sábado, 10 de marzo de 2012

YO VIVÍ... ¿Y TÚ?

Cuando ocurra que yo muera, a saber.
A saber qué coche habré aparcado cada día
y en qué acera —¿coche verde fosforito o más seriote?
(como de hombre de talante, de esos cuya cerca
tiene seto, patio grande, y tres puntitos rojos en la puerta)—;
o quizá, sencillamente, no la tenga, y quede el automóvil,
mientras silbo, en un garaje subterráneo de los que apestan;
y a saber qué botón oprimiría entre los silbos,
ya en el rápido ascensor, y a qué olerían las cocinas del camino.
¿Pollo asado, berenjenas, espinacas?, porque el hambre,
y eso siempre, acuciará, muy poco antes de salir de la oficina,
mi despacho, mi local, la calle helada o el rumiar de las letrinas...
Sólo espero que el olor de la escalera venga siempre de mi casa
y que no haya en la despensa ni una lata de sardinas.


Cuando ocurra que yo muera, quién habrá esperado, cada día,
mi llegada. Quién pondrá sus labios en la puerta, sin quitarse
aun del todo la chaqueta, porque claro, puedo ser quizá el primero
en arribar, y aunque ahora la cocina no es mi fuerte, 
a saber, cuando yo muera, si no he sido un cocinero de la muerte.


Cuántos besos habré dado a cuánta gente en la mañana, y...
para cuántos habré hacer los spaguetti... Yo imagino
que tendremos toneladas de spaguetti, pero ¿quién viene a comer
y quién se ausenta? ¡Por favor, que después hay que tirarlo
y eso siempre nos molesta! —Vamos a zampar tú y yo solitos,
como antes de casarnos, ¿lo recuerdas? —le diría... y... ¿quién enarcaría
la sonrisa más hermosa del planeta? Quizá yo haya interrogado
a una manzana de la cesta... ¡y puede que hasta oyera su respuesta! 
                                                                                                                       ¡Ja, ja!


Aunque entonces supondría una aburrida sobremesa, claro está. 
Yo quisiera que al llegar ese momento en que me muera, 
el médico dijera: la palmó de indigestión, se comía las palabras
de su esposa en desayuno, almuerzo y cena. Si supiera ese doctor
que yo guardaba, a hurtadillas, muchas más en la alacena.
A mi esposa y al que escribe nunca habrá quien nos retire
de ese vicio. Habrá tantas historias que contar, tantas palabras
que supongan... la preciosa novedad, ¡tanta ilusión por conocer
lo que se esconde mucho, mucho, mucho, mucho más allá...!


Costará, futura vida, costará. 
Tendremos que pararnos un instante, descansar, 
aunque mucho no lo haré, por si ocurre que yo muero,
porque entonces, ¡vaya puerco y maloliente aburrimiento devendrá! 
A la tarde hay que ponerse a trabajar. Yo seré escritor 
y mi esposa me leerá; casi nunca, casi nunca gustará 
de lo que escriba, y de tanta intransigencia, yo me haré un profesional.


Venderé dos mil millones de ejemplares, beberé cuatro cervezas en un bar,
y hablaré con otros tantos escritores de lo mal que están las cosas,
de lo bien que estamos todos en verdad. Porque están nuestras esposas,
y uno escribe siempre a gusto cuando el mundo tiene un lado un poco rosa.


Aunque claro...


Cuando ocurra que yo muera, a saber si tiene lados este mundo,
a saber si he visto el rojo de la sangre tan de cerca que me espante,
si hay dorado en las cortinas de mi casa en el crepúsculo,
si habrá quien me rocíe la almohada de susurros,
y en la noche, como antes, seamos dos personas en la cama o sólo uno.


No podemos estar juntos todo enteros. Cuando ocurra que yo muera,
es seguro, miraré atrás en el tiempo y en mi mundo habrá algo rosa  
—yo lo sé, y no es deseo sino fuerza deseosa—, mas entonces pensaré
lo bien que hice en no perder la compostura: más allá de amarla o no,
mi vida fue locura, y siempre amé a la más hermosa. 
Cuando ocurra que yo muera, le diré: Viví la vida, dulce amor,


                                                                                         la viví con toas sus cosas.






(¡¡Joder, que ma quedao presiosa!!)




Alberto Cancio García

viernes, 9 de marzo de 2012

En ti soy una opción, 
no pidas tú ser prioridad.
Aunque seas sin pedirlo 
por cortesía de la opción más idiota.






Alberto Cancio García

GOTA

Hay dos tipos de gotas repicando por el mundo.

Unas las que caen desde allá arriba, a las gentes que hay abajo.
Otras, las que llegan a las gentes desde abajo y las elevan lentamente,
                                                                                                   levitando.

De las unas sentí muchas a lo largo de mi vida.
De las otras sólo una, aunque aun me hace estar
                                                              en lo más alto.





Alberto Cancio García

miércoles, 7 de marzo de 2012

MASTERACCIÓN

Yo vivía lo oscuro.
No tenía que hacer nada:
La luna no iba a salir
y yo estaba esperando
con sueño en la cara;
                                     aun así,
los ojos cerrados, veía moverse
figuras al lado, y nunca pasaban
                            delante de mí.
Pero yo estaba quieto
y sentía que estaban.
Y luego se oía un susurro
que olía a esas cosas
que nunca se sabe qué son.


Y eran estrechas las cosas
de negro,
           estrechas
como una mujer silenciosa,
y estaba a mi lado, Dios mío,
qué estrecho el vestido,
qué estrecho, por Dios;
tocaba mi mano en lo negro
y hablaba por ella
como una serpiente:
                     
                Calor hay calor tu calor.
La mano bajaba lo negro
yo casi no estaba delante,
vivía lo oscuro y la luna
que no iba a salir,
y el sueño en la cara
y el cuello y los hombros,
y el pecho y la tripa, el ardor,
la mano que baja,
vestida de negro a mi lado,
que llega a lo oscuro de veras
y enciende allá abajo un fogón.











Alberto Cancio García

DAGA

¿Dónde está la daga?
                    Dónde, por el amor de Dios.
                                                    Tiene la punta afilada.
                                                                         Y es tan, ¡tan peligrosa!
                                                  Anda perdida en las sábanas.
                     ¡Y en un descuido se clava!
Virgen fue incluso mi alma
                                                                                                                  alguna vez,

                                                                                                                 noche lejana.





Alberto Cancio García

Ah!

Tomar la rosa recién cortada,
blandir al azar el tallo, sin verlo.
Palpar la fruición que condensa tu alma
a la altura del cuello... antes incluso 
de ahondar el ardor
que traza 
rojo en la mano 
el reguero.

Es en esencia el amor.
Es la tragedia que prende su seno.



Alberto Cancio García
  


martes, 6 de marzo de 2012

MALA NOCHE

Sí, qué pasa.
Escribo un poema que no es un poema
y qué pasa.
¿Acaso no puedo escribir lo que quiera?
Acaso escribirlo con versos,
rimar los finales por fuerza,
evita que el TODO construya una mierda?


¿Tú crees que en mi jeta no existe de eso?
¿Tú crees que soy oro y mi váter no apesta?


Demonios, la imagen que tienes de mí:
rendido juglar, sobre-henchido poeta...


¡Que yo soy moreno, niñata parguela!
¡Que yo también paso una noche de pena!


Poeta, me dices, poeta,
a cinco minutos/poema...


                                              ¿Qué pasa?
¿Te cansa mi rima asonante con e-a?


Ya he dicho que puedo escribir lo que quiera,
sin orden, cohesión o coherencia,
lo haré como a mí me apetezca.


Tampoco... sé hacerlo de otra manera,
o puede que sí, y que no me APETEZCA...
    
                                            ¿Qué pasa, molesta?
¿Molesta escuchar repetido apetezca?
Pues dime, tenaz porculera, 
                                                   acaso...
¿no tienes tú repetidas las tetas?




Esta noche, y lo siento, no hay imagen más certera. 








Alberto Cancio García
Contacto: +34662445943
Fecha: 30/12/2007 5:04


"En contexto irreverente y en lugar poco adecuado, 
y a estas horas bien tardías de domingo ensortijado, 
me remito a vos, preciosa, con ternura a más lustrosa, 
para hacer sonar el timbre que, de vos, me ha cautivado. 


No creáis, bella muchacha, que pretendo importunaros, 
pues no busco más que un beso del calor de vuestras manos, 
pero siento, incontenible, la fútil necesidad
de deciros vuestra luz y vuestro sitio recordaros: 


No es aquí, sobre esta tierra, donde vos tenéis lugar, 
pues si aquellas mujercitas que contemplo de soslayo, 
ya perdieron toda chispa de matiz ilusionado, 


sólo en vos descubro el fuego del amor sin encuadrar, 
la pasión desaforada que desprenden tres mil rayos."








Alberto Cancio García

lunes, 5 de marzo de 2012

PODría

Yo podría describirte con sintaxis sencillita
lo que pasa por mi mente por las noches.
Yo podría... en cierto modo, describir
cuantas escenas de mi vida me emocionan,
y en un ¡CHAS! cambiar dos nombres
—y llamar a Alberto: Félix, y llamar a Cádiz: Túnez—
y que tú, en la intimidad de la cabeza,
preguntaras por cuantiosas coincidencias
y también te emocionaras y murieras
de nerviosa expectación ante los hechos
de mi vida camuflados. Yo podría...
concretar un sentimiento y no decirlo;
sí mostrarlo, con la imagen imperfecta
de mi propia y verde ruina;
reseñar mi corazón, contando espinas,
exponerlo a una plegaria de pasión,
o de nostalgia... ¡Esterlina!


Pero escucha, por favor, si no pre-existes,
si saliste de mi mente en un momento,
Esterlina, de dudosa inspiración,
si eras nada y eres todo de repente
y si aun no tienes cara y eso ofende,
dime entonces, Esterlina,
qué demonios hago yo.


Qué he de hacerle, Santo Dios,
si tu nombre, Esterlina, Esterlina, ¡Esterlina!,
fue lo único que hallé... ¡que rimara con espina!







Alberto Cancio García  
   

domingo, 4 de marzo de 2012

CATA-RATAS

Digamos que un poema,
empieza donde empieza,
y acaba donde acaba.
Y no hay más que lo blanco
en derredor. Uno ve lo negro,
porque es lo que hace ruido,
e inicia, por arriba, imparable la caída
que termina siempre abajo,
como todas las caídas. Y si acaso
una grafía... del terreno, crea duda,
engorrosa: se salpica sobre ella
la atención, ésta vuelve a arriba...
¡pero baja nuevamente tan a prisa!
Los bordes de lo negro configuran
como un marco inexpugnable,
son la roca que limita la cascada
de unos ojos cuando bajan
resbalando la pendiente, de un poema.
Porque eso es un poema en realidad:
La cascada que revienta de colores
el silencio natural del mundo blanco.








Alberto Cancio García

viernes, 2 de marzo de 2012

—Señor Tablero,


no quisiera que usted
me malinterpretara,
pero... he estado
observándolo, esta noche,
y algo, dentro de mí,
reacciona de una forma
un tanto rara, cuando me mira.


—¡Demonios! Y eso, ¿por qué?


—Pues... verá, hay algo...
en sus ojos...


—¡¡¿En mis ojos?, Dios, no!!
¡¡Quítamelo, quítamelo!!








Alberto Cancio García

miércoles, 29 de febrero de 2012

Ewanescencia.

Dios piadoso,
que andas disuelto 
en todas las cosas
y me observas
tras la sólida quietud
de la materia:


Disuélveme Contigo.

                               
Permite
que esta noche
respire
sin contornos
y que el aire
de mi alma
vuele libre 
                                  hasta               
                                                        su
Ombligo.








Alberto Cancio García


        

       

YA NO

Pasó la vida verde como un rayo por nosotros,
pasó. Y ya no somos niños que adolecen,


ciertamente,


la vehemencia no es bandera, ya no. Aprendimos,
hace tiempo, que lo rojo es peligroso;
que el color calavernario de los bosques
reconduce a nuestra muerte; que los tenues amarillos
no son oro que reluzca en lontananza
o en los ojos, por desgracia, de un amor
sobreviviente del invierno. Aprendimos,
que la noche apaga el mundo, pero enciende
los deseos; y advertimos, sobre todo,
que no estábamos dispuestos
a que éstos nos tocaran los colores
desvelando en un instante 
     
                                                       nuestro sueño.







Alberto Cancio García

lunes, 27 de febrero de 2012

ACABO DE LLEGAR

¿Por qué cantas, mirlo, esta noche
tan lejos de casa?


¿No ves que estoy solo
y me hieres?


¿No sabes que aquí, como allí, no florece
tu añil primavera?
                                     
¿Por qué no te marchas, volando
a esas tierras lejanas,


donde sí hay oídos 
puestos en las ventanas?






Alberto Cancio García
Tablero Cocina ha cenado bizcocho,
llenado de migas el suelo,
pisado las migas por el dormitorio.


No ha entrado en el cuarto de baño,
no ha visto el espejo,
no sabe su cara de muerto.

Tablero quería poner un lavado:
de noche la ropa corriendo 
parece un acuoso caballo.

Mas trota ya dentro el de otro,
así que se enciende un cigarro
y sueña que ya lo ha dejado.  



Alberto Cancio García


Dime cómo es eso de llamarse a uno mismo ingenioso.
Dime qué tal se vive encerrado en una lámpara.





Alberto Cancio García

sábado, 25 de febrero de 2012

Pedrada

Todos vosotros vais a escandalizaros de mí esta noche.
Sabed que la Rosa se yergue pero al cabo es rojo sangre,
sangre humana, y dice aquello que no puede sostener:
aunque tenga que morir contigo, mi amor, yo jamás te negaré.


Sentada a otra mesa se ha abierto otras noches
su lúbrico pétalo marchito que suena al deshacerse
como una garganta de paja.


Negó una vez, negó dos veces,
cuando el sorbo de té riega unas gotas
y parecen como lágrimas caídas en la mesa
y en ellas estoy yo.


Lo sabe, caliente en la muchedumbre,
ya lejos aunque ame, deshojada, por si alguien la descubre
sonriente de mi mano, y luego puede hablar,
y contarle a algún romano.


Su espalda niega entonces la tercera, 


y al instante,
                          como un rayo,
                                                     canta lúgubre
                                                                                     otro gallo.






Alberto Cancio García

miércoles, 22 de febrero de 2012

BAILA

Una vez el contorno de su íntima mano
—la leve presión, ese roce fluido—
detiene con tácita inercia el trayecto
curvado de tu cintura
y, en golpes de voz, cómo un viento acotado,
compone y amasa tu cuerpo en el vuelo,
y en pulsos vibrantes te arrastra hacia él
y apresta tu ojo a ese suyo hechicero,


los aires que irradian: la curva en tus brazos,
la prisa en tus piernas, la gracia indomable
del ralo y volátil cabello...
son la emoción de la boca pequeña,
la espléndida luz de tu vivo deseo,
que sólo de hermoso, aunque duela...
Dios mío, 
                          ¡yo tengo, yo tengo que verlo!






Alberto Cancio García

martes, 21 de febrero de 2012

Sí. Hay algo más bonito que usted misma, señorita, aunque sólo sea algo, y ese algo, en efecto, sea un algo tan abstracto que no sirva realmente a nada práctico. Yo podría haberle dicho, por ejemplo: Señorita, las guirnaldas de la calle la superan en belleza; y entonces ese algo detentaría un reconocimiento concreto en el acto, comprendería, sin duda, modos de ornato festivo, tendría un color, colgaría de los postes o las puertas de las casas, y usted sabría a qué atenerse, al menos de momento. Aceptaría el agravio sin más contemplaciones, estoy seguro, y hallaría consuelo muy poco después, en otra boca, otra palabra, o un examen visual de las réprobas guirnaldas a lo largo de la calle, pues usted caminaría -muy seguramente-, las contemplaría un tanto, sacaría sus propias conclusiones. Quizá inferiría lo absurdo del cotejo en sí mismo, cuánto más sin caer en un burdo sentido metafórico, y con ello quedaría su orgullo recompuesto del agravio -muy, muy seguramente-, y las cosas hallarían al instante su sentido.




Alberto Cancio García
¡Ay, cómo bailas, gaviola impecable,
los aires azules del viento!
¡Ay, pundonor amarillo, admirable
coral, saturado y violento!


¡Ay, corazón afrutado,
qué olores amados distienden la espera!
¡Ay, frenesí agazapado,
vibrar inminente de la primavera!






Alberto Cancio García 
Mundo gaseoso,
refresco celeste,
a qué lejana superficie
ascienden tus burbujas alegres.





Alberto Cancio García

domingo, 19 de febrero de 2012

POST-UNION

El pétalo, arroz, empedrado,
hilo blanco, sinuoso, un encaje
sobre el lienzo verdinegro
de la calle. Baila el suelo.


Las luces mortecinas despabilan
a los grillos tras el pórtico.


Refresca y estoy solo.
Sin frío.


Salen paulatinos de la piedra,
ellos, como salen las estrellas
que en el duro firmamento de los suelos
yacen negras y en los restos de la tarde
se recrean.


Oscilante la galaxia de la plaza,
con su bruma, suena y huele
a lo que era.


Quizá ahora estén de viaje.
Sabrán a estas alturas si es un mito
la noche más feliz de nuestra vida.


Quizá haya roto el traje.
O la hayan desnudado
poco antes del embarque.


Refresca y estoy solo.
Tengan lo que tengan
entre manos, no vendrán
a remirarse el matrimonio.


No verán cómo los grillos
de esta noche,
devoran, de su eterno maridaje,
los despojos.  






Alberto Cancio García

sábado, 18 de febrero de 2012

NO SIEMPRE

Tal vez en otro tiempo de los tiempos...
bailamos malicias. Tuvimos espantos de amor.
Porque hendimos la daga del mero placer, quizá, 
en la artera mención de otra dulce entrepierna...
que no era la nuestra.

Ansiamos el cuerpo lejano, más allá, desconocido,
misterio en las noches ajenas, la magia de nuevo en el roce;
y entonces los novios de veras, las novias eternas, perdían color 
en la foto milenaria de la mesa, como si nunca 
los hubiésemos amado realmente.

Tal vez en otro tiempo de los tiempos,
en fin, no fui lo que otros creyeron. 
Consuela saber que, en el fondo,
mi foto también se ha borrado;
pues tal como dice algún otro:
Es mal de muchos, consuelo de santos.




                                                                                               Alberto Cancio García


POR MENTAR...

Como siempre nuestra Luna.
Asumir una mentira es recrear la realidad
para uno mismo, para todos.
Si no la conociera no podría imaginar
que hay otra cara que no veo 
al otro extremo de su cielo.
Ella muestra día a día un trozo más,
o un trozo menos, y así, en un sondeo delirante 
entendemos la ilusión de conocerla por completo, 
poco a poco, sin remedos.

Pero el sol es maquillaje —y la Luna también hace
por creerse sólo ello en el espejo de los mares—,
en el fondo ella es consciente del engaño en que ha incurrido.

La fealdad sabe que es fea aunque se tizne de carmín.
Y no hay luz en el cogote de la Luna, mas el frío se lo eriza sí o sí.

En fin...




Alberto Cancio García


  

jueves, 16 de febrero de 2012

¿En serio pensabas obviar
tu tensión
al pasar por delante de mí?


Sacudes los ojos a un lado
y a otro,
haz el favor de mirarme o seguir.






Alberto Cancio García
Había azul celeste en mi cabeza,
rondándola un instante. 


                                    Eran ojos.

Había sol de júbilo de anoche,
al borde del colchón.


                                    Y era rubia. 

Una parca rúbrica mía
en un poema sin mi nombre.


                                     Sonreía.

La mesa era un recinto de papeles
y los cuerpos dibujaban con alcohol.


                                      Madre mía.               

La noche sin el día había llegado de repente.


                                       La ceniza.

La vida despreciamos un momento, hace unas horas,
y eso fue bastante para armar una verbena,
                                    niña dulce,
cuerpo alegre:                                        des-nu-dá-te.
                                  Tú-quie-ré-me.




No, vulgar poeta, sólo escribe, nunca pienses.




Alberto Cancio García


Hay...

Hay un mirador interesante y no hago votos:

Yo amo de una forma como mucho más allá del protocolo,
más allá de ti o de nosotros como uno, tenlo claro,
¡yo también!, a parte de mi Amar, ¡a veces sólo amo!

Y sí, de esa manera en que se tiembla acalorado.

Sin duda me enamoro de otras cosas muchas cosas
(muchas, muchas... porque hay tanto)—,

y algunas de esas cosas llevan piel, muy por supuesto, y de ellas
hay un tenue movimiento que me excita en el momento,
como el vuelo negro y frío de un codazo:
una empírica mirada, un susurro plateado,
o una Historia,
de repente, que no sabe nunca uno cuando empieza
pero empieza y cambia el mundo,
                                         y a la cara tira el dado.

Porque amo, reconozco. También con la minúscula es un hecho.
El mundo es demasiado colosal para perdérselo en Amar
en súbitas mayúsculas cual burdo y cruel poseso.










                                   No te apures, rey Mufasa.
               Lo concreto en un poema enrevesado y ya se pasa,
                                   Lo cerceno de mi alma encabronada si lo siento,
               Hago voto de cordura

                                                                                     y ya no miento.




Alberto Cancio García

martes, 7 de febrero de 2012

He aquí una serie de poemas de Roberto Ferrer Hernández, un gran amigo amparado por las viejas circenses y los caballos postizos. Esta es una pequeña selección de su poemario "Grima y escombros". Para más información, llámenlo a su casa o visiten en enlace que aparece al final de esta entrada. Gracias.


Alberto Cancio García




UN AMIGO DE LA GENERACIÓN DEL OCHO




Lobo

He olvidado tu olor
y ya no aúllo por las noches.

La luna llena, el hombre vacío.




Boomerang


Recuerda:
en la mano con la que señalas al culpable
hay un dedo que le apunta a él

y tres a ti.



Pasó que

Un día probé a relacionarme con ellos,
a hacer el amor con ellas.

A compartir lo que llevaba dentro del bolsillo,
a destapar alegrías y bajezas
-las perlas de mi ostra-
para que rozáramos con ternura el dorso de la vida
y despuntáramos las horas con intensidad.

Pasó que ellos estaban jugando.

Pasó que yo iba en serio.


Roberto Ferrer Hernández



más en:



http://grimayescombros.blogspot.com/

miércoles, 1 de febrero de 2012

LA BELLEZA INÚTIL

En cierta manera nunca comprendí que Laura -amara mis labios-. No porque yo los desestimara, ni mucho menos, sino porque ella nunca los besó. Yo, más allá de embriagarme con la belleza estética que supone la carne fina y esponjosa de unos labios, las formas recortadas, los pliegues, las estrías, nunca pude amar ningunos sin querer, de algún modo, besarlos. Por eso no entendí que Laura pudiera alabarlos sin más, sin ninguna intención subsecuente, sin la chispa de un deseo, aunque fuera momentaneo, de morderlos de repente, tan cerca de ellos como estaba cuando hablábamos de noche.    










Alberto Cancio García

martes, 24 de enero de 2012

Fue una noche grandiosa.
Había salido al pasillo
en mi última ronda del día.
Recuerdo que había cenado
y llevaba los restos hacia la cocina.
Pensaba fregar, o no sé qué leches,
y en tanto me vi en el reflejo azulado
de una puerta acristalada -la luz amarilla,
silencio que había, de blanco vestido 
en pijama ajustado- llegó a encandilarme 
mi cuerpo de pronto, me vi y me gusté,
y reí, como un tonto.

Yo que en mis ratos de ocio
rezaba a la virgen de la pesadumbre
por no ser capaz de moverme con gracia,
estaba intentando sencillas bachatas
al son de la lumbre que encubre callada.

Y no es presunción,
yo lo juro,
pero a mí me gustaba.


Alberto Cancio García
  
  
Hoy me he pensado sin ti,
y sin ti, y sin ti, y sin ti también.
Hoy me he pensado yo sólo,
sin lengua, sin ojos, sin manos,
sin sábanas negras ni ruidos de noche,
sin sol, sin guitarra, novela o piano,
hoy he explorado por fin las entrañas
del alma que soy sin el resto,
y nunca he mojado con tanta dulzura
                                                                mi lecho.



Alberto Cancio García

domingo, 22 de enero de 2012

El pecho henchido, la tersura en los labios,
la luz de los ojos, el aliento infinito, la aguda barbilla
que se alza y recorta de sombras el cuello desnudo.
Una brizna de hierba, un bosque por rala melena,
el halo de sobria confianza irreverente, casi egoísta,
que barre violento la tierra y el polvo de la maldad.

Dejad que las brujas se acerquen a mí.
Hay tras mis párpados negros un horno
que funde, derrite, destruye, moldea y compone

tu nueva verdad.



Alberto Cancio García 
Vivir a las afueras es habitar tierra de paso.
Permanecer sobre el camino.
Parar donde otros siguen.
Viajar de un lado a otro,
del vacío a la plenitud,
de la nada al todo,
de la ciudad a lo sólo azul.

Vivir a las afueras
es sentarse a admirar el instante subrepticio
entre mi cruda vigilia y tu sueño remoto.



Alberto Cancio García
No ve la...
razón, es,
para desnudar la...
vida, vida mía.


Alberto Cancio García

viernes, 20 de enero de 2012

Hallamos sobre la piedra
dura de roer
la evidencia catastrófica
que, dura, roe la piedra:

Amamos.



Alberto Cancio García

miércoles, 11 de enero de 2012

       A duras penas asentías,

a duras penas,

       resbalando en tu gemido

la luz malva

       de los techos invisibles.

Temblabas, pequeñita,

       pedías en silencio,

como un ruego involuntario

       que tu boca no exhalara.



Alberto Cancio García
No nos engañamos.

Nadie puede ser poeta

si no ha visto, o deseado,

cuánto menos, una teta.


Alberto Cancio García
Qué sencillo es escribir cuatro polladas

y que aquellos que te quieren las elogien.

Qué complejo es demostrarles

que esto sólo es el principio.

O el final,

                 de un precipicio.


Alberto Cancio García

AL RÍO

Fue un romance hermoso.


Empezó como un relámpago.


De pronto, se gustaron.


Y bailaron.


La Luna se caía de pasión,
curiosidad, por esta vida.


Se fueron conociendo.


A él no le costó ser vanidoso,
ya lo era, y a ella la embriagó
tanta demencia.


Vestida de ceñidas avenencias
se exhibió, y de flores la contempla
en su terreno, pobre mema,
toca fondo en su atracción
y la embelesa,


poco a poco y que no note
la estrategia,


porque llega el sólo turno de echar suerte,
a ver si se la tira
                                    y a otra nueva.




Alberto Cancio García
Son distintas.

No hay en su mirada su mirada.
Ni sus labios en sus labios.
Ni hay patrón capaz de aparejar
dos pieles tan opuestas.

Ni el tacto de las uñas se parece.
Ni hablar de la palabra, de la gente.

Sólo hay, por una cosa,
homología entre sus dientes:

Dos miradas, cuatro labios, veinte uñas,
me desean.
          Me desean igualmente.


Alberto Cancio García
Es una cortina que descorro
sólo a medias;
en el suelo hay una línea imaginaria
que no puedo atravesar.

Desde allí, como un castigo,
la contemplo.

No me duele que prefiera
ese extremo de la calle.

Lo que punza mis entrañas
es el viento que embarulla
la cortina y que me enreda
a sus repliegues.

Más allá, al otro extremo,
ya lo sé, no puedo estar.

Sonreiré, de todas formas,
cuando llegue.



Alberto Cancio García
Pensaba que del Arte del Amor
no había nada que decir
a estas alturas.

Hoy he descubierto
lo impensable.

Hay cien mil novelas
que cavilan sobre Él,
tres mil poemas que he leído
en las últimas semanas,
mil ensayos, marejadas de relatos
indagando en su materia,
y ninguno ha conseguido
describir con grato acierto
ese nudo de mi labio
cuando le han negado un beso.


Hay, por cada hombre,
una obra literaria
titulada Desafecto.

Alberto Cancio García

martes, 10 de enero de 2012

Es muy triste imaginar la embelesada Luna
más allá de aquellas mesas,
la ventana condenada al negro frío
de un Enero: este bar,
sus fogones, su tenaz perfume a leño,
ausente el soplo de mis textos de otro tiempo
en el pardo abarrotado de fetiches: las paredes,
y poblado de esos otros personajes
que el hastío deposita por las barras macilentas...

Es muy triste comprobar tanta rareza,
llena no -dice la Luna-, he menguado día a día 
desde aquello; y aun refleja platas,
churretosas de evidencia, y mi bar
aun se asemeja a lo que era...

Tan triste imaginar la Luna fuera:
nunca estuvo, en realidad (no es un consuelo);
por entonces ni siquiera vino a dar
con estos textos de mi mesa.
Era un vaso, solamente, para ella,
ya de noche, un intento de indagar
lo consabido, sin saberlo.

Ahora ya no sé, tras la ventana,
lo que sabe, lo que no, la imaginada,
llena Luna, que no entraba:
cuando aun no había menguado
no cabía en este bar de maderones;
no es el mismo (como nada),
pero como Luna, ahí fuera,
al menos la certeza de tenerlo
me aplacaba.


Alberto Cancio García
Imprudente nostalgia
que invita a evocar
los jarabes ya ajenos...

como buenos.


Alberto Cancio García
He medido el múltiple destino
en aras de lo mágico.

No importa que me ocupen
los designios ralos.

Yo sé por qué me amo,
por qué el camino está arrugado.

Hay en él cuatro jirafas
sorteando los repliegues
entre saltos
                      y más saltos,

nunca bajan,
en el límpido relieve,
se dibuja el cielo a cuadros.

Hay doncellas a los lados
de follaje, de papel,
y un ciempiés dando la teta
                     a sus hijastros
sobre él...

¿preguntas que por qué?

Yo he medido mi contorno
y es de duende, y a saber,
cuando el duende llora, ríe,
de sí mismo,
                     y de su envés.




Alberto Cancio García
     

lunes, 9 de enero de 2012

En él la tesitura
compacta de un bastión,
que ve desde la altura
si vengo a ella o no.

En ella la amargura
de hacer, de uno, dos
y ver que a su cintura
apenas llego yo.

Y yo, so la espesura,
cual burdo salteador,
contemplo la ternura
que habita el torreón.


Alberto Cancio García

domingo, 8 de enero de 2012

Abre tus ojos verdes, Marta, que quiero oír el mar.


José Hierro
-No me amarías
si hubieras nacido en un sitio distinto del mundo-
decía muy seria, y no era consciente,
del mundo distinto que yo estaba viendo...
mientras la miraba, escuchaba y olía.




Alberto Cancio García
Atados van mis miembros
a una cruz de San Andrés.
San Andrés es un gigante
que me obliga a amar sin ver.


Alberto Cancio García

miércoles, 4 de enero de 2012

El discurso del valiente:

Sé valiente.

Carajo, ¿el valiente no eres tú?

Sé valiente.

¡Sálvame!

martes, 3 de enero de 2012

Canto al olvido
que olvidas tu canto
cuando ella, roncando,
no sueña contigo.


Alberto Cancio García

lunes, 2 de enero de 2012

Estar enamorado es una constante natural.
No precisa de pastillas por la noche.


Alberto Cancio García

domingo, 1 de enero de 2012

El Sol, el relente, la brisa, el recuerdo... 
agitan la nuca lo mismo que un beso.


Alberto Cancio García
Mi cuerpo es una lista
de caricias
de mujeres que legaron
su ternura
en distintas proporciones.


Alberto Cancio García
Al fondo,
más allá de la cortina
de mi dulce boca ardiente,
donde lengua y paladar casi se unen
en un páramo suave y cavernoso,
está mi corazón, latiendo fuerte,
rogando el crepitar de una caricia
que le hable de fulgor indisoluble
y amoroso.


Alberto Cancio García
Usaban mi corazón como zapato
y andaban.


Alberto Cancio García