron incluso más —amiga Pepa, si lees esto, que sepas una vez más que el último verso de la «Edípica» que espero ver en tu próximo libro me sacó las lágrimas—; y luego el cantautor Alfonso Baro Alcedo interpretó un poema de Pepa al que había puesto música, y una canción propia, muy interesante.

A la hora de la firma de libros, por cierto, me dijo que uno de los miembros de la Generación le había dicho que me parezco a un poeta, y no sé quién habrá sido, pero sirvió para echar un momento agradable de risas. Ese momento es el motivo por el que hoy escribo esto, la sorpresa para mis amigos de la Generación, que enseño a continuación:


Por si alguien no ve el contenido, dice lo siguiente: «Para mis colegas de la “Generación del 8”, con la esperanza de verlos crecer, combatir y vencer. Y compartir con ellos esa alegría y ese ímpetu. Os quiero. Josefa Parra. 23/04/2010».

Este es mi regalo para la Generación del Ocho por mi vigésimo cumpleaños. Yo también os quiero, amigos míos.


Jorge Andreu


jueves, 22 de abril de 2010

MASCOCHA




Ofrezcamos una calurosa bienvenida a PAQUITA, la nueva mascota de la Generación del Ocho.

lunes, 19 de abril de 2010

BILIRRUBINA 2

Aquella noche fue igual a cualquier otra.
Me quedé solo, como es costumbre,
y entonces bajé al mar.
Allí, espié cómo dormitaban los ojos del cielo,
y luego volví a casa desquiciado de belleza.
Siempre, todas las noches, ocurre del mismo modo.
Y es que aquella noche, aquella en particular, fue igual a cualquier otra.



Me preguntas... ¿que por qué escribo sobre ella?
Porque luego, camino a casa, sonreía.
Y no lo entiendo.
Pero aquella noche sonreía.



Alberto Cancio García

sábado, 17 de abril de 2010

BILIRRUBINA 1

Sólo miraba.
O quizá sea más correcto decir que sólo veía.
Y aun así, solazándose en la inocencia de su propia pasividad, se sabía culpable de ver.

Sólo de ver.
Alberto Cancio García

viernes, 16 de abril de 2010

Finales de Marzo a bordo del Whydah (Relato de Colin Woodard sobre el capitán pirata Samuel Bellamy)

" A pesar de estar a más de cien millas mar adentro, [los piratas] cayeron sobre un pequeño mercante que salía de Newport, en Rhode Island. El capitán de este balandro, el señor Beer, se dirigía a Charleston y probablemente escogió el paso exterior para evitar a los piratas que se contaba, infestaban el estrecho de Florida y el paso de los Vientos. A cambio, se halló prisionero en el mayor barco pirata que él y sus compañeros hubieran visto jamás.
Beer no pasó más de dos horas a bordo del Whydah, pero después tomó nota de todo lo sucedido, incluida una transcripción de la conversación que mantuvo con Samuel Bellamy. Mientras los piratas saqueaban el cargamento, se intentó decidir si le devolvían la embarcación o no. Tanto Bellamy como Williams [segundo de a bordo] estaban a favor de que Beer se quedase con el barco, demasiado pequeño para ellos, pero sus compañeros, con el ego muy alto tras los recientes éxitos, se negaron en rotundo. Bellamy ordenó entonces que llevasen a Beer ante su presencia para poder comunicar al desventurado capitán las malas noticias. Sentía deseos de disculparse:

_ ¡Maldita sea mi estampa! Lamento que no le vayan a devolver su balandro, porque desdeño causar daños a nadie si no es para mi provecho_ le dijo Bellamy a Beer_ ¡Maldito barco! Tendremos que hundirlo y, en cambio, a ustedes bien que les habría servido.

El pirata se detuvo, miró de arriba a abajo al de Rhode Island y empezó a destilar cierta compasión por aquel hombre:

_Maldito sea: En el fondo es usted un cachorrillo, igual que todos los que se rinden al gobierno de unas leyes que han hecho los ricos para su propia seguridad [...] ¡Pero allá vosotros con vuestra suerte! ¡Allá ellos, por ser una panda de zorros arteros! ¡Y allá ustedes, los capitanes y marineros que les sirven, pues son unos tarugos con alma de gallina! Nos vilipendian, los muy sinvergüenzas, cuando la única diferencia entre nosotros es que ellos roban a los pobres amparándose en la ley..., y nosotros robamos a los ricos amparándonos en nuestro propio valor_ Bellamy volvió a mirar a Beer, sopesando con cautela el efecto de sus próximas palabras_ ¿No sería mejor estar entre nosotros que andar lamiendo la hediondez de esos villanos, sólo para conseguir un trabajo?





Beer se tomó su tiempo para responder. Su conciencia, le dijo al fiero comandante de los piratas, no le permitiría "saltarse las leyes de Dios y de los hombres". Bellamy lo miró con disgusto:

_Es usted un granuja con una conciencia endemoniada_ le respondió_ Yo soy un príncipe libre, y cuento con tanta autoridad para hacer la guerra en el mundo entero como el que dispone de cien barcos en el mar y un ejército de cien mil hombres en tierra. Y esto es lo que me dice mi conciencia: ...No vale la pena discutir con los cachorrillos llorosos que toleran que sus superiores los pateen en cubierta con placer, y que ponen su confianza en quien no es más que un proxeneta hipócrita: un cerdo comodón que ni practica ni cree siquiera en lo que le cuenta a los imberbes que lo escuchan como a un santo.

Con aquello, Bellamy ordenó que se llevasen a Beer. Indicó a la tripulación que lo condujeran en un bote hasta el Marianne [otro navío de la flota pirata], para que Williams pudiera dejarlo en Rhode Island. Cuando los piratas acabaron de pasar el último barril de sidra y de comestibles al Marianne, prendieron fuego a la balandra de Beer. La columna de humo se vio a varias millas a la redonda; el barco se quemó hasta la línea de flotación, y sólo el mar pudo apagar las llamas. "






He tomado esta narración de la obra "La república de los piratas/ La verdadera historia de los Piratas del Caribe", de Colin Woodard, que insiste en que fue el propio señor Beer quien transcribió la conversación que mantuvo con Samuel Bellamy a bordo del Whydah:
"Algunos autores han puesto en duda la veracidad de esta conversación, que al final se publicó en "Historia General de los Piratas", preguntándose quién habría sido el transcriptor. La respuesta es: el propio Beer. Tras su audiencia con Bellamy, el capitán fue trasladado a bordo del Marianne, donde dispuso de suficientes horas libres como para poner por escrito esta conversación histórica. Lo liberaron en la isla de Block al cabo de una o dos semanas y, el 29 de abril, se presentó en Newport e informó de lo sucedido al corresponsal del Boston News-Letter. Es casi seguro que los detalles de la conversación fueron anotados por las autoridades de Rhode Island y enviados posteriormente a Londres, donde quedaban al alcance del autor de la "Historia General de los Piratas."






Alberto Cancio García

miércoles, 14 de abril de 2010

Una Década

Y todavía hoy, en las noches baldías de helado insomnio, lo siento vagar huidizo por las calles solitarias; sucio y maltratado como los contenedores mismos de la basura donde se alimentaría; triste y quejumbroso como el aire en que a menudo dejaría escapar sus maullidos largos de felino compungido. Maullidos de miedo, de hambre y de frío. Maullidos de pena y aterrado desconcierto, que seguro, por entonces, rasgaron con sus ecos la afonía de aquel barrio, preguntando una y mil veces, en la jerga del errante con bigotes, por qué.





Alberto Cancio García

miércoles, 7 de abril de 2010

Despierta, Antonio. Otro milagro de la primavera.

¿Sabe usted una cosa?
Yo vine a este sitio buscándola a ella, con mi rosa, mi cuaderno y mi mejilla, y anduve entre los troncos y las ramas trituradas, por ver si la veía y, dándoselo todo, me besaba.
Fue triste comprobar que había marchado a no sé donde, y me hinqué en este escalón, a culparme por imbécil; encendí un cigarrillo y, de su humo ennegrecido, huyeron dos mariposillas hacia el seto de la izquierda. Tosió un pajarillo más arriba, y de verme espatarrado, un hombre se acercó con un plato de tortilla.
Y yo, que venía buscándola a ella, no había reparado ni en las flores de aquel seto, ni en el árbol de ahí arriba, ni en el Sol de la ternura que un buen hombre me ofrecía.

Guardé el cuaderno y la mejilla, y planté la rosa en la tortilla.






Alberto Cancio García

domingo, 4 de abril de 2010

Hermann Hesse - Narciso y Goldmundo

Este libro resucitaría a un muerto. Y como hoy es domingo y este blog está muerto, después de varias semanas sin recomendaciones ni actividad, voy a lanzarme a hablar de mi última lectura, a la que acabo de dar fin hace cosa de media hora tras una semana de placenteras sesiones.



Narciso y Goldmundo es una excelente novela del premio nobel de literatura alemán Hermann Hesse, donde se unen los antagónicos puntos de vista de la ciencia y el arte, la razón y los sentidos, el espíritu y el cuerpo. Narciso, un joven novicio entregado al estudio y a la reflexión, encarna el espíritu de la razón, y Goldmundo, un joven estudiante del convento de Mariabronn, es el ejemplo de los sentidos. Ambas partes conforman los dos pilares de la personalidad. En el convento de Mariabronn se conocerán estos dos jóvenes que pronto tomarán caminos bifurcados: mientras que Narciso permanecerá en el convento envuelto en sus quehaceres de futuro monje, Goldmundo partirá rumbo a la aventura, a la vida, y gracias a su hermosura conocerá en profundidad el mundo de los sentidos.

La profundidad psicológica de los personajes, la sobriedad del estilo del autor, las reflexiones implícitas y explícitas y la riqueza del lenguaje cautivan desde la primera página: así quedé yo después de leer la primera descripción del castaño que decora la puerta del convento, después de los primeros acontecimientos, después de indagar en la personalidad de Goldmundo, un personaje entrañable.

Es una novela que no os deberíais perder. Ojalá me hagáis caso. Yo me he estremecido, he vibrado, he llorado, he sonreído y he seguido los pasos del joven Goldmundo en todo su viaje por los sentidos. Haréis lo mismo si os asomáis a estas páginas. Lo garantizo.

viernes, 26 de marzo de 2010

El arte por el arte, la muerte por la muerte

Caminas a paso ligero, porque en realidad quieres llegar a casa... ¡y sabes de sobra que no vas a subir! ...pero necesitas sentir la cercanía de un lecho seguro en que acurrucarte si las cosas se ponen feas. _¡Porque podrían ponerse bastante feas!_ te dices a ti mismo bajo un paraguas maltrecho que cubre a duras penas tu cámara y la mano que la sujeta. Las fuertes ráfagas de viento empapado te cierran los ojos con su arena y los oídos con su ruido. Te detienes impresionado ante el resplandor de un primer rayo, pero es sólo un momento. Porque no cesas de caminar. Nunca cesas de caminar hacia casa, que está_ la tierra se estremece con el trueno_ ahí detrás, a dos manzanas, esperándote con su techo macizo y su agua templada. Y deseas estar en ella, en casa, durmiendo, como todos desde hace tres horas. Y miras hacia atrás. Hacia delante. Y no hay rastro de vida humana hasta donde alcanza la vista... _todos están en casa, Dios, todos_ ...y te sientes como minúscula astilla en un bosque de eucaliptos sedientos. Solo. Completamente solo en la inmensidad del universo, a espensas de lo que un cataclismo decida hacer o no contigo. Y quieres, ¡deseas!, llegar a casa, sí. Ahora. Porque sabes que restan menos de tres minutos para el caos. Y que él jugará a zarandearte de un lado a otro del paseo marítimo hasta hacer de ti un despojo encharcado. Y en realidad no quieres convertirte en un despojo encharcado. No. Tú quieres estar en casa. Como todos los demás. Durmiendo. ¡Como se duerme la cámara ahora! Y como se apaga. Cambias las pilas entre maldiciones, y el azote del viento se intensifica peligrosamente. Titubeas. ¿Para qué cambias las pilas, idiota? ¡Corre hacia casa! ¡Ponte a salvo! Un segundo resplandor colorea el mar de metales resbaladizos, y casi te sobran razones para salir corriendo entre bocanadas de azufre cuando, ensordecedor, el estruendo enloquece los cielos. Ahí está tu casa. Cruzando la avenida, a menos de cien pasos. Ahora. ¡Corre! ¡Ahí está esperándote, con su techo macizo y su agua templada! ¡Hazlo! ¡Márchate! ¡Huye!

Y sin embargo te detienes. Exhausto pero despierto. Y empuñas tu cámara mojada bajo lo que queda del paraguas. Y encaras el horizonte relampagueante, dispuesto a fotografiar la evidencia de tu inferioridad frente a tanta belleza. Y aunque quieres estar en casa, como todos, tú no puedes. Ni hablar. Porque a ti no se te ha brindado la posibilidad de dormir mientras el viento azote, la lluvia arrecie, o los rayos hagan crujir el pavimento... Y mientras el cielo descargue todos los odios existentes sobre su maltratada hermana, la tierra; tú, acodado sobre ella, responderás a los disparos con fotogramas enamorados, intentando en esta noche, a pesar del viento, la lluvia y el miedo, inmortalizar las centellas que te impiden meterte en casa, no por imposición propiamente dicha, sino por un recalcitrante proceso de imanación.





Alberto Cancio García

lunes, 22 de marzo de 2010

OMINOSA NÓMINA

Aquella no estaba resultando una noche nada fácil. El embaldosado sobre el que un día, ya muy atrás en el tiempo, florecieran el delirio, el amor y el ensueño de tantas quimeras compartidas, no era, en aquel momento, más que un tosco revestimiento de piedra granítica, que se prolongaba, sucio y magullado, hasta donde alcanzaba la vista, y que nada parecía tener de particular frente al resto de rincones del paseo marítimo.
Las cosas habían ido cambiando y él lo sabía, pero comprobar tan de cerca cómo la magia de su escondrijo preferido agonizaba ahora sobre el más tosco de los pavimentos, lo sumía en la amarga postración que significa el plantearse si las cosas siguen teniendo, al menos, un mínimo de sentido. Un sentido que siempre había buscado incluso bajo las piedras, y que esas piedras parecían estarse tragando sin la menor muestra de compasión.


Con esta imagen de crueldad gratuita cincelada en la retina, tomó asiento sobre el segundo de los tres escalones que durante tantas noches hermosas le sirvieran de apoyo, y sintiendo bajo su pie la rudeza de aquel suelo inescrutable, no sin antes dirigir una mirada cómplice a su izquierda, comenzó a fabricar sonidos armónicos y resonantes mientras acariciaba el mástil con dedos temblorosos. Las cuerdas de una guitarra, rasgueadas a diestro y siniestro en un sinfín de combinaciones distintas, tuvieron la virtud de alejar algunas de sus alimañas, pero también le permitieron aproximarse, y quizá demasiado, a la raíz primigenia del problema.

Acordes y escalas, cadencia y consonancia, fueron desentrañando los entresijos de la realidad que le embargaba desde hacía ya varios días, y cuando el arpegio simultáneo de una segunda guitarra transformó el ambiente en mimbre de una cesta vibrante, el suelo granítico se fue agrietando, para mostrarle a él, y a todo aquel que supiera mirar un poco más allá de las cosas que pueden mirarse, cómo la magia semienterrada por noches insípidas se había de igual modo resquebrajado. Atravesar la naturaleza maciza del granito no es cosa sencilla. Y esto, sumado a la presión de las toneladas de piedra sobre su frágil consistencia, la había transformado en una maraña de flecos deshilachados.

La sola visión de tamaño desastre hizo que su mente se reactivara, devolviendo la clarividencia y la motivación a quien parecía haberse dormido en el interior de una guitarra. Aquella no estaba resultando una noche nada fácil ni lo resultaría en adelante, pero al fin había encontrado la manera de devolver el sentido a las cosas. Porque una vez que el silencio irrumpió en la cesta, partiéndola y dispersando a todos los que allí se habían congregado, él tomó todos y cada uno de los pedazos de la magia, guardándoselos cuidadosamente en la holgura sobrante de su pantalón, y marchándose luego a toda prisa, camino a casa, para encomendarse a la tarea nocturna de intentar reconstruir con suavidad lo que la brutalidad del áspero granito había destrozado.
Alberto Cancio García

jueves, 18 de marzo de 2010

EL ÚLTIMO ACEBUCHE

Cuando, al principio de los tiempos, los visigodos llegaron a la península gaditana, decidieron llamarla "Tierra de Acebuches", por el extraordinario número de ejemplares de esta especie que hallaron a lo largo de la lengua del arrecife, desde Cortadura hasta la Punta San Felipe.


Hoy día, la ciudad con menos zonas verdes de Andalucía no conserva ningún vestigio de aquella profusión salvo por la subsistencia de un espécimen: El último nacido de forma natural en suelo gaditano, tan discreto en su situación que pasa inadvertido incluso para los indeseables que lo privaron de la compañía de sus hermanos.


Al amparo de la muralla oriental de Cortadura y junto a la esquina de un descampado de grava usado como aparcamiento, crece lentamente y casi en secreto un muestrario silencioso de lo que fue Cádiz mucho antes de las épocas que aun cabe imaginar.




Alberto Cancio García

miércoles, 17 de marzo de 2010

TRIBUTO A STEVENSON

Si el marinero cuenta al marinero canciones
de tempestades y aventuras, de calor y de frío,
de goletas, islas y gente abandonada,
de bucaneros y tesoros enterrados,
y la vieja historia, contada otra vez
exactamente igual que antes,
gusta, como a mí en otro tiempo me gustó,
a los jóvenes de hoy, más instruidos:
¡No se hable más!
Y si no,
si el joven estudioso ya no sueña,
si ha olvidado las antiguas quimeras,
a Kingston, al bravo Ballantine,
o al Cooper de los mares y los bosques:
¡Tampoco se hable más!¡Compartiré
con mis piratas la tumba donde descansan con sus fechorías!

R. L. Stevenson

martes, 16 de marzo de 2010

El azar de la ignorancia

Estación de ferrocarril, tres menos cinco minutos de la tarde. Bajo la vigilancia de un sol que calienta, ¡por fin!, las caras tardías de un invierno a destiempo, un automóvil celeste como el cielo cruza el paso de peatones y hace dar un salto atrás a un grupo de tres estudiantes asustadizas, quienes con un grito de guerra muestran su valentía ante el osado conductor. Un joven de cabello agitado al vuelo, chaqueta de cuero y mochila negra cruza tras los pasos de las chicas y entra en la estación pendiente de no perder su tren: mira hacia el cartel luminoso donde se anuncian los sets del partido y ve la próxima salida del equipo local; entonces echa a correr en dirección al primer vagón y sube a bordo. Allí dentro no encuentra ninguna plaza libre, de modo que recorre dos vagones más hasta encontrar la tan anhelada soledad del estudiante soñoliento; ocupa el asiento de la ventanilla y deposita la mochila en su regazo, y mientras la acaricia igual que a una mascota contempla una vez más la monotonía del mundo tras el cristal.

Se oyen los pitidos del tren que de inmediato emprende la marcha, y acto seguido una voz en off anuncia el destino y la siguiente parada. El tren vuelve a detenerse y varios pasajeros se incorporan al viaje: uno de ellos se sienta junto al estudiante, que ahora lee un libro marcado con la etiqueta de «Clásicos universales», cuyo título no logro ver desde mi asiento. El nuevo viajero deposita su abrigo en el altillo y se acurruca en la plaza 123, pasillo, a la espera de la llegada a una no muy lejana estación. Ni siquiera ha dirigido una mirada sencilla, ni un saludo, al joven estudiante de su derecha.

Tras varias paradas en que se ha llenado el tren hasta casi transportar a gente de pie, atravesamos un periodo sin que la voz de la máquina emita un solo aviso. De todas formas, me llega el susurro de dos viajeros que ocupan las plazas de detrás y dicen: «próxima parada…», sin mencionar ningún nombre, «next station…», sin mencionar ningún otro. La máquina parece averiada, la voz afónica por el repentino ataque del sol tras largos meses de lluvia y frío.

De nuevo el silencio se puede respirar a bordo, y es de agradecer: el ávido lector del libro marrón se muestra mucho más concentrado. Pero no sabe que la próxima parada le traerá unos minutos de tensión. Su cara contrasta con la del ocupante de la silla contigua, donde se reflejan deseos de llegar a casa y dormir una siesta.

En la próxima parada sube al tren un chico vestido de chándal con un neceser en la mano. El asiento de mi lado se queda libre, pero también el que está junto al hombre adormecido, a quien el recién llegado parece conocer. Lo saluda y se sienta a su izquierda. «Tengo un regalo para ti», dice a voz en grito. Todo el mundo le dirige la mirada porque ante la escasez de conversación se ha oído su torrente. «Ah, ¿sí?», dice el otro, «pero si mi cumpleaños fue ya hace cinco meses»; y el chico del neceser responde: «Ah, bueno. Es que venía del gimnasio y me he acordado de que tengo en casa un libro, y como me dijiste que te gustaban los libros de la Edad Media —su interlocutor asiente—, me dije: pues un regalo de cumpleaños»; «vaya, gracias —dice el interesado—, pero no tenías por qué molestarte»; «¡Claro que no! —vuelve a gritar el otro, esta vez en un tono más agudo, chirriante—, pero a mí no me gusta leer, ya lo sabes»; «sólo los libros del instituto»; «exacto, y hace ya muchos años que se acabó —en su modo de hablar expresa alegría por no cumplir más órdenes de los profesores—, gracias a Dios»; «bueno, pues ¿de qué libro se trata?»; «¿conoces a Gustavo Adolfo Bécquer?». De repente se hace un silencio incómodo, tan sólo interrumpido por el funcionamiento del tren, un silencio de tensión que ha desconcentrado al estudiante. Después de un breve momento de reflexión, el hombre adormecido contesta: «claro que sí, hasta ahí llego»; «me lo imaginaba, pero hay gente a quien le preguntas por ese nombre y no sabe quién es». Y en la expresión del estudiante veo dibujadas unas palabras: «ni saben de qué época». Ha cerrado el libro, ha dejado las gafas sobre la mochila y vuelve a mirar a través de la ventana: una carretera, varios coches, edificios al fondo, piedras de la vía y una sombra que proyecta el techo de la siguiente parada. «Pues a mí me gustaba mucho aquel libro de Lorca del instituto, ¿recuerdas? —continúa el gimnasta—, el Romance de los gitanos»; «sí». No sé el motivo de esa corta respuesta, pero sí el de la tensión que pinta la cara del estudiante. Excitado, guarda el libro y saca de su bolsillo unos auriculares, y mientras los conecta al reproductor de música, el tren detiene su marcha y los dos viajeros se bajan. De inmediato escucho comentarios en el vagón y descubro que no soy el único pendiente de la conversación, sino que los ocupantes de los cuatro asientos justo delante de mí también han escuchado el intercambio de palabras y ahora se burlan.

Dos paradas más tarde, me bajo y recibo el azote del viento. Volveré a casa y me sentaré tranquilo con un café delante de mis narices, indignado por el azar, enfadado con los institutos.

lunes, 15 de marzo de 2010

LA PUERTA

No eran celos aquellos chasquidos que sentía crujir en el pecho al escucharla parlotear sobre la noche loca que se avecinaba. Había pasado ya demasiado tiempo desde aquel día en que se prometiera a sí mismo abandonar cualquier sentimiento que incitara a la posesión de una mujer, y en aquel instante, con su mano sujeta en el bolsillo mientras caminaban deprisa hacia el lugar donde unas horas más tarde se despedirían, se sentía plenamente dueño de su, en otro tiempo, desaforada pasión. Tanto fuero y tanto muro habían merecido la pena en tanto habían evitado que el incómodo nudo estomacal de los celos se convirtiera en el patrón de sus relaciones personales, pero ahora, al notar aquellos pinchazos aguijoneándole las entrañas, se perdía en un mar de confusiones especulando sobre lo que podría significar sentirse dolido ante las premoniciones nocturnas de su amiga.
¿No eran celos aquellos chasquidos? No quería que lo fueran, pero el hecho de escucharla preconizar sobre sus inminentes hazañas libertinas le hacía clavar la vista en el suelo y sumirse en una postración dolorosamente inédita. Nadie se percataba de ello y él lo agradecía interiormente, limitándose a avanzar calle arriba con la mano de ella fuertemente sujeta en el bolsillo, quién sabe si por frío o por truncar su marcha inminente.
La calle fue abriéndose hasta desembocar en una plaza bastante amplia, y a lo lejos divisó el bar donde cenarían con los amigos antes de separarse. ¿Tanto lo martirizaba la idea de alejarse de ella? ¡No podían ser celos aquellos chasquidos! ¡Ni siquiera tenían aspecto de serlo! Porque él ya los conocía. Ya los conoció en su tiempo. Y tanto jugó con ellos que acabaron matándolo para resucitarlo luego con un sentido de la vida diferente. Y aquello, aquellas pirañas que notaba rondar por el pecho, no podían ser las mismas que antaño lo devoraran de adentro a fuera, ofreciéndole la paradójica posibilidad de aprender a controlar sus arrebatos de pasión. Aquellas pirañas habían muerto en el retrete una vez logró entender que nada es de nadie en este mundo, por lo que aquellos chasquidos...
La notó acelerar el paso e hizo otro tanto, tratando de permanecer junto a ella el mayor tiempo posible. Lo congelado del ambiente era una buena excusa para esa proximidad forzada, pero las puertas del establecimiento se abrieron al fin, y una oleada de aire caliente los hizo distanciarse instintivamente. Todos se apresuraron a quitarse los abrigos al compás de algunas lamentaciones acaloradas, y tras las obligadas presentaciones y los saludos cordiales, el tiempo comenzó a fluir como nunca antes, llevándose los minutos con los pinchitos y los segundos con las cervezas.
La miró poco y mal. La velocidad del reloj producía una extraña tormenta de arena. Costaba mirar de frente. No había pirañas, pues el alcohol las asesinaba en el acto. Las voces conocidas se perdían en la algarabía de risas y canciones. El tiempo se aceleraba hasta lo absurdo. Se acababan las patatas. Los pinchitos. La cerveza. No se oía. No se veía. Nada importaban ahora las palabras, los gestos, la comunicación. El mundo se mareaba. Incoherencia, incongruencia, contradicción. Todo aquello. Y unas terribles ganas de orinar. Orinar. Buscar el retrete en la tormenta. Abrir la puerta, sentir calor maloliente. Cerrar tras de sí con dificultad. Y mirarse al espejo.
Allí estaba. Él. Recobrando el aliento tras un esfuerzo sobrehumano. Orinó con ansia, esperando adivinar en la secreción la forma de alguna piraña, y con el último goteo sintió un escalofrío que lo hizo temblar: ¿Una piraña? No... Se abrochó el pantalón con parsimonia, bastante satisfecho. No eran pirañas. No. No eran celos aquellos chasquidos. Volvió a mirarse en el espejo mientras se lavaba las manos. Allí estaba. A salvo momentáneamente del fragor de la desertización. Se enjuagó la cara cubierta de arena y se sintió mucho mejor, mientras su respiración se acompasaba y su pulso volvía a la normalidad. Nada tenía de qué preocuparse por el momento. Allí encerrado se sentía a salvo del tiempo, de la arena, de las pirañas… y de ella.
Aunque los minutos se deslizaban ya con normalidad, quiso alargar el momento reajustándose el cinturón, y notó que en realidad le apretaba demasiado. Le asustó un poco sentirse prisionero de más cosas, pero si ya de por sí estaba condenado a la cadena perpetua del miedo obsesivo, del temor a sentir cosas que no deseaba sentir, mejor sería desechar el artilugio de cuero y resarcirse de una libertad que parecía aun lo suficientemente viva. Se lo desabrochó lentamente y se lo ajustó de manera que apenas lo notara en el vientre.
Listo. Un poco más descansado así. Era la hora, pues, de salir al exterior y enfrentarse de nuevo al torbellino de segundos, al griterío del mundo, a la tormenta de pirañas. A ella. Se sorprendió a sí mismo abriendo la puerta y cruzándola sin titubear un instante. Una ráfaga de humanidad hiperactiva le golpeó la cara, pero se mantuvo firme ante la densa bocanada. Se hurgó en el bolsillo aun caliente por la mano de ella y sacó un cigarrillo que encendió con parsimonia, paladeando con delectación la primera calada mientras observaba indiferente el panorama del bar. Un simple bar. Tan simple como la meada sin pirañas que acababa de enviar al océano. Ni celeridad del tiempo, ni harmattan del desierto, ni degradación humana. Gente, simplemente, malcomiendo en un sucio bar al son de canciones de pésima factura.
Al torcer la esquina la vio. Sintió algo extraño por dentro, pero supo en el acto que no eran pirañas. Ella le sonrió quedamente y él devolvió tal gesto con una mirada amable. Las cosas no podían ser tan complejas. No era aconsejable agitar la mente con suposiciones inabarcables. Era obvio que algo insólito ocurría en su pecho, sí, pero quizá no fuese más que las secuelas de un resfriado o el salto de una sístole mal encarada. Nada que ver con ella. Ni con su mano caliente en el bolsillo, ni con la noche loca que sólo a ella le esperaba en cuanto acabara la cena... ¡Qué demonios! ¡Qué pirañas!

El tronar de una vieja canción conocida había terminado por distraerle del todo. La confusión precedente recorría los desagües de la ciudad, mezclada con la resuelta micción que eyectara, y comenzaba a reinar la naturalidad, con el sabor del cigarrillo y el frío de la quinta cerveza. Ella se iba. O eso parecía. La vislumbró desde la distancia de su taburete, repartiendo besos a los presentes a manera de despedida, y sonrió al pensar en que tarde o temprano llegaría su turno. No importaba en absoluto lo que hiciera una vez atravesara esa puerta, ni habría noche loca que lamentar. Nada de aquello le importaba ahora. Su turno, su beso, estaba tan cerca que ya casi lo olía. Y cómo olía, que lo hacía a uno entrecerrar los ojos y perderse el éxtasis prematuro de una noche improductiva. Abrió los ojos un momento y la vislumbró en el mismo lugar, pero alejándose hacia la puerta, ajena a él, a su éxtasis, a sus chasquidos, a la consternación de sentirse ignorado y menospreciado por una piraña desagradecida.
Ella no se marcharía sin despedirse de él. Ni hablar. Su mano aun estaría caliente. Gracias a su bolsillo. Se levantó con dificultad, y alargó dos pasos demasiado torpes para alcanzarla. El alcohol le nublaba la vista. Se sentía incapaz. Y no podía ser. Se marchaba. Se iba. Abría la puerta, envuelta ya en mil fardos de lana blanca.
Se decidió cuando era demasiado tarde y la puerta iba cerrándose frente sus narices. Dió un mal salto. Chocó levemente contra el cristal. Palideció. Y quedó sujeto al pomo, sin fuerzas para girarlo y con una molesta sensación de vacío en los oídos. Por un milimétrico instante creyó que el golpe lo había dejado sordo, y emitió un triste gemido para adivinar su voz. La oyó, en efecto, pero a su gemido siguió otro, luego otro, y al momento toda una jauría de gemidos que reventaba el bar por encima de la música estridente. Se dio la vuelta con prontitud y se encontró frente a una basta multitud que reía desagradablemente algo que le concernía. Miró en derredor, a los dos lados primero y luego hacia atrás, donde el cristal la dibujó alejándose calle arriba sin su beso de despedida. Luego miró a la marabunta fastidiosa, y siguió por mucho rato sin saber la razón del revuelo. Se incorporó un poco sobre la puerta, molesto e iracundo, pero borracho y sin fuerzas para encolerizar, y abrió la puerta lentamente con la intención de tomar el camino a casa. El frío de la calle le heló las piernas, y al mirárselas, una voz ajena calcó la frase que imprimía su pensamiento:
_ ¡Eh, tú! ¡Súbete los pantalones antes de salir!




Alberto Cancio García

domingo, 14 de marzo de 2010

Verdura soleada con un baño de tierra agridulce

La lengua a un lado, a otro, agitada al compás de tu respiración, como arrojada al vacío por la brisa, por este aire que nos envuelve en un silencio profundo, íntimo, propicio para compartir unas miradas. Tus ojos brillan y en su luz veo el reflejo de mi rostro, el pelo alborotado y el ceño fruncido, mientras las pausas de tus parpadeos y tu constante movimiento me impiden dirigirte un guiño. Suspiras, tragas saliva, vuelves a sacar la lengua y lames mi cuello justo cuando un amigo pasa ante nosotros y se lleva el recuerdo de una imagen feliz. El sol me enseña el mundo, y tú la vida.

Desde mis pestañas se desliza colina abajo una lágrima fugada de su hogar y cae parsimoniosa hacia la tierra. Tú la sorbes y rastreas la huella gris que ha dejado para luego mirarme, pedir una respuesta que no puedo concederte, y a mí sólo se me ocurre abrigarme en tus brazos. Gimes, sin llegar al llanto, y mis mejillas saladas relames; yo recojo la aspereza de tu lengua en tanto acaricio tu piel y los espasmos se apoderan de mi pecho. Entonces te echas sobre mí y me demuestras tu cariño bajo la protección del astro rey, sobre este reloj que ya no mide mis horas perdidas, que se ha detenido en un minuto con el propósito de no confiarme más secretos.

De repente, oigo una voz a lo lejos que me dice: «ven, ya es la hora, hemos de volver»; y entonces me levanto del suelo, sacudo la tierra de mis pantalones, beso tu cabeza y te pido que me acompañes hasta el banco. Me vuelves a exigir una respuesta y yo sólo puedo darte una sonrisa y una caricia bajo el cuello, un pellizco tras la oreja y el crujido de la cadena al contacto con la anilla del collar.

Cruzamos la carretera, y en el campo te dejo libertad. Sosiegas tu vejiga sobre la hierba, la dejas reluciente y luego correteas entre los matorrales. Desde lejos te veo sumergida en la maleza, muy quieta, y al instante retornas tus pasos hacia mí en un gracioso trote, saltas a mi lado y lames otra vez la mano que te engancha a la cadena. Susurro en tu oído unas palabras: «vámonos a casa». Y dejo que marques el ritmo.

Pobre amiga mía, que tantas veces me has pedido salir de paseo; pobre hermosura de vellos resplandecientes bajo la intensidad agridulce del sol: vamos a casa, donde te prepararé un delicioso manjar y jugaré contigo hasta el crepúsculo. Y yo que no esperaba una respuesta de tu boca, no merezco la palabra más grata que sabes dirigirme: «guau».


Jorge Andreu.
A quien comparte mi soledad con sus lamidos.

La evasión de la mona

Con la luz del flexo. Así. Muy bien. La cosa se pone lúgubre. Apretar el interruptor y ya está: La luz tenue y el flemático retorcerse del humo negro... ¡Qué más se le puede pedir a las cuatro de la mañana! Un papel y un bolígrafo. Claro. Aquí están. A punto. Esperándome, como siempre. E imaginación. Ella. ¿Adónde ha ido a parar? La imaginación. Sí. No la encuentro. La busco entre los rizos del humo. Me deslumbra el flexo. ¡Mierda! Me quemo. Y no sé si por el humo o por el flexo... _¡Silencio, señoras! Un poquito de seriedad. Busco la imaginación, que se me ha perdido. ¿Tienen idea de adónde ha ido? Sí. La perdí ayer noche. Sí, claro. La dejé aquí mismo, donde el papel y el bolígrafo. No la han visto... No. ¿Cómo dicen? No les creo. ¿De veras? ¿Por la ventana? ¿Cuándo? Ayer noche… la imaginación… ¡Imposible! Estuve con ella hasta tarde. Sí, muy tarde. ¿Están seguras? ¡Señoras, por favor! Es una broma, ¿verdad? Una simple broma... Que no. Vaya. ¡Cómo! ¿Mientras dormía? ¿Abrió la ventana? Y marchó entonces... ¿Seguro? Maldita sea. ¿Y no tienen idea de adónde fue? No. ¿No dijo nada? ¿Habló alguien con ella? Que no. Señoras, por favor, esto es grave. Desde luego, ¡cómo voy a escribir sin imaginación! Esperen… ¿tiene algo que decir, señora humo? ¿Sobre la imaginación? ¡Demonios, ya me parecía a mí! Mientras salía usted por la ventana, ¿le dijo algo? Se lo dijo entonces. ¿Qué fue? No me importa que sea una chivata usted, señora humo. Necesito saber adónde ha ido. Hable, por favor… De acuerdo. En privado, si así lo precisa. Me va a hacer moverme, usted. Vamos, no se preocupe. Debe contarme todo tal y como ocurrió. Quiero saber la razón de su marcha. Muy bien. Comience, pero sea sincera, señora mía. Salía usted por la ventana y se la cruzó, imagino. ¿No? ¡Claro! Ahora entiendo. Fue ella quien abrió la ventana. Aprovechó usted para salir… ¿Le preguntó algo? Iba deprisa. Vaya. ¿Tan mal la trato? No. Piensa volver. ¿Pero cuándo? ¡No podré escribir hasta que vuelva…! ¡No! ¡Pero qué dice usted, señora humo! ¡No soy un egoísta! ¡Compartimos la satisfacción cuando escribimos algo juntos! Trabajando con ella es difícil fanfarronear en el arte. Le dijo algo a usted sobre ello… Que sí. Y bien… ¿Está dispuesta a…? ¡¿Cómo?! ¡No puedo creerlo! ¡Imposible! ¡Que exige derechos de autor! ¡La imaginación! ¡Santo cielo! ¡No sé si reír o llorar! ¡Río, pues, demonios! ¡La imaginación desea cobrar derechos de autor! ¡Ella con exigencias! ¡Si ni siquiera es capaz de hablar en público! ¡Si viene cuando le apetece! ¡Si jamás se compromete a nada! ¡Si es capaz de abandonar al artista en mitad de un trabajo importante! ¡Y si jamás da explicaciones! ¡Ja! ¡Que no vuelva! Que no lo haga. ¡Óigame bien, señora humo! Tal vez se la encuentre usted esta noche. Si esto ocurriera, dígale que mejor se quede para siempre en la calle, tratando de cantar cosas que jamás nadie oirá: No tiene boca. Dígale usted que trate de pintar el mundo, pero sin ojos y sin manos. Hágame el favor, señora humo, de proponerle que componga cien poemas en un día. No podrá sin conocimientos de métrica. ¡Dígale usted todas estas cosas, señora mía! ¡Dígaselas tal y como yo se las expuse! Que se percate de que no es nada sin el humano. De que sola no sirve. Que el trabajo conjunto es lo que vale su peso en oro… ¿Cómo? ¿Qué dice usted? Hable. Sí, ya me he tranquilizado. Sí. La escucho. Le dijo algo más a usted… ¿De veras? No quiere abandonarme, entonces. Desea volver. Y quedarse para siempre. ¿Le dijo qué?… ¡Una condición! ¿Cobrar los derechos de autor? No. ¿Qué pedía la señorita? Así que… ¡Pero si ya la tengo en cuenta! Sabe tan bien como yo que nos necesitamos. Pero le dijo… ¿qué? Algo meramente simbólico. Desde luego… Ya sé lo que me va a decir… ¡simbólico!… ¡Así que es eso! ¡Idioteces! Yo jamás firmo mis textos… No sabe usted de la misa la mitad, señora humo: La imaginación se aburre… Pero… Hable, por favor. No se quede tan callada. Ahora que sé por qué ha marchado me quedo más tranquilo. Es obvio que volverá pronto. No, no sé cómo reaccionaré cuando lo haga... ¡Oh, por Dios, señora mía, no sea mal pensada! ¡Pone usted una cara…! Tendremos que hablar sobre todo este lío. Claro que sí. Una vez solucionado el problema podré escribir algo decente. Hasta entonces me queda esperar… supongo. Supongo mal... ¿Cómo? Hable usted, señora humo. ¿Qué ocurre? ¿Por qué se ríen el flexo, el papel y el bolígrafo? ¿Acaso tengo monos en la cara? Que no. Entonces que… ¿cómo dice? Tras la oreja… ¿una mona tras la oreja? Pero que... ¡Demonios! ¡La Imaginación! ¡¿Qué haces detrás de mi oreja, bandida?! ¡Estaba preocupado por ti!
_ ¿Preocupado, dices? Yo no te notaba muy inquieto. Más bien exasperado.
_ ¿Exasperado yo...?
_ ¿No? Tal vez debería volver a la calle, a cantar sin voz, a pintar sin ojos o a rimar sin métrica.
_ ¡Oh, cielos, Imaginación! ¡Sabes de sobra que no hablaba en serio! Me puse nervioso, ciertamente. No esperaba que escucharas todo eso…
_ Pues lo he escuchado todo.
_ ¿Todo? Pero..., ¿cuánto tiempo llevas detrás de mi oreja?
_ El suficiente.
_ ¿El suficiente para escucharlo todo de todo?
_ ¡Ay, jovencito arrogante…! El suficiente para permitirte escribir todo lo que has escrito esta noche.
Alberto e Imaginación

El mundo aparte

Y, acto seguido, aquel personaje decidió salir corriendo, en busca de algo que no sabía si existía siquiera. El problema radicaba en algo muy simple: la separación entre lo real y lo imaginario. Había estado leyendo varios días a Juan José Millás, Gabriel García Márquez y demás escritores transformadores de la realidad, cuando se dio cuenta de que es posible que, no muy lejos, pudiese existir un mundo aparte, donde él no fuese quien es, sino alguien más importante en el mundo (o incluso menos, dependiendo del lugar) y donde por fin encontrase la felicidad sin dinero en los bolsillos. Este personaje soñaba con que en un mundo distinto las cosas no se podrían comprar con dinero, que sólo existía el trueque. Entonces cerraba los ojos e imaginaba que cambiaba su antiguo discman por un nuevo reproductor de música de nueva generación, porque el truque siempre beneficiaba al cliente, ya que el comerciante, en el mercado negro, lograba cambiar esos trastos viejos por cosas que el hombre de a pie nunca podría ni imaginar.

A los pocos días de estar pensando en mundos aparte notó una mano en la espalda: era él mismo.

- ¿En qué piensas? - le dijo "su otro yo"

- ¿Quién eres tú y qué haces en mi casa?

- Soy tú, ¿no lo ves? Soy él tú de un mundo aparte. No sabría explicarte, pero he llegado hasta aquí. Estaba pensando, al igual que tú, que podrían existir vidas distintas en otras dimensiones, cuando, sin saber ni por qué ni cómo, he llegado hasta aquí...

sábado, 13 de marzo de 2010

El Tapicero

_Ha llegado a su localidad: ¡El Tapicero! Tapizamos todo tipo de páginas web, así como Blogs de generaciones literarias con sístomas de estancamiento...
_ ¡Disculpe! ¡Pare! ¡Pare!
_ ¿Quiere contratar nuestros servicios, señora?
_ Sí, sí, por favor. Necesito la remodelación de un Blog.
_ De acuerdo, me espera usted, que aparco en aquella esquina.
_ Gracias, gracias, no sabe usted cuánto lo necesito.
Una hora más tarde...
_ Señora...
_ Dígame usted, hombre, que lleva una hora sin decir ni pío.
_ Me temo que no voy a poder remodelar este Blog.
_ ¡No me diga eso, señor! ¡Es un Blog muy importante!
_ Yo he hecho lo que he podido, señora. He intentado remodelarlo de mil maneras, pero no he quedado conforme con ninguna de las mil.
_ ¡Ay, chiquillo, alguna tiene que valer! ¡Tampoco tiene que quedar perfecto!
_ Sí tiene que hacerlo, señora. Yo soy un profesional, y si considero que un trabajo no va proporcionar los resultados óptimos al cliente, no lo tomo.
_ Y entonces, señor, ¿qué me recomienda usted que haga? ¿Que lo dé por perdido?
_ No, señora, que lo remodele usted misma.
_ ¿Yo misma? ¡Pero cómo!
_ Pruebe..., señora..., usted pruebe esas mil maneras de remodelarlo. Publique en él todo lo que se le ocurra. Desbórdelo de entradas para que el lector vaya opinando sobre el plano irregular del tapiz, y así irá usted dándole forma a través de los comentarios que ellos hagan.
_ Lo pinta usted muy fácil.
_ Ajá... y... ¿no lo es?




Alberto Cancio García

miércoles, 3 de marzo de 2010

Recomendación: Nuevo disco de los Mojinos Escozíos


No todo es literatura en la vida, eso está claro, y como mis compañeros de blog me han pasado vilmente la bola de publicar, lo haré sobre algo que siempre me ha gustado: Los Mojinos Escozíos. Los han tachado de irreverentes, de bordes y de miles de cosas malas más, pero yo sé la verdad: son unos genios que siempre, y digo SIEMPRE, consiguen entusiasmarme con cada nueva cosa que sacan.


Ya van 12 discos (¡si me equivoco que alguien me corrija!) y nunca publican nada que no sorprenda. En esta ocasión vienen con el disco llamado La leyenda de los hombres más guapos del mund", en el que tienen canciones increíbles como "El mítico chupachú" (donde te explican como comerte un chupachups), "La leyenda del hombre que envidaba a los perros", etc...


Además, con la salida del disco, Miguel Ángel Rodríguez "El Sevilla" saca un nuevo libro (después de títulos tan famosos y aclamados como Memorias de un homo erectus y Diario de un ninja) bajo el título de El hombre que hablaba con las ranas.


Espero que esta recomendación consiga su fin, que no es otro que demostrarle al mundo que este grupo es uno de los mejores, quizá el mejor, de nuestro país, ya que musicalmente nadie les llega ni a la suela de los zapatos. Ya sabéis, el disco salió ayer a la venta, por lo que estáis tardando en ir corriendo al carrefour para comprarlo.
Y poco más, para la próxima prometo seguir siendo yo mismo y publicar algo que no tenga nada que ver con la literatura, que, por lo que veo, para eso ya están mis dos compañeros. Un saludo a todos los gorriones del mundo y a todas las señoras que se tiran veinte minutos en la carnicería decidiendo qué comprar.

domingo, 21 de febrero de 2010

FIN DE LA II CONVOCATORIA DE FOCHOGRAFÍA

Y con este soneto carnavalesco damos por concluída la II Convocatoria de Fotografía de la Generación del Ocho, que pide disculpas a sus lectores por la quietud exacerbada de las últimas semanas y promete MAYOR agilidad y constancia para las 38.000 siguientes.
Un saludo y espero que sigais disfrutando de la mayor parte de nuestras ocurrencias.


Alberto Cancio García

Fochografeto Jorge Andreu

Siento la tardanza. Me habréis echado de menos. He estado lejos de casa y he buscado por cada rincón una idea para sacar fotografías, pero no he encontrado a Mahoma en ningún lado, no me ha venido la menstruación este mes y mi sensualidad arriesgaba el objetivo de la cámara de fotos, así que, visto ya que no tengo ninguna idea y que cuantas tenía se me han ido por el desagüe del tiempo, he decidido pasar palabra, o pasar fotografía, y escribir esto que mi libreta me permite aunque no debiera. He respetado la temática que mi fiel pirata impusiera allá por los años oscuros del funesto examen de poesía, del que todos conocemos resultados. Y aunque debería haber tomado odio por muchas razones a quien nombrado no debe ser, la eterna enfermedad no me abandona: así que abajo os dejo un soneto de observador metido a fotógrafo. Espero, al menos, que os guste.


Recuerdo de un carnaval

Salí una noche en busca de Mahoma
por ver si sonreíame Fortuna,
mas no encontré en la calle cosa alguna
que no fuera un emperador de Roma.

Quiso la suerte, en fin, que la paloma
hermosa de la paz, sobre una tuna
de ingenuos disfrazados de tontuna,
volara y enviárame su aroma:

se puso rojo el más blanco plumaje,
de sangre derramada en oleaje
por la compresa rota de un bosquejo.

Esta tarde me acuerdo de aquel día
en que me vi sexy de policía
mientras me contemplaba en el espejo.


Jorge Andreu
Para mis amigos de la Generación del Ocho,
que sabrán perdonarme.

lunes, 15 de febrero de 2010

Fochografías de Alberto Cancio Garcías

Aunque los expertos opinen lo contrario, Cádiz en Carnavales no es el mejor enclave para dar con una fotografía original de manos de un principiante. Bajo la presión de la indómita turba que invade mi tierra por estas fechas, y abatido tras una reiterativa peregrinación a lo largo de cientos de calles atestadas de turistas ebrios, uno llega a la conclusión de que cada esquina tiene su vikingo grasiento, su monja puta o su pirata borracho, y de que una vez recorridas tres o cuatro callejas ya se ha visto todo lo que merecía la pena ver.

No ocurría así antes, cuando el Carnaval era nuestro y, como nuestro, se trataba con mimo. La enajenación del folklore lo ha mancillado y reducido a la categoría de fiesta nacional, cargándolo de un orgullo vulgar e incongruente, y la beldad de la diosa pagana murió cuando algunos listos quisieron convertirla en patrimonio de la humanidad.
Esa humanidad se tomó demasiado a pecho el absurdo galardón, y cada Febrero Cádiz se convierte en vertedero oficial de la estupidez de España, que viene a descargar aquí la rabia de su infelicidad sin ver en esta ciudad más que un salón privado de recreo y consumo.

Con un hilito de orgullo y respeto por lo que un día fuimos y ya no somos, por el verdadero arte que tuvimos y que ahora forzamos, por la magia de un Cádiz que se esfuma a pesar de plataformas sobre el nivel del mar o segundos puentes para acceder a El Corte Inglés...
Por todo ello y por el amor que guardo a cada rinconcito de esta ciudad, he aquí unos versos recogidos de cierta chirigora gaditana, que ya en su tiempo gritaba ofendida por el manoseo ajeno:



"Cádi, ¿patrimonio de la humanidá...?
¡Y un mojón pa los humano!
¡Cádi es de Cádi na má
y el patrimonio del gaditano!"




MAHOMA ESTÁ ENTRE NOSOTROS


Fotografía tomada en Cádiz

¿Cuál de estas personas, como Mahoma, profetiza un cambio de situación?
¿Una? ¿Dos? ¿Todas?




YO SOY SEXY

Fotografía tomada en "El Palmar", Cádiz
Sin comentarios...
Gracias por visitar nuestro blog y hasta la próxima.




Alberto Cancio García

viernes, 12 de febrero de 2010

Fochografías Quirós

Cuando pude ver las temáticas expuestas por mi compañero y amigo me quedé sin ideas. No sabía cómo interpretar esos temas en una foto, pero al final lo conseguí (o al menos eso creo). En el tema de "Mahoma entre nosotros" no se me ocurría nada, pero esta mañana al despertarme se me ocurrió la estupidez que veréis ahora.


Mahoma entre nosotros

Sephiroth se ha cambiado de religión y está obligando a todos sus "allegados" a convertirse a la misma, cosa que funcionará, puesto que todos sabemos que Sephiroth es y será el malo más malvado, retorcido y fuerte de toda la saga. No se ve bien con la foto en pequeña, así que mejor que clickes encima y la veas en grande.



Eso es... Eso es... Eso es todo amigos!

Quirós

lunes, 8 de febrero de 2010

Recomendación: La Sonrisa Etrusca, de José Luis Sampedro

Paquito me miró con desdén: _ ¡Bah! La Sonrisa Etrusca es un libro ñoño…
Vaciló un poco, y antes de que pudiera reaccionar daba de bruces contra el suelo.
Lo agarré por la camisa y lo arrastré hasta la barandilla, lo até de pies y manos y, sin oír sus súplicas, lo metí en una caja y lo eché al río.

_ No, Paquito. José Luis Sampedro no buscaba sólo enternecerte. Una vida como la suya roza la contradicción en todos los aspectos. Y las contradicciones no provocan ternura, sino violentas convulsiones de la conciencia humana. Su mejor libro no podía buscar sólo enternecerte, imbécil.

Acodado aun sobre la barandilla alcé los ojos hacia el cielo estrellado. La caja se había ido desplazando en pos de la corriente y comenzaba a hundirse en el lodo.

_ En todo momento creíste estar leyendo la simple historia de un viejo moribundo, ¿verdad? _sonreí con nostalgia_ No viste más allá de tus narices, querido Paquito, y ahora te pudrirás sin remedio en la más absoluta ignorancia.

Un coche cruzó el puente sin percatarse de mi presencia.

_ Nadie te ve, Paquito_ y sentí un escalofrío_ Nadie se da cuenta de que te hundes. Ellos tan arriba, y tú ahí, tan abajo, ¿verdad? Pero no te extrañes de ello, hombre. Arriba y abajo es una antítesis tan perfecta como aquellas que tú no acertaste a hallar en La Sonrisa Etrusca… Aquello era Italia, amigo mío, Italia y su propia oposición norte-sur. Una guerra entre las formas de vida del campo tradicional y la ciudad moderna. La primera encarnada en… sí, un viejo calabrés en las últimas, pero aun con mucha brasa que echar al fuego. Y la segunda, Paquito, reproducida en su hijo y su nuera, burgueses acomodados en Milán y con un bebé recién nacido al que dedicarse en cuerpo y alma.

Otro coche pasó aun más a prisa que el anterior.

_ ¿No te parece curioso el hecho de que ese viejo de campo se viera obligado a vivir de pronto al cuidado de su hijo en la ciudad? ¡No es más que una excusa de Sampedro, demonios! Una excusa para disponer al abuelo bajo el mismo techo que su nieto. Porque eso es otra antítesis, amigo. La oposición entre un enfermo terminal y alguien que comienza a vivirlo todo…

La caja había terminado por hundirse y apenas era perceptible desde la superficie. Recordé entonces que había de apresurarme si pretendía llegar a tiempo a la cita con Paquito. En quince minutos, quizá veinte, alcanzaría la Plaza del Trocado, y desde allí comenzaría a llamarlo a gritos para que saliera de su escondite. Pero debía partir cuanto antes e ir a paso ligero, pues nada ni nadie podía asegurarme que mis fuerzas no flaquearían a mitad de camino.

_ La prisa_ me dije mientras cruzaba la carretera_ es la droga de quien descubre que aun hay esperanza. Él tiene que instruir a ese bebé, lejos del histrionismo de la educación moderna. Pero sabe que su enfermedad se lo llevará pronto y ha de agilizar el proceso. Y es ese mismo proceso el que le conduce a las vicisitudes que provocarán la ternura de La Sonrisa Etrusca, y no al revés, Paquito. La manifestación del afecto, el cariño, la simpatía, etc., no son motor de la historia, sino una consecuencia de esa guerra de oposiciones de la que parte la esencia del libro.
De pronto algo me paró el corazón. Un coche de policía aparcado en la acera contraria me había quitado el aliento y mi frente se empapaba por momentos con un sudor frío.
Aligeré el paso aun más y un guardia me salió al encuentro.

_ ¡Deténgase!

Me paré en seco y lo miré de frente.

_ ¿Por qué corría?

_ Sampedro no pretendía enternecerte, Paquito_ dije tratando de serenarme.

_ ¿Cómo dice?

_ Una vida como la suya…, tan llena de contradicciones…

_ ¿De quién habla?_ El policía se acercó a mí lentamente.

_ ¿No ha leído usted La Sonrisa Etrusca?

La reacción de Paquito me dejó atónito: ¡Por supuesto! _dijo, y una sonrisa de oreja a oreja alzó la gorra sobre sus cejas_ Un libro excelente. ¿Podría enseñarme la documentación, por favor?

_ ¡No! _exclamé_ No la llevo encima.

_ Vaya. Eso está bastante mal _el guardia frunció el ceño inclinando la gorra_ Siempre debe ir usted documentado. Tendré que llevarlo a comisaría para confirmar su identidad.

_ No lo hará.

_ ¿Cómo dice?

_ Que no lo hará. Antes lo habré matado_ y en un abrir y cerrar de ojos, Paquito yacía muerto en la calzada.
¿Cómo se atrevía ese bastardo a cambiar de tema de una forma tan soez? ¿Sería uno de esos estúpidos que dicen leer por gusto?
Nadie que se hubiese inmiscuido de alguna forma en la suavidad y entereza narrativas de La Sonrisa Etrusca podía interrumpir una conversación de ese modo. Así que mejor muerto. Ya bastaba de contradicciones improductivas.
Las oposiciones están para algo, ¿verdad, Paquito? Existen para representar los conflictos de una realidad dispersa, analizarla desde todos los puntos de vista posibles y luego desgranarla y descargarla de todo lo absurdo, como Sampedro procura en la Sonrisa Etrusca, quedándose con lo más puro, sea animal o espiritual, del ser humano.

Paquito no respondió esta vez. Me había quedado solo en la penumbra de la calle San Francisco, con un policía a mis pies y un sabor amargo entre los dientes.

_ Se acabó _pensé_ no tendré tiempo de llegar a la Plaza del Trocado.
Me alejé un poco del muerto y me tumbé en la calzada.

_ La Sonrisa Etrusca es un libro malo…_ y comencé a notar un calor indescriptible_ ¡¡La Sonrisa Etrusca es un libro malo!! _ grité con más fuerza _ ¡¡¡¡La Sonrisa Etrusca es un libro malo!!!!

Y con un súbito escalofrío, caí muerto.



Alberto Cancio Etrusco

viernes, 5 de febrero de 2010

II CONVOCATORIA DE FOCHOGRAFÍA

Madames et monsieurs:
Tras la excelentísima acogida de que ha gozado nuestra I Convocatoria de Jóvenes Poetas, y agradeciendo así la mística introducción brindada por nuestro amigo Jorge Andreu, me encuentro en disposición de presentar la II Convocatoria de Fotografía de la Generación del Ocho, que, espero, sirva de jocosa antítesis a la prosopopeya poética que ha embargado al Blog durante las últimas dos semanas.

Me dispongo, pues, a pautar las bases de la que en esta ocasión será una sección bastante humorística, sin otro objetivo que el de contagiar el gracejo pagano que debería florecer en estas fechas.

Un saludo y Gracias a Todos los que nos dedican una Lectura.
Alberto Cancio García
II Convocatoria de Fotografía Generación del Ocho:

Participantes: Abraham Quirós, Jorge Andreu y Alberto Cancio.
Establece pautas: Alberto Cancio (a fecha de 5 de Febrero, yo qué sé el turno)

Pautas:

La Convocatoria exigirá la publicación de como mínimo una fotografía propia que se atenga a la temática y a los preceptos citados a continuación:

1ª Fotografía: Tema- Mahoma está entre nosotros.

2ª Fotogafía: Tema- Yo soy sexy;
Preceptos básicos: Ha de ser ésta una fotografía de nosotros mismos, cuya naturaleza, creo, ha quedado bastante clara en el título de la temática. No existirá ninguna limitación en cuanto a contenido (cada uno sabrá lo que expone) y será suprimida en caso de advertir menos afluencia de visitas a partir de su publicación.

La Fecha límite de "Revelado" datará del día Lunes 15, ampliando así el plazo en beneficio del arte...

Nota: Dado que algunos de los convocados no disponen de cámara fotográfica, se ofrece la posibilidad de que al menos una de las fotos publicadas se haya realizado antes de la presentación de esta convocatoria. No obstante, las otras dos han de ser creadas a partir de la presente fecha.
¡A buscarse las papah, pisha!

Alberto Cancio García

Fin de la I Convocatoria de Poesía

Llamamos poesía a algo que no se puede definir. Sabemos que a ese algo se acercan los poetas, que nosotros nos hemos quedado en el intento, que no hemos pisado ni aun el charco que tras de sí dejaran los grandes; pero al menos podemos ver tres poemas que una Generación verdaderamente Perdida ha sido capaz de escribir.

Aquí, pues, termina la primera convocatoria de Creación Poética de este blog: volveremos a tratar el tema dentro de unas semanas. Ahora dejo la palabra a mi fiel pirata, que nos deleitará con sus exigencias en la segunda convocatoria de fotografía. Esperamos que os haya gustado la nueva experiencia de la Generación del Ocho.


Jorge Andreu

jueves, 4 de febrero de 2010

Es...

Es un trueno fulminante,
una angustia que corroe,
un corazón palpitante
y delator, como el de Poe.
Es un resplandor que ciega,
nostalgia que siempre viene.
Es un burrito que juega
con Juan Ramón Jiménez.
Es un pasado dulce,
también amargo a veces.
Es algo que nunca supe,
pero que todos conocen...
Abraham Quirós Villalba
Si alguien necesita alguna aclaración que no dude en consultarme. No he escrito nada al azar (o al menos eso creo). Espero que os guste...

martes, 2 de febrero de 2010

NUNCA SUBÍ AL FARO


Recuerdo que el vigía de la playa
cruzaba la arboleda sempiterna
y en juegos, todavía de edad tierna,
veíame enfrascado cual canalla.

_ Yo habito en una torre que se entalla
de cara al mar azul de la galerna,
y arriba, en lo más alto, una linterna
advierte a las barquitas como un aya.

_ No iré a esa torre_ dije, cancerbero,
colmándose el destino de cal prúsica_
que andar con mis muñecos yo prefiero.

¿Quién iba a mí a decirme, cenicero,
que sólo acariciando aquí esta música
podría ahora asentir a aquel farero?



Alberto de Mazagón

lunes, 1 de febrero de 2010

La música

La música no es más que una mentira,
respuesta de un deseo formulado,
que guarda en un arcón, bien encerrado,
el trozo de un poema que alguien tira.

La música apacigua toda mi ira
y enciende el sentimiento, ya apagado,
que escondo en mi interior, en este lado
maldito de mi pecho, que se estira

si escucha el leve son de una guitarra.
Y como una hoja cruel de cimitarra
me raja las costillas con sus cuerdas.

Canción, tú para mí eres enemiga,
mas sigue así por siempre, aunque te diga
que te olvides de mí. Porque te acuerdas.


Para mis amigos de la Generación del Ocho. Y para la música, esa enemiga invisible que acompaña los paseos en soledad.


Jorge Andreu

sábado, 23 de enero de 2010

Mika Waltari - Sinuhé el egipcio

Sinuhé el egipcio es la novela más famosa del escritor finlandés Mika Waltari y, según muchos críticos –de cuya opinión no me alejo ni un palmo–, la mejor del siglo XX. Publicada en 1945 y adaptada al cine, destaca, como todos los libros de Waltari, por su rigor histórico: se adentra en el mundo del Antiguo Egipto, en el reinado del faraón Akenatón (considerado el rey hereje por ser el primer faraón monoteísta, lo cual supuso una serie de conflictos bélicos).

Al final de su vida, cuando “ya no le pasa nada”, Sinuhé recuerda su historia desde que montado en una cesta de cañas llegó a las orillas del Nilo y fue acogido por Kipa y el médico Senmut, quien lo adiestró en el arte de la medicina. Gracias a este aprendizaje llegó a ser trepanador real y contrajo relaciones de amistad y de amor con personajes del más alto rango social, así como de los más bajos.


Toda la novela está narrada con sobriedad y un estilo refinado, con riqueza lingüística, y se sumerge tanto en la historia de Egipto como en la del hombre, hasta tal punto que saca a relucir lo mejor y lo peor de ese animal destructor y rencoroso que es el ser humano. La traición, el amor, la amistad, el trabajo y el afán de poder se entremezclan a lo largo de 700 páginas de agradable lectura.

Espero que mi primera recomendación, pese a no resultar muy novedosa dado el amor que tengo por este libro, sirva para que aquellos a quienes interesaba leer el libro corran a por él, y al mismo tiempo para que quienes nunca estuvieron en su busca o no supieran de su existencia se animen a leerlo. Me atrevo a decir que es uno de los mejores libros que he leído, lo he vivido dos veces y no descarto una tercera ni una cuarta.


Jorge Andreu

Nueva sección: Recomendaciones

Tengo el honor de dar, con estas palabras, comienzo a una nueva sección de este blog. Su nombre bien podía haber sido otro, pero no hace falta un nombre pomposo para saber de qué vamos a hablar; en su lugar, he decidido llamarlo simplemente Recomendaciones. En este apartado, cada semana uno de los miembros de la Generación recomendará algo de interés: un libro, un disco, una película, un videojuego, etc.

Esperamos que sea de vuestro interés y que sirva para mantener en alto la tensión de esta trama. En breve actualizaré con mi recomendación, que según acordamos, sería la primera, y aunque ya me conocerán de sobra, anuncio que va a ser un libro. Algunos preverán su título.

Un abrazo a todos los seguidores.


Jorge Andreu

viernes, 22 de enero de 2010

I Convocatoria de Creación Poética

Mis muy queridos compañeros y lectores:

Tal como fue acordado, tras la publicación del recuerdo con Mendoza, que creíamos primordial por la cercanía del evento, y para ampliar el campo de nuestras creaciones artísticas de manera que dispongamos de mayor variedad, escribo estas líneas para iniciar el nuevo pilar de nuestro espacio artístico: la Convocatoria de Poesía. Ya que me encuentro en un lugar lejano desde donde me va a ser difícil dedicar mucho tiempo a la escritura, y porque en ese lugar de Andalucía, de cuyo nombre no hace falta dejar constancia, disfruto de la compañía de una musa con nombre de vida, he decidido que sea ella quien marque el tema sobre el que vamos a escribir, cada uno, un poema. Así pues, establezco las siguientes bases:

-Temática: la música (qué es la música, qué sensaciones nos proporciona o qué significa para nosotros).

-Extensión: entre 10 y 20 versos, con el número de sílabas que quieran, regular o irregular, y con rima de libre elección.

-Estructura opcional: soneto. Si alguno de los tres dispone de buenos endecasílabos que sirvan para un buen soneto, puesto que tiene 14 versos, está permitido. Y yo lo premiaría con una espumosa bebida, tan rubia como esta belleza que está sentada a mi lado.

No voy a poner más condiciones: creo que para el primer certamen de poesía es mejor dejar libertad; la próxima vez sí serán pautas concretas.

La fecha límite para publicar es el día 4 de febrero. Dejo tanto margen porque es poesía y, como tal, hay que pulirla. Y además porque todos sabemos la apretada agenda que tiene ahora nuestra Generación (en mayúsculas y en minúsculas).

Os quiero.


Jorge Andreu

jueves, 21 de enero de 2010

Un recuerdo con Mendoza

El pasado jueves, 14 de enero, en la Fundación Caballero Bonald (Jerez de la Frontera) se celebró la presentación del último libro del escritor catalán Eduardo Mendoza, Tres vidas de santos.

El autor de libros como La verdad sobre el caso Savolta o La ciudad de los prodigios se presentó ante la gente vestido con una chaqueta oscura y una camisa rosa, con sus andares majestuosos y su mirada simpática. Y durante una hora y media pronunció un discurso en el que contó a sus lectores su experiencia como escritor, sus inicios y anécdotas relacionadas con sus libros. Después del discurso —del cual no vamos a decir lo más importante porque tendríamos una entrada de veinte folios—, como el tiempo había corrido y se hacía tarde, aceptó firmar algunos libros, pero con la condición de que no pidiese cada lector una frase personal: en lugar de eso —dijo— sería mejor poner el nombre y su firma, y entre ambos que el lector escribiera lo que quisiera. Así terminó su charla, merecedora de un fuerte aplauso y unas risas que ya habían empezado de la mano de sus primeras palabras.

Las casi dos horas que duró la presentación estuvieron cargadas tanto de humor como de sobriedad, y fue una gran experiencia porque los lectores sentimos que había una cercanía al autor mayor de la que esperábamos.

Gracias a la jerezana Josefa Parra (Pepa para los amigos), tuvimos una conversación con Eduardo, de la que salió una fotografía como la que verán a continuación:


Esperamos que os guste.


Jorge Andreu

martes, 19 de enero de 2010

Fin I certamen de fotografía

Pues con esto y un bizcocho... ¿como seguía? ¡Ah, sí! Se acaban las fotos del ocho. Ya sabéis, comentad todo lo que queráis (tampoco es plan agobiar al servidor del blog con tanto comentario eh...). En breves instantes empezará otra de nuestras tonterias sin control (a quién se le habrá ocurrido dejarnos un blog a nosotros...). Así que nada, hasta la próxima.
Abraham Quirós Villalba

Fotos de Abraham Quirós Villalba

Pues nada, para no hacer mudanza en la costumbre, soy el último en publicar.

Libertad

El que coja trenes a menudo sabrá lo que digo...





Melancolía

Dicen que el té es bueno para recordar...

Música

No hay mejor música que un buen libro... [Escucho libros, leo canciones...]



Espero que os guste. Yo tampoco entiendo mucho de fotografía (y se nota, eh!).

Un saludo a todos.