jueves, 30 de septiembre de 2010

De cualquier manera...

Sube la marea de la mar azul y verde,
unas veces con estrépito de guerra,
y otras con mesura de serpiente.

Trepa en ocasiones a la roca y
se dispara y precipita por la tierra;
aunque a veces la acaricia desde abajo y
se diría que no sube, que resbala
como un vidrio movedizo y transparente.

A menudo la marea sube súbita y revuelta, y
acomete relinchando contra el canto de las piedras;
la marea, también puede subir lenta con los peces,
con la anchura prolongable de una lengua
que lamiera la piel tibia de la playa, mansamente.

Mi castillo, tan de arena…
siempre acaba derruido por la mar azul y verde,
unas veces con vehemencia,
y las otras, no parece.

Alberto Cancio García

lunes, 27 de septiembre de 2010

Ingeniera Botánica (I)

Si riegas con lágrimas puercas
la losa cuadrada del suelo macizo,
antes que el Sol aparezca
habrán germinado y crecido edificios.

Alberto Cancio García

Fotografía: Google.

domingo, 12 de septiembre de 2010

BILIRRUBINA 3'

La lluvia no miente. No a Soledad, cuando la moja y la destiñe sin decoro. Está vieja, sucia, fea, y la verdad es el reguero de inmundicia que gotea entre sus piernas, y la costra que resbala por su cuello inexistente, y un traspiés después del charco, la cojera, y el dolor al sacudir los huesos contra el eco acartonado de las calles. Antes sabía llegar sola a los toldos cubiertos de San José, no importaba lo que lloviera, pero ahora, sin bastón, ¿cómo hacerlo? Sólo un ciego entendería lo sencillo que es guiarse por razón de surcos hondos y ranuras horadadas en los bordes de la losa, el cantar del adoquín más suelto, la pendiente hacia la izquierda, la tercera columna, y luego el charco, porque ahí suena la lluvia más violenta, y una rama entrometida del quinto árbol, esa con cuidado, despacio, se agacha una un poco y no hay más trabas hasta el borde de la esquina, a esperar que escampe. A esperar.

Que cese la lluvia y no se lleve la costra, por favor, que apesta pero entibia el cuerpo lastimado. Ya veremos cuánto tarda, que no huele a lluvia larga ni tan largo es el camino de vuelta. Que una es ciega pero sabe. Y sabría llegar sola, con bastón, pero qué si se perdió. Pues que espere el jovenzuelo. Él tendrá el aguante y ella sueño tranquilo y guarecido. Y cuando escampe, que la lleve. Despacito. Sin prisa que ella sepa donde pisa. ¡Ay si no lloviera! ¡Ay si tuviera el bastón! ¡Qué chico el mundo! Y no tan grande como dicen. Este joven, pues porque él ve, ya se piensa que es más listo que el hambre. Pues por hambre ella ha aprendido a leer las cosas del suelo, vaya, y se las sabe de memoria, como si fuera un trabalenguas. Y si a este niño la lengua se le atora para hablar de una chiquilla, qué sabe él de esas cosas, que son de vieja, los laberintos y trabalenguas, claro, no de Sole. ¡Soledad! Que una mengua y tiene nombre.

_ ¿Cómo se llama la niña?

Y Martín, estupefacto, siente el fuego del rubor, y el suelo quema de repente, y quema el brazo de la vieja, el quinto árbol y la esquina, todo arde en forma de nombre, las ramas y cornisas echan humo, y se despide el dulce olor. Es un incendio apasionado y las palabras no le salen entre llamas. Se consumen allí dentro, con su nombre, tras la lengua que no lo toca, lo derrite y lo evapora y lo deshace en polvo blanco.

Soledad se escandaliza silenciosa. ¡Ay dejar que la acompañe un mozo torpe! ¡Es un nombre! ¡Ay de ella, que le entrega sus fanales a un zopenco! ¿Que no sabe trabalenguas? ¡Que no sabe ni decirle el simple nombre de la niña!

Pero ya sí, ahora sí, él lo sabe, lo entiende, y lo enciende y carboniza. Ni siquiera un trabalenguas en papel arde tan bien como su nombre. Se lo guarda entre las brasas del pensamiento para siempre. Y allí queda, palpitante. La lluvia apagará los rescoldos, ¿no es cierto? Y luego el nombre será ceniza. Será la nada.

_ ¡Ay si no lloviera!

No importa. Porque llueve, pero sabe el fuego resurgir de la nada y de repente. Un instante, una chispa, un nombre, y florece entre los labios, duele, quema, se siente. Claro que se siente.
Extinguirse en la candela no es cuestión de finitud. Ya pueden correr, como dicen, quinientos años, que el nombre, el de ella, resucita una y mil veces, cebado de su propia combustión. Es el Ave. El Ave Fénix. Y la calle y la indigente, y él turbado.
Vuela, pájaro de fuego. Vuela lejos y acobarda a los demonios.
Ya no lloran. Ya están limpias las baldosas de la noche.







Alberto Cancio García

jueves, 9 de septiembre de 2010

BILIRRUBINA 2'

_ Era bella.

Y Soledad mira sin ojos. Se disgusta. Se resiente. Se entristece. Porque ella también lo fue.

_ Y la miré.

No. No fue ayer, pero sí hace siglos, cuando todo era salvaje en los cabellos y el Sol tenía forma de secreto. Fue bella Soledad entonces. Joven, liviana y sonriente, volvía tarde a casa, húmeda de amor y sal entre los muslos, enterrando los pies bajo la seda de la playa a cada paso, para no llegar. Para anclarse en la mocedad y en la blancura de la noche llena.

_ ¿Era blanca?

Y el blanco se vuelve eterno entre los labios de Martín. Reluciente, como el mudo palpitar de las estrellas a lo lejos. Y es un techo eso de arriba, maldito, una ruin baldosa negra, y otra y otra, mal juntadas todas, y por eso, las estrellas. No son puntos solitarios, es el cielo que se cuela por las brechas y junturas. Muchos de esos agujeros son de ella, fueron de ella, cuando aun tenía fuerzas para alzarse a más de un metro y con las uñas desgarraba la argamasa del ladrillo.
Hace tiempo que no busca arañar nada, sucia vieja, y se abandona entre la mugre de su esquina polvorienta. Para qué tergiversar la realidad de estar podrida. Para qué. Es el velo del recuerdo lo que el joven quiere darle, sucia lacra, esperanza, juventud.

_ Fuera de aquí.

Que no es tiempo de mentiras ni sonrisas. Que al techo de la noche se han subido sus demonios y están golpeando las baldosas con puñales y martillos de recuerdo, y como ella ya no añora, ya reniega de su playa y de su vida, los recuerdos son tan tenues que se quiebran en el acto y caen al suelo.

_ Óyelos, están llorando.

_ ¿Quién lo hace? Sólo llueve.

_ Los demonios en el techo. Se les rompen los martillos.

_ Pobres. Pobres.

_ Vamos pronto bajo un toldo. Se acabaron las sonrisas. Yo era blanca por entonces.
Pero han muerto ya los tiempos en que Soledad era Sole.





Alberto Cancio García

Problema léxico-temporal


No sé si decir que es fácil o que no es difícil, ciertamente no es lo mismo lo uno que lo otro. En ello gasté buena parte de la mañana, en decidir que expresión sería la más correcta. Hablar como es debido es ya una obsesión, como ordenar los libros por tamaño o las especias por colores. Pero la cuestión que me rondaba iba más allá de una simple complicación léxica.


Hace unos años compré a través de una subasta un reloj de pared, de esos que ya hoy en día pueden considerarse “antiguos”. No había dado problemas de funcionamiento, los únicos problemas causados por el reloj se situaban en el extremo más alto de mi cuerpo, cada vez que llegaba el momento de restar una hora de vida. La manilla que contaba sesenta sin cesar su movimiento circular ni un solo instante parecía fatigada aquella mañana, como si le costase trabajo avanzar en el tiempo. Realmente me sentí asustado, no podía concebir los minutos más largos de lo que ya lo eran habitualmente, y parecía, a simple vista, que aquella mañana la trayectoria del segundero había duplicado el tiempo que necesitaba para recorrer el círculo. Solo fueron necesario dos minutos (cuatro) para ratificar mi primeriza suposición. En el momento no vi problema, pero luego caí en la cuenta que estaba viviendo dos minutos reales de los cuales, solo de uno de ellos quedaba constancia material. El tiempo físico real era el que quedaba marcado en el reloj, por lo que viviría cada día cuarenta y ocho horas de las que solo tendría que restar veinticuatro a mi existencia terrenal, es decir, de cada día gastado obtendría otro como obsequio, por lo que mi vida se remontaría al doble de lo que está estimado. Después de esto acerté a encontrar otra posibilidad. El tiempo real gastado fuesen dos minutos de los cuales solo habría vivido uno, de modo que en contraposición a lo anteriormente expuesto, viviría cada día doce horas reales, aunque en el reloj quedasen marcadas las veinticuatro que se supone que debería vivir.


Ante esta última opción posible frente a mi “problema mañanero” pensé que era fácil o que no era difícil sentirse asustado, estuve al menos una hora decidiendo que cuál sería la expresión correcta, o quizá fusen dos horas o solo media, eso aún no lo he terminado de descubrir. Cada cosa a su debido tiempo.
Imagen y texto: Eva Te.

miércoles, 8 de septiembre de 2010

Bilirrubina 1'

_ Miré. Y me sentí culpable.

_ ¡¿Miraste?!

_ Sí.

Una mueca de Soledad, vacía y renegrida como ella, nunca deja indiferente a nadie. A nadie que se precie, al menos, de ser un hombre íntegro, o de vivir conforme al rito del reposo y la cordura. Porque aun sin muecas, Soledad asusta a los que viven de día y duermen de noche, con un gesto, una palabra, o con sólo abrir la boca y enseñar sus cuatro dientes ambarinos.
Y una mueca. Una mueca es excesiva. Es llegar tarde al trabajo, no cumplir con una esposa, cederle a un buen amigo un vaso lleno de cristales, y mirar la mugre de una esquina sin fruncir el entrecejo. Porque fruncir siempre enturbia las cosas, y ahora, tan de noche, para qué, si ya está bastante oscuro.
La vieja vive ahí, en esa esquina, Soledad. Su nombre, ella, como su hálito de vida pestilente, descubre las cuencas huecas de sus ojos para hablar, y en la hiel de lo que fueron las sustancias, ni ayer lo hubo, ni hoy hay nada. Una mueca tal vez, como todas, y, precisamente ésta, la de esta noche, la más terrible, áspera y rudimentaria de la historia: una mezcla de rigor y desconcierto poco fingido, que maniata lo inteligible y apaga, de dos hachazos, dos farolas.
Y cualquiera, tú o yo, habría corrido calle abajo en pos del sueño de los cuerdos. Escapar del histrionismo de la escena, de la noche y la indigente, del vaso lleno de cristales, y dormir. Pero Martín Tablero no teme a la oscuridad, ni a ella. La costumbre, la suya, ha terminado por admitirle a la vieja esos gestos desgarbados, la actitud retórica y chabacana propia de la ira contenida y detonada a un mismo tiempo, y él se siente cómodo en la calle, confesando sus fatigas y su historia a quien no tiene más historia que la de los noctámbulos que hurgan en su esquina, fatigada.
Alberto Cancio García
Fotografía: Google.

domingo, 5 de septiembre de 2010

El grito

...y llegué a la soledad embriagadora, tan eterna, de esta playa inabarcable,
tan oscura al caer la noche, para dar cobijo a locos y tan locos.

...y llegué solo, loco, claro, embriagado y tan eterno, porque quise caminar sobre la arena
muy a tientas, y beberme el infinito y adentrarme en la penumbra.

...y lo hice para verlo, una vez más, y sin verlo detenerme... y escuchar ese lamento,
que es la brisa, y los gemidos, que son mar.

...y el terror de cantos fúnebres, rumor de sus cañones... de leyenda, que no están,
y uno lo sabe, pero loco, y embriagado, claro, ¡quién va a sospechar!

¿Qué deseos alimentas, tú, que soy yo, frente al grito violador del horizonte inalcanzable?
¿Qué es lo que mantiene, tan ardiente la esperanza

de ser libre, de marcharte, muy, pero muy lejos, hacia el fondo, lo invisible, lo mezquino,
lo temible? Y regresar de la aventura, quizá muerto, fracasado...

...calla tú, que tú eres yo, y yo llegué a la soledad, embriagadora, casi eterna, de esta playa inabarcable para hablar y no dudar; y jurar y perjurar

lo inasequible y prometer, a sabiendas de estar loco, que algún día, muy lejano, os traeré,
sobre las manos, o encerrado en un arcón, el legado de los sueños imposibles,

las verdades y quimeras con que siempre, loco, claro,
endulcé la hiel amarga de mis labios infantiles.






Alberto Cancio García

viernes, 3 de septiembre de 2010

...y tan contento

Subía a la montaña,
aferrándose a las piedras
y al llegar a lo más alto,
¡mierda!

Cuál sería el recorrido
si cayésemos, cayésemos, cayé-
semos,
y no hubiera duras piedras
que espaciaran el abismo.




Alberto Cancio García

AC-CIDENTE

Ac- es el impacto,
-cidente la secuela.

Ac- es el revés,
y -cidente la desdicha.

Ac- la mente en blanco,
-cidente la conciencia.

Ac- el sobresalto,
-cidente lo que duele, picha.


Alberto Cancio García

Desde mi mesa.

Me ahogo porque de vez cuando,
como no me gusta este lugar,
intento averiguar cuánto tiempo puedo estar
sin respirar.

En la barra del bar una joven rubia nos miraba, con esa mirada penetrante de quién inventa vidas cuando pasea por la calle, desde nuestra mesa, sus ojos se veían grises, y sus manos sin arrugas agarraban el frío vaso lleno de cubitos de hielo y de alcohol. No es necesario que las arrugas inunden tu cuerpo para tener conciencia del paso del tiempo, los verdaderos pliegues del tiempo anidan en los lugares más recónditos del alma, y desde nuestra mesa, su alma se veía plagada de arrugas.

Eva Te.

miércoles, 1 de septiembre de 2010

Di azepa m

_ No se preocupe, don Jesús, de veras no se preocupe. Es cierto que no suelo trabajar en vacaciones, pero tratándose de usted y de su problema, ¿le parecería bien fijar nuestra próxima cita para el día... jueves 25?

_ ¿De este mes?

_ Claro.

_ Pues... justamente ese día no puedo, doctor. Es mi cumpleaños y..., la verdad, mi familia es algo exagerada con las celebraciones.

_ Está bien, está bien... su cumpleaños. Vaya, y es usted del setenta y siete, como yo.

_ Sí.

_ Le doy mis felicitaciones adelantadas, don Jesús.

_ Gracias...

_ ¿Le parecería entonces pasar por aquí al día siguiente, viernes 26?

_ Pues... bueno... Sí. Creo que el viernes 26 podría.

_ Muy bien. Dicho y hecho entonces: El viernes. Existe el inconveniente de que la zona de consultas privadas estará cerrada, pero si no se retrasa podré atenderle en alguna consulta de la segunda planta que quede libre. Busque el pasillo de Psicología. Le estaré esperando.

_ De acuerdo.

_ Bien. Ha sido un placer, don Jesús. Recuerde lo que le he dicho sobre su falta de sueño. Dormir bien es indispensable para que las alucinaciones dejen de manifestarse.

_ Sí...

_ Tranquilo, don Jesús. Solucionaremos su problema. Sólo necesita usted autocontrol y autoconfianza. Nosotros le ayudaremos a superar su manía persecutoria.

_ Sí...

_ Por cierto. Al salir, dígale usted a mi secretaria la fecha acordada. Es más seguro que quede en el registro.

_ Vale.

_ Hasta el viernes entonces.

_ Hasta el viernes.


El mostrador de la secretaria es una orgía de papeles sellados.


_ Son... 60 euros. Y le apunto la cita, señor.

_ Es... para... el viernes 26.

_ Muy bien... viernes 26... ¿me da su nombre si no le importa?

_ Sí... claro..., Jesús.

_ ¿Apellido?

_ De Nazaret.











Alberto Cancio García
Fotografía: Google

martes, 31 de agosto de 2010

Ocurrió que

Aquella mañana,
el amor se miró en el espejo.


Y te vio.



Alberto Cancio García
Fotografía: Google

miércoles, 25 de agosto de 2010

Vizco vistazo funesto

Ahora observo de reojo el coche fúnebre que pasa
y que se marcha, tan ajeno, hacia Dios sabe qué Demonios
Veo caras compungidas en la negra procesión:
gentes blancas, tan anónimas, llorándote en silencio,
cada una en su automóvil, sin adornos; y sin pausa,
van siguiéndote entre lágrimas,
negras, de humo de motor.

Yo no sé quién eres. O quién eras, hace poco.
Mi reojo es incapaz de atravesar un ataúd,
y así vistos, momentáneos, ¡todos son tan parecidos…!
Más valiera imaginar que fuiste viejo satisfecho,
y que son tus cuatro hijos los que miro de reojo,
o que aquella de las lentes, vieja guapa, tez silente,
llora el dulce y cruel recuerdo
de lo mucho que te quiso.

Pero yo no sé quién eres. O quién fuiste, hace ya un día,
porque como el agua es hielo, así, el sosiego, aire severo,
y el semblante de esa vieja dice amor también de madre.
¿Y si tú, viejo paciente, a su lado, conduciendo,
eres quien imaginé delante de esta comitiva
y es un hijo, de esos cuatro, en realidad, a quien lloramos?
Un varón entrado en años, muerto por aventurero,
un aciago compañero
con mil vidas que contarme.

Sólo espero que en tu cueva o tu barranco, un pensamiento,
dulce, impávido, rehuyera y rechazara el corte acerbo
de las piedras, y ahora alcance a vislumbrarlo en mi reojo,
remontando suavemente cumbres bastas de edificios,
y posándose en su dueña, mustia y gris de desconsuelo.
La más blanca, la más leve, la del llanto seco y vivo,
que revuelve los matojos de pañuelo y de saliva.
Cierras tú esta cabalgata de la muerte y del olvido,
y apoyada en la ventana
te oigo entonces: ¡Ay, mi niña!





Alberto Cancio García
Fotografía: Google

jueves, 19 de agosto de 2010

Un ciclo de amor (I. El banco)


Nos conocimos en uno como este.
La lluvia amenazaba. Hacía frío.
Pasaban los peatones
mirando nuestros gestos,
pensando cómo fueron cuando niños.
También tú enrojecías,
las llamas de pudor te hicieron fuerte.
Entonces sonreíste sin motivos.

Y todo fue bonito.

Miramos hacia el cielo, ambos callados.
Cayeron mil palabras sin sonido
encima de nosotros,
y de inmediato todo comprendimos:
el banco, la plaza, la gente, el mundo
loco y cruel, lleno todo de sentido,
nosotros a lo lejos,
la lluvia sobre el suelo, los abrigos
que nos protegían del exterior.
Y el beso de tus labios. Y el silbido
de mi voz en tu oreja.
Fue todo tan sencillo…

…y todo tan bonito.

miércoles, 18 de agosto de 2010

¡Ya lo creo!

Conozco cuanto habita el dormitorio de tu alma,
porque yo me dormí en él, y te soñé, y tú me oíste;
e hicimos de tu espejo un álbum lleno de recuerdos;
y luego, de repente, te besé mientras meabas.

Conozco muchas cosas de tu alma, ¡ya lo creo!,
y las creo en tanto en cuanto, y por más que corra el tiempo,
sigan llenas las macetas del balcón de tu mirada.




Alberto Cancio García
Fotografía: Google

¿Por qué caminas, caminante?

Arena. Polvo. ¡Huella!: Un camino.
Abeja. Néctar. Hierba. Su olor.
Un pájaro. ¡Trina! Al cielo. Y al Sol.
Un árbol. Su copa. Susurro de bosque,
sombreado horizonte marrón.

Descansa. Detente. Contempla.

Agua, vaivén y madera: El mar.
Cangrejo. Salitre, e incienso silvestre.
La ola, su espuma, marea, poniente.
La roca, ¡quebrada! Reseco escozor,
secreto confín repintado de verde.

Descansa. Detente. Contempla.

Ascua, empedrado y arcilla: La aldea.
Anciana y fogón, y hornada de pan.
La niña, ¡su risa!, y el níveo cantar.
La torre. Que tañe. Del huerto a la Iglesia,
a obrar los destinos de la humanidad.

Descansa. Detente. Contempla.

Aura, penumbra y linterna: ¿Mujer?
O el canto del búho o la hiel de ballena,
o el grillo o la dama de noche recuerdan
al lento deseo de verte y de hallar
tu bosque, tu aldea, tu mar o mi estrella.

Descansa. Detente. Contempla.

Prosigue.
Alberto Cancio García
Fotografía: Google

sábado, 17 de julio de 2010

Resucita, compañero del alma

Dijo: «¡No te mueras, no, respira, aguanta!» y dio golpes en su pecho. Sus intentos de reanimar eran en vano: el cuaderno estaba medio muerto.


Jorge Andreu
A mis amigos de la Generación del Ocho.
¡A ver si llenamos de una vez las páginas de este cuaderno!

sábado, 19 de junio de 2010

SILVA a Lorena


_ Estrella,
¿me permites que una cosa
te pregunte ruborosa…?
¿Quién es ella?

_ ¿Cuál de aquellas, la vistosa?
¿La que en su alma de doncella
aparenta, de tan bella
ensoñación loca y pasmosa?

_ La que esposa los desmanes
con sonrisa ojimorena
y a las penas encadena
dos hermosos talismanes.

_ ¿La que con la faz serena
y su cariño sin hilvanes
guarda el brío de una diosa, o
de temidos huracanes?

_ ¡Dime quién, Estrella obscena!
Dame afrenta deliciosa.
Como Reina India posa
el azabache en su melena.

_ Ella es paz estrepitosa.
Como ensueño de volcán es
de templados ademanes
una fuerza vigorosa.

_ ¿Y además jacarandosa?
_ ¡Es, sin más, una verbena!
_ ¿Y el nombre de la preciosa?
_ ¡Lorena!




Alberto Cancio García

miércoles, 16 de junio de 2010

Periquito de los Palotes

Adoquines que superaren el miedo y contemplaren lo irrealizable...

¡¡He aquí su himno!!

Un abrazo a todos los Ocheros.

En este video: Jorge Andreu a la guitarra, Alberto Cancio a la voz y a la guitarra, Nieves Blanco y Eva Te. al perfil de grupis locas, y Jesús Cancio como público objetivo.

martes, 15 de junio de 2010

Nieves Blanco Martín - Tu silencio

Me gustas cuando ca[nt]as porque estás como [que no puedes estar más pre]sente.

viernes, 11 de junio de 2010

BILIRRUBINA 9


¿Los recuerdas?

La azotea como un barco
y, acodados en la borda,
a estribor los colocábamos
uno a uno.

Tú riendo y yo flipando.

¡¡Fuego!!


Y eran, aquellos garbanzos,
bombas.



Alberto Cancio García

sábado, 5 de junio de 2010

BILIRRUBINA 8

Justo ahí arriba,
en ese trozo de aire,
junto a la copa de aquella palmera,
hicimos el amor.
Alberto Cancio García
Fotografía: Google

lunes, 31 de mayo de 2010

El soñador

De repente le entraron ganas de soñar. Cerró los ojos y soñó con un paisaje soleado de primavera, cuyo baño de luces regaba el enlosado silvestre de la montaña hasta levantar del suelo los capullos convertidos en flor. A su espalda ladraba un perro ensimismado en la lucha contra una libélula, y esos ladridos resonaban en su interior como cantos de sirena. Descansaba a su derecha, desnudo y envuelto en sus brazos, un cuerpo de mujer tendido en la arena, húmeda después del rocío, que con la respiración deleitaba hasta a las nubes, unas siluetas enormes y sin forma que controlaban la situación desde lo más alto mientras sentían envidia de aquel par de enamorados. Un pájaro pió a lo lejos con una voz que dejó eco en el aire, otro respondió su llamada en el extremo opuesto del valle.

El sol incidió sobre los ojos de aquel observador, calentó su rostro, le otorgó la vida que necesitaba e invitó a su huésped a acompañarlo. El soñador se levantó con cuidado de no despertar a su sirena y recorrió cientos de kilómetros sin cansarse de mirar el horizonte, los montes que emergían a su alrededor y las especies desconocidas de animales que salían a su paso. Caminó largas horas y, aunque no sabía a dónde lo llevaría su andanza, notaba cómo la felicidad embargaba cada rincón de su cuerpo. Miró hacia atrás, no halló el lecho sobre el cual sació la noche anterior el apetito de sus sentidos, y sin embargo, no le importó: aquella limpia moza, aún desnuda, y el perro que custodiaba su intimidad, habían quedado en el recuerdo; sabía que en algún momento volvería a encontrarlos. El placer de lo que veían sus ojos era mayor, y mucho más profunda su felicidad.

Tras un largo paseo, guiado por el sol y extasiado de belleza, divisó un hueco al final del sendero. Corrió hacia él, pero notaba que era imposible alcanzarlo, y de tanto esfuerzo por conseguirlo, se despegó del idilio.

Despertó en su cama, empapado en sudor, despeinado por los movimientos bruscos de su cabeza contra la almohada. El ventilador expandía el aire caliente de mayo por la habitación, aún a oscuras. Miró el reloj y, al sentir la alarma de las cinco de la mañana y el sofoco de la asistencia a su empleo, lloró con amargura porque no le había dado tiempo a conocer el final de su propia historia.


Jorge Andreu

domingo, 30 de mayo de 2010

El ladrón de palabras.

El ladrón de palabras.

Esa noche la luz de la farola era especial y coloreaba la calle de un amarillo muy pálido. Casi no se veía, pero las formas se intuían con una dulzura de esas que dan miedo.

Al fondo de la calle acerté a ver algo en el suelo, gordito y con pelos, pensé en un gato, de esos que por mucho que se caigan siempre conservan intactas sus siete vidas. De esos que ponen sintonía a tus sueños cuando maúllan en el jardín de tu casa, o en la acera de tu calle. Me acerqué poco a poco hasta aquella pelusa gigante, parecía que levitaba, que flotaba en aquel aire amarillento de la noche. Sus ojos negros se clavaron en los míos, y devoraron mis palabras. Se las comió una a una, como si fuese un jugoso pescado del que no quedó más que la espina.

Cuando llegué a casa sonó el teléfono, era una de esas llamadas importantes, intente responder diciendo ¿sí?, pero mi voz sonó muda.

En alguna parte de la calle había una pelusa gigante, con forma de gato, de esos que no roban pescados, si no de los que se comen las palabras que nunca se van a pronunciar. En alguna parte de la calle, había un gato diciendo ¿sí?, como si estuviera respondiendo a una llamada que nunca sería para él.
Eva Te.

viernes, 28 de mayo de 2010

La puerta de tu boca

Acabo de publicar esto en mi blog, pero quería compartirlo también con vosotros. No voy a decir el nombre, es lo de menos. Lo he escrito esta tarde antes de salir de Sevilla. Espero que os guste.

La puerta de tu boca

Una puerta entreabierta
al destino. Una puerta
maciza como el hierro
de tus huesos, morena.
De madera, marrón,
-----------de madera.
Como tu cara lisa
y tu suave melena.

Una puerta entreabierta
al olvido. Se cierran
tus ojos, no me miran.
Un portazo resuena.
Un cuadro se desploma
con tus gritos. Y llena
el suelo una vidriera
blanca. Yo, con mi pecho
roto, lleno de pena,
recojo los pedazos
y lamento tu ausencia,
pensando en tu partida,
en cómo me dejaste
----------el alma muerta.

Amiga,
te llevaste contigo
esa sonrisa tierna.


Jorge Andreu

sábado, 22 de mayo de 2010

Un hombre a un diccionario pegado

Aquella mañana, las palabras le sonaban extrañas. Mientras tomaba el café, intentó pronunciar «desayuno» y por alguna razón parecía el sonido de «menudo». Pensaba en aquella entonación, como si la causa fuese una mala articulación de los sonidos. Sólo se dio cuenta de que en su mente se dibujaba la imagen del café y las tostadas, pero él ya no sabía cómo se pronunciaban. Soltó una vez más la palabra «desayuno», escuchó el eco del comedor, esperó en silencio unos segundos hasta que todo ápice de voz hubo desaparecido. En su mente se recreaba la palabra «mundo» mientras pensaba en el pan con aceite.

Era asiduo lector de enciclopedias y fiel estudioso del vocabulario: cada mañana, camino del trabajo, repetía una y otra vez las diez palabras que había extraído del diccionario antes de salir. Había conseguido memorizar la mitad del contenido cuando sintió que se olvidaba de cómo se decía «desayuno». Desconcertado, tomó el último bocado, apuró el… líquido del… recipiente y se dio cuenta de que había olvidado las palabras «café» y «taza». Se levantó del sofá de un salto y, nervioso, echó mano del diccionario de la estantería. Esa mañana no quiso ir a trabajar; en lugar de ello, se pasó las ocho horas de su jornada laboral entre las palabras ya aprendidas del diccionario.

Después de tan intensa sesión de estudio, se aseguró de conocer su vocabulario. Para comprobarlo, salió a la calle con una libreta y anotó todo cuanto veía a su alrededor. El paseo duró tres horas. No había olvidado ninguna de las palabras, su memoria parecía intacta. Tal vez había sido una falsa alarma, una reacción de su cabeza ocasionada por el estrés. Regresó a casa satisfecho y se preparó otro café en taza. Dijo: no quiero tostadas, aceite ni sal, eso para el desayuno de mañana. Y así se aseguró de recordar lo estudiado.

Cuando sonó el teléfono y, enfadado por la interrupción, atendió la llamada, su respuesta fue: «No conozco a esa persona». Desde entonces merodea por las calles con aire sabio y cabeza alta, orgulloso de conocer medio diccionario. Pero no recuerda su propio nombre.


Jorge Andreu

miércoles, 19 de mayo de 2010

Presentación// El tesoro.

Después de esta graaaaaaaaaaaaan presentación aquí estoy o aquí está Eva Te.

Aspectos formales: es para mí un gran placer que me dejéis formar parte de vuestra generación. Que dejéis que una pequeña “escritora” pueda publicar aquí sus microrrelatos, y sus, escasos, relatos.

Aspectos sentimentales: esta mañana os dije que no podía presentarme a ningún concurso, por qué sé que si no llego a ningún sitio (lo más probable) pensaría que no sirvo para nada en este mundo literario, y no volvería a escribir.
Este año ha sido muy productivo, en estos términos, para mí, y en parte (en una gran parte) se podría decir que es gracias a ustedes, a este blog, y a mis ganas de formar parte de lo vuestro.
Participar con vosotros en tertulias como la del otro día me parece una gran recompensa y me ayuda a seguir con este propósito.

Aspectos generales: ¡Graciaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaas!

Bueno y ahora paso a publicar uno de esos microrrelatos que ya conoceis, pero es mi favorito, y quiero que sea el que forme parte de mi presentación:

El tesoro.

Se despertó y vio su rostro reflejado en un espejo de mano que flotaba en el aíre oscuro de la noche. Se asustó. Aparte de despeinada y ojerosa tenía un agujero en la frente. Se le estaban escapando las ideas. Del susto, se llevo la mano al pecho, y se le inundó hasta la muñeca, se le estaban escapando los quereres.

Encendió la luz de mesilla de noche, por el pasillo se veían bailando al ritmo del tic-tac del reloj una fila de pensamientos y emociones. Los recogió todos y los guardo en el joyero. Desde ese día iba por la calle con dos agujeros más y sin pensar ni sentir. Pero eso sí, sus tesoros estaban a buen recaudo.

Eva Te.

NUEVA INCORPORACIÓN

¡¡Damas y caballeros!!

¡Es para nosotros un gran honor dar la bienvenida a la nueva incorporación de la Generación del Ocho!:

Prrrrrrrrrrr.... ¡¡Plas!!

¡¡EVAAA..... TEeEeEeEeE!!

¡De quien esperamos apetitosas publicaciones que rejuvenezcan con brío el ritmo viciado de este Blog y lo transformen en el manantial de vida que merece por su juventud!

¡Un gran aplauso para...

EVAAA..... TeEeEeEeE!!




Alberto Cancio García

martes, 18 de mayo de 2010

BILIRRUBINA 6

Ambos queremos,


pero no lo decimos...


Callamos.


Y es nuestro silencio


explosión que se previene,


que se hiela y se guarece


en el fondo de los ojos


y que el alma carboniza,


en un suspiro.









Alberto Cancio García
Fotografía: Lary George

lunes, 10 de mayo de 2010

BILIRRUBINA 5

No pretendía hacerle ningún daño, lo juro, pero necesitaba que me aclarase por qué. Y así, forzándolo, asiendo con fuerza su mano limpia e inocente, le conminaba a gritarme qué había de malo en tirar al suelo de la calle aquel bote de pasta dentífrica.
Cuando desperté, todavía con la mano del niño palpitando entre mis dedos, descubrí que aquel latir asustado no era otro sino el mío. Y que la pasta dentífrica sólo se manifiesta mediante coacción.



Alberto Cancio García

jueves, 6 de mayo de 2010

BILIRRUBINA 4

Hubo un día (uno de tantos, sí, pero ya muy atrás en el tiempo) en que algo (no sé si la torpeza, quizá, o el agnosticismo resentido, puede) le enseñó a asumir de buen grado sus pródigas limitaciones.
La incertidumbre es todo un océano cuando se la mira tan de abajo a arriba (decía), y yo misma lo conocí así, sin remos, apeado sobre la popa de una chalupa encarroñada, tan incapaz de gobernar el rumbo de su propio destino.
Él lo asumía (con una mueca), perdido hasta en el sentido más nimio de todos, contemplando pasar trenes y más trenes a sabiendas de que jamás subiría a ninguno sin el ticket del valor.
Hoy (después de tanto) todavía lo ahoga el llanto silencioso, a veces, a solas, por el recuerdo de lo mucho que pudo hacer entonces y no hizo. Por la verdad de lo que pudo ser y ya nunca será. Y (aunque él no lo sabe) yo lo oigo llorar. Llorar y maldecir en voz alta la triste paradoja de ser y odiar ser al mismo tiempo. De diluírse, como sus lágrimas, pero siendo gota de agua que nada moja en su viaje a la boca, al suelo, al abismo.

Luego, al día siguiente, cuando entre risas y caricias nos jactamos de quebrar el uso subrepticio de la lengua y de la vida; cuando bajo el peso de su pecho amanecen, espachurrados y babeados, los ojillos imprecisos de una rana sonriente; o cuando sobre el vaivén de los gemidos se oye a medias el suspiro de un tequiero entrecortado, entonces…
Entonces el miedo se vuelve bello. El miedo, el llanto, el océano y todo.
Porque… ¿dónde? ¿En qué parte del alma puede herir la incertidumbre cuando uno siente amar con tanta fuerza el rumor del tren que no perdió?
Y luego dice que siempre viajará conmigo (siempre). Y no, no sabe a dónde. Pero me asegura que jamás vio paisaje tan hermoso.
Alberto Cancio García
Fotografía: Lorena Tosso Eyras

jueves, 29 de abril de 2010

BILIRRUBINA 3

Pues, mire usted, que no sabría si sabía lo que sabía.
Porque no creía ni una pizca en lo que decía.
Pero lo decía. Aunque no supiera, como tal, lo que sabía.
Por miedo a creer, saber, decir, lo que sentía.





Alberto Cancio García

miércoles, 28 de abril de 2010

Víctimas

Las víctimas de un lunes sin reposo
no saben ejercer su obligación,
ni quieren despedirse del colchón
por culpa de un salario caprichoso.

Las ruinas de un pasado indecoroso
no silban esta idéntica canción
que va en pos de la flecha, al corazón
de un viaje sin retorno. Deleitoso

sonido cruel de mil adinerados
que cambian a la gente por mercados
y pesan en la mesa su dinero.

Qué pobres gentes, dignas de alabanza,
que cargan en su espalda la esperanza.
¡Ay, honrado albañil, cuánto te quiero!


Jorge Andreu
Para el trabajador honrado que gana su vida cargando peso.

domingo, 25 de abril de 2010

Una tempestad en carretera

La bruma impedía una visión nítida de la calzada, que amenazaba con sacar de su carril el vehículo verde, solitario, ocupado por el conductor y el copiloto, a cuyo alrededor sólo había agua y maleza, niebla y oscuridad. Eran las cinco y tres minutos de la madrugada, el pueblo dormía su sueño desde muchas horas atrás. La lluvia había impedido que los pocos jóvenes habitantes del pueblo salieran a divertirse, pero Marco y David, quienes gozaban de un alma jaranera y no iban a permitir el silencio de una noche de sábado en casa, habían emprendido un viaje de ida hacia la ciudad, donde muchos bares ofrecían fiesta y eran motivo de reunión amistosa a pesar de la tormenta. A esta hora regresaban de la parranda sin cansancio en el cuerpo. Cantaban y reían mientras Marco trataba de adivinar el camino de vuelta entre el cristal empañado y su vista borrosa.

Huelga decir que Marco, de diecinueve años, y David, con la mayoría de edad recién cumplida, eran hermanos y carecían ya de la compañía de su madre, muerta hacía dos años, víctima de un accidente de tráfico a la vuelta del trabajo. Y aun así, cómo son los hijos, conducían embriagados e inseguros por el peligro de la noche. Escépticos desde la tragedia, nunca habían creído en la vida después de la muerte, en el más allá, sino en el presente, en que debemos aprovechar la vida a cada momento porque una vez muertos no podremos salir de nuestra tumba. O de nuestra urna, diría David, todos sabemos que en las familias abundan los puntos de vista.

En divagaciones así no deberíamos inmiscuirnos porque la marcha del vehículo aún no se había detenido, y no lo hizo hasta poco después de enmarcar en el punto de vista del Mercedes una figura blanca cuya contemplación apenas duró un segundo. De inmediato Marco giró el volante hacia la derecha y pisó a fondo el freno; el coche recorrió varios metros hasta terminar de pararse. Qué has visto, preguntó Marco asustado a su hermano menor; creo que lo mismo que tú, respondió David, una silueta blanca, como en pijama, que nos miraba; mamá, susurró Marco. David asintió despacio. Un trueno retumbó en los cristales y en los asientos traseros. Miraron hacia atrás y no vieron sino sus chaquetas y, más allá, la lluvia sobre una carretera desviada como el coche. Te decía algo, preguntó Marco; sí, fue la respuesta de David, que detuviésemos la marcha; eso mismo he creído oír yo, dijo Marco, y que pasásemos aquí la noche; esto me da muy mala espina, no habrán echado algo en las bebidas, preguntó David; sí, ron.

El coche se había salido de la calzada y estaba estacionado entre las hierbas de un lugar que no conocían. De todas formas, concluyó Marco, nos habíamos perdido, será mejor que pasemos aquí la noche. Pero ninguno estaba seguro de lo que sus ojos habían visto.

El alba llegó dos horas después. David despertó alumbrado por el primer rayo del sol y dio un codazo a su hermano al adivinar lo que tenían ante ellos. Marco se despidió del sueño a regañadientes, sacudió la cabeza, se frotó los ojos varias veces con las manos y luego, asombrado, abrió la puerta del coche para salir a contemplar el exterior. Ante ellos, a poco más de un metro de distancia, el terreno daba paso al vacío y a su izquierda la carretera se transformaba en un corte de rocas. Se echaron las manos a la cabeza, mareados de vértigo al mirar el suelo lejano. Y pensaron en el más allá. Y en su madre.


Jorge Andreu


sábado, 24 de abril de 2010

Josefa Parra y la Generación del Ocho

Tengo una sorpresa para mis compañeros de la Generación del Ocho, Abraham y Alberto. Anoche disfruté de una velada literaria con nuestra buena amiga Josefa Parra (Pepa entre nosotros y con ella), en la que acompañada por el pianista Miguel Ángel Beltrán “Barry” recitó los mejores poemas de sus libros, al tiempo que aprovechó para enseñarnos algunos inéditos que me gustaron incluso más —amiga Pepa, si lees esto, que sepas una vez más que el último verso de la «Edípica» que espero ver en tu próximo libro me sacó las lágrimas—; y luego el cantautor Alfonso Baro Alcedo interpretó un poema de Pepa al que había puesto música, y una canción propia, muy interesante.

A la hora de la firma de libros, por cierto, me dijo que uno de los miembros de la Generación le había dicho que me parezco a un poeta, y no sé quién habrá sido, pero sirvió para echar un momento agradable de risas. Ese momento es el motivo por el que hoy escribo esto, la sorpresa para mis amigos de la Generación, que enseño a continuación:


Por si alguien no ve el contenido, dice lo siguiente: «Para mis colegas de la “Generación del 8”, con la esperanza de verlos crecer, combatir y vencer. Y compartir con ellos esa alegría y ese ímpetu. Os quiero. Josefa Parra. 23/04/2010».

Este es mi regalo para la Generación del Ocho por mi vigésimo cumpleaños. Yo también os quiero, amigos míos.


Jorge Andreu


jueves, 22 de abril de 2010

MASCOCHA




Ofrezcamos una calurosa bienvenida a PAQUITA, la nueva mascota de la Generación del Ocho.

lunes, 19 de abril de 2010

BILIRRUBINA 2

Aquella noche fue igual a cualquier otra.
Me quedé solo, como es costumbre,
y entonces bajé al mar.
Allí, espié cómo dormitaban los ojos del cielo,
y luego volví a casa desquiciado de belleza.
Siempre, todas las noches, ocurre del mismo modo.
Y es que aquella noche, aquella en particular, fue igual a cualquier otra.



Me preguntas... ¿que por qué escribo sobre ella?
Porque luego, camino a casa, sonreía.
Y no lo entiendo.
Pero aquella noche sonreía.



Alberto Cancio García

sábado, 17 de abril de 2010

BILIRRUBINA 1

Sólo miraba.
O quizá sea más correcto decir que sólo veía.
Y aun así, solazándose en la inocencia de su propia pasividad, se sabía culpable de ver.

Sólo de ver.
Alberto Cancio García

viernes, 16 de abril de 2010

Finales de Marzo a bordo del Whydah (Relato de Colin Woodard sobre el capitán pirata Samuel Bellamy)

" A pesar de estar a más de cien millas mar adentro, [los piratas] cayeron sobre un pequeño mercante que salía de Newport, en Rhode Island. El capitán de este balandro, el señor Beer, se dirigía a Charleston y probablemente escogió el paso exterior para evitar a los piratas que se contaba, infestaban el estrecho de Florida y el paso de los Vientos. A cambio, se halló prisionero en el mayor barco pirata que él y sus compañeros hubieran visto jamás.
Beer no pasó más de dos horas a bordo del Whydah, pero después tomó nota de todo lo sucedido, incluida una transcripción de la conversación que mantuvo con Samuel Bellamy. Mientras los piratas saqueaban el cargamento, se intentó decidir si le devolvían la embarcación o no. Tanto Bellamy como Williams [segundo de a bordo] estaban a favor de que Beer se quedase con el barco, demasiado pequeño para ellos, pero sus compañeros, con el ego muy alto tras los recientes éxitos, se negaron en rotundo. Bellamy ordenó entonces que llevasen a Beer ante su presencia para poder comunicar al desventurado capitán las malas noticias. Sentía deseos de disculparse:

_ ¡Maldita sea mi estampa! Lamento que no le vayan a devolver su balandro, porque desdeño causar daños a nadie si no es para mi provecho_ le dijo Bellamy a Beer_ ¡Maldito barco! Tendremos que hundirlo y, en cambio, a ustedes bien que les habría servido.

El pirata se detuvo, miró de arriba a abajo al de Rhode Island y empezó a destilar cierta compasión por aquel hombre:

_Maldito sea: En el fondo es usted un cachorrillo, igual que todos los que se rinden al gobierno de unas leyes que han hecho los ricos para su propia seguridad [...] ¡Pero allá vosotros con vuestra suerte! ¡Allá ellos, por ser una panda de zorros arteros! ¡Y allá ustedes, los capitanes y marineros que les sirven, pues son unos tarugos con alma de gallina! Nos vilipendian, los muy sinvergüenzas, cuando la única diferencia entre nosotros es que ellos roban a los pobres amparándose en la ley..., y nosotros robamos a los ricos amparándonos en nuestro propio valor_ Bellamy volvió a mirar a Beer, sopesando con cautela el efecto de sus próximas palabras_ ¿No sería mejor estar entre nosotros que andar lamiendo la hediondez de esos villanos, sólo para conseguir un trabajo?





Beer se tomó su tiempo para responder. Su conciencia, le dijo al fiero comandante de los piratas, no le permitiría "saltarse las leyes de Dios y de los hombres". Bellamy lo miró con disgusto:

_Es usted un granuja con una conciencia endemoniada_ le respondió_ Yo soy un príncipe libre, y cuento con tanta autoridad para hacer la guerra en el mundo entero como el que dispone de cien barcos en el mar y un ejército de cien mil hombres en tierra. Y esto es lo que me dice mi conciencia: ...No vale la pena discutir con los cachorrillos llorosos que toleran que sus superiores los pateen en cubierta con placer, y que ponen su confianza en quien no es más que un proxeneta hipócrita: un cerdo comodón que ni practica ni cree siquiera en lo que le cuenta a los imberbes que lo escuchan como a un santo.

Con aquello, Bellamy ordenó que se llevasen a Beer. Indicó a la tripulación que lo condujeran en un bote hasta el Marianne [otro navío de la flota pirata], para que Williams pudiera dejarlo en Rhode Island. Cuando los piratas acabaron de pasar el último barril de sidra y de comestibles al Marianne, prendieron fuego a la balandra de Beer. La columna de humo se vio a varias millas a la redonda; el barco se quemó hasta la línea de flotación, y sólo el mar pudo apagar las llamas. "






He tomado esta narración de la obra "La república de los piratas/ La verdadera historia de los Piratas del Caribe", de Colin Woodard, que insiste en que fue el propio señor Beer quien transcribió la conversación que mantuvo con Samuel Bellamy a bordo del Whydah:
"Algunos autores han puesto en duda la veracidad de esta conversación, que al final se publicó en "Historia General de los Piratas", preguntándose quién habría sido el transcriptor. La respuesta es: el propio Beer. Tras su audiencia con Bellamy, el capitán fue trasladado a bordo del Marianne, donde dispuso de suficientes horas libres como para poner por escrito esta conversación histórica. Lo liberaron en la isla de Block al cabo de una o dos semanas y, el 29 de abril, se presentó en Newport e informó de lo sucedido al corresponsal del Boston News-Letter. Es casi seguro que los detalles de la conversación fueron anotados por las autoridades de Rhode Island y enviados posteriormente a Londres, donde quedaban al alcance del autor de la "Historia General de los Piratas."






Alberto Cancio García

miércoles, 14 de abril de 2010

Una Década

Y todavía hoy, en las noches baldías de helado insomnio, lo siento vagar huidizo por las calles solitarias; sucio y maltratado como los contenedores mismos de la basura donde se alimentaría; triste y quejumbroso como el aire en que a menudo dejaría escapar sus maullidos largos de felino compungido. Maullidos de miedo, de hambre y de frío. Maullidos de pena y aterrado desconcierto, que seguro, por entonces, rasgaron con sus ecos la afonía de aquel barrio, preguntando una y mil veces, en la jerga del errante con bigotes, por qué.





Alberto Cancio García

miércoles, 7 de abril de 2010

Despierta, Antonio. Otro milagro de la primavera.

¿Sabe usted una cosa?
Yo vine a este sitio buscándola a ella, con mi rosa, mi cuaderno y mi mejilla, y anduve entre los troncos y las ramas trituradas, por ver si la veía y, dándoselo todo, me besaba.
Fue triste comprobar que había marchado a no sé donde, y me hinqué en este escalón, a culparme por imbécil; encendí un cigarrillo y, de su humo ennegrecido, huyeron dos mariposillas hacia el seto de la izquierda. Tosió un pajarillo más arriba, y de verme espatarrado, un hombre se acercó con un plato de tortilla.
Y yo, que venía buscándola a ella, no había reparado ni en las flores de aquel seto, ni en el árbol de ahí arriba, ni en el Sol de la ternura que un buen hombre me ofrecía.

Guardé el cuaderno y la mejilla, y planté la rosa en la tortilla.






Alberto Cancio García

domingo, 4 de abril de 2010

Hermann Hesse - Narciso y Goldmundo

Este libro resucitaría a un muerto. Y como hoy es domingo y este blog está muerto, después de varias semanas sin recomendaciones ni actividad, voy a lanzarme a hablar de mi última lectura, a la que acabo de dar fin hace cosa de media hora tras una semana de placenteras sesiones.



Narciso y Goldmundo es una excelente novela del premio nobel de literatura alemán Hermann Hesse, donde se unen los antagónicos puntos de vista de la ciencia y el arte, la razón y los sentidos, el espíritu y el cuerpo. Narciso, un joven novicio entregado al estudio y a la reflexión, encarna el espíritu de la razón, y Goldmundo, un joven estudiante del convento de Mariabronn, es el ejemplo de los sentidos. Ambas partes conforman los dos pilares de la personalidad. En el convento de Mariabronn se conocerán estos dos jóvenes que pronto tomarán caminos bifurcados: mientras que Narciso permanecerá en el convento envuelto en sus quehaceres de futuro monje, Goldmundo partirá rumbo a la aventura, a la vida, y gracias a su hermosura conocerá en profundidad el mundo de los sentidos.

La profundidad psicológica de los personajes, la sobriedad del estilo del autor, las reflexiones implícitas y explícitas y la riqueza del lenguaje cautivan desde la primera página: así quedé yo después de leer la primera descripción del castaño que decora la puerta del convento, después de los primeros acontecimientos, después de indagar en la personalidad de Goldmundo, un personaje entrañable.

Es una novela que no os deberíais perder. Ojalá me hagáis caso. Yo me he estremecido, he vibrado, he llorado, he sonreído y he seguido los pasos del joven Goldmundo en todo su viaje por los sentidos. Haréis lo mismo si os asomáis a estas páginas. Lo garantizo.

viernes, 26 de marzo de 2010

El arte por el arte, la muerte por la muerte

Caminas a paso ligero, porque en realidad quieres llegar a casa... ¡y sabes de sobra que no vas a subir! ...pero necesitas sentir la cercanía de un lecho seguro en que acurrucarte si las cosas se ponen feas. _¡Porque podrían ponerse bastante feas!_ te dices a ti mismo bajo un paraguas maltrecho que cubre a duras penas tu cámara y la mano que la sujeta. Las fuertes ráfagas de viento empapado te cierran los ojos con su arena y los oídos con su ruido. Te detienes impresionado ante el resplandor de un primer rayo, pero es sólo un momento. Porque no cesas de caminar. Nunca cesas de caminar hacia casa, que está_ la tierra se estremece con el trueno_ ahí detrás, a dos manzanas, esperándote con su techo macizo y su agua templada. Y deseas estar en ella, en casa, durmiendo, como todos desde hace tres horas. Y miras hacia atrás. Hacia delante. Y no hay rastro de vida humana hasta donde alcanza la vista... _todos están en casa, Dios, todos_ ...y te sientes como minúscula astilla en un bosque de eucaliptos sedientos. Solo. Completamente solo en la inmensidad del universo, a espensas de lo que un cataclismo decida hacer o no contigo. Y quieres, ¡deseas!, llegar a casa, sí. Ahora. Porque sabes que restan menos de tres minutos para el caos. Y que él jugará a zarandearte de un lado a otro del paseo marítimo hasta hacer de ti un despojo encharcado. Y en realidad no quieres convertirte en un despojo encharcado. No. Tú quieres estar en casa. Como todos los demás. Durmiendo. ¡Como se duerme la cámara ahora! Y como se apaga. Cambias las pilas entre maldiciones, y el azote del viento se intensifica peligrosamente. Titubeas. ¿Para qué cambias las pilas, idiota? ¡Corre hacia casa! ¡Ponte a salvo! Un segundo resplandor colorea el mar de metales resbaladizos, y casi te sobran razones para salir corriendo entre bocanadas de azufre cuando, ensordecedor, el estruendo enloquece los cielos. Ahí está tu casa. Cruzando la avenida, a menos de cien pasos. Ahora. ¡Corre! ¡Ahí está esperándote, con su techo macizo y su agua templada! ¡Hazlo! ¡Márchate! ¡Huye!

Y sin embargo te detienes. Exhausto pero despierto. Y empuñas tu cámara mojada bajo lo que queda del paraguas. Y encaras el horizonte relampagueante, dispuesto a fotografiar la evidencia de tu inferioridad frente a tanta belleza. Y aunque quieres estar en casa, como todos, tú no puedes. Ni hablar. Porque a ti no se te ha brindado la posibilidad de dormir mientras el viento azote, la lluvia arrecie, o los rayos hagan crujir el pavimento... Y mientras el cielo descargue todos los odios existentes sobre su maltratada hermana, la tierra; tú, acodado sobre ella, responderás a los disparos con fotogramas enamorados, intentando en esta noche, a pesar del viento, la lluvia y el miedo, inmortalizar las centellas que te impiden meterte en casa, no por imposición propiamente dicha, sino por un recalcitrante proceso de imanación.





Alberto Cancio García

lunes, 22 de marzo de 2010

OMINOSA NÓMINA

Aquella no estaba resultando una noche nada fácil. El embaldosado sobre el que un día, ya muy atrás en el tiempo, florecieran el delirio, el amor y el ensueño de tantas quimeras compartidas, no era, en aquel momento, más que un tosco revestimiento de piedra granítica, que se prolongaba, sucio y magullado, hasta donde alcanzaba la vista, y que nada parecía tener de particular frente al resto de rincones del paseo marítimo.
Las cosas habían ido cambiando y él lo sabía, pero comprobar tan de cerca cómo la magia de su escondrijo preferido agonizaba ahora sobre el más tosco de los pavimentos, lo sumía en la amarga postración que significa el plantearse si las cosas siguen teniendo, al menos, un mínimo de sentido. Un sentido que siempre había buscado incluso bajo las piedras, y que esas piedras parecían estarse tragando sin la menor muestra de compasión.


Con esta imagen de crueldad gratuita cincelada en la retina, tomó asiento sobre el segundo de los tres escalones que durante tantas noches hermosas le sirvieran de apoyo, y sintiendo bajo su pie la rudeza de aquel suelo inescrutable, no sin antes dirigir una mirada cómplice a su izquierda, comenzó a fabricar sonidos armónicos y resonantes mientras acariciaba el mástil con dedos temblorosos. Las cuerdas de una guitarra, rasgueadas a diestro y siniestro en un sinfín de combinaciones distintas, tuvieron la virtud de alejar algunas de sus alimañas, pero también le permitieron aproximarse, y quizá demasiado, a la raíz primigenia del problema.

Acordes y escalas, cadencia y consonancia, fueron desentrañando los entresijos de la realidad que le embargaba desde hacía ya varios días, y cuando el arpegio simultáneo de una segunda guitarra transformó el ambiente en mimbre de una cesta vibrante, el suelo granítico se fue agrietando, para mostrarle a él, y a todo aquel que supiera mirar un poco más allá de las cosas que pueden mirarse, cómo la magia semienterrada por noches insípidas se había de igual modo resquebrajado. Atravesar la naturaleza maciza del granito no es cosa sencilla. Y esto, sumado a la presión de las toneladas de piedra sobre su frágil consistencia, la había transformado en una maraña de flecos deshilachados.

La sola visión de tamaño desastre hizo que su mente se reactivara, devolviendo la clarividencia y la motivación a quien parecía haberse dormido en el interior de una guitarra. Aquella no estaba resultando una noche nada fácil ni lo resultaría en adelante, pero al fin había encontrado la manera de devolver el sentido a las cosas. Porque una vez que el silencio irrumpió en la cesta, partiéndola y dispersando a todos los que allí se habían congregado, él tomó todos y cada uno de los pedazos de la magia, guardándoselos cuidadosamente en la holgura sobrante de su pantalón, y marchándose luego a toda prisa, camino a casa, para encomendarse a la tarea nocturna de intentar reconstruir con suavidad lo que la brutalidad del áspero granito había destrozado.
Alberto Cancio García

jueves, 18 de marzo de 2010

EL ÚLTIMO ACEBUCHE

Cuando, al principio de los tiempos, los visigodos llegaron a la península gaditana, decidieron llamarla "Tierra de Acebuches", por el extraordinario número de ejemplares de esta especie que hallaron a lo largo de la lengua del arrecife, desde Cortadura hasta la Punta San Felipe.


Hoy día, la ciudad con menos zonas verdes de Andalucía no conserva ningún vestigio de aquella profusión salvo por la subsistencia de un espécimen: El último nacido de forma natural en suelo gaditano, tan discreto en su situación que pasa inadvertido incluso para los indeseables que lo privaron de la compañía de sus hermanos.


Al amparo de la muralla oriental de Cortadura y junto a la esquina de un descampado de grava usado como aparcamiento, crece lentamente y casi en secreto un muestrario silencioso de lo que fue Cádiz mucho antes de las épocas que aun cabe imaginar.




Alberto Cancio García

miércoles, 17 de marzo de 2010

TRIBUTO A STEVENSON

Si el marinero cuenta al marinero canciones
de tempestades y aventuras, de calor y de frío,
de goletas, islas y gente abandonada,
de bucaneros y tesoros enterrados,
y la vieja historia, contada otra vez
exactamente igual que antes,
gusta, como a mí en otro tiempo me gustó,
a los jóvenes de hoy, más instruidos:
¡No se hable más!
Y si no,
si el joven estudioso ya no sueña,
si ha olvidado las antiguas quimeras,
a Kingston, al bravo Ballantine,
o al Cooper de los mares y los bosques:
¡Tampoco se hable más!¡Compartiré
con mis piratas la tumba donde descansan con sus fechorías!

R. L. Stevenson

martes, 16 de marzo de 2010

El azar de la ignorancia

Estación de ferrocarril, tres menos cinco minutos de la tarde. Bajo la vigilancia de un sol que calienta, ¡por fin!, las caras tardías de un invierno a destiempo, un automóvil celeste como el cielo cruza el paso de peatones y hace dar un salto atrás a un grupo de tres estudiantes asustadizas, quienes con un grito de guerra muestran su valentía ante el osado conductor. Un joven de cabello agitado al vuelo, chaqueta de cuero y mochila negra cruza tras los pasos de las chicas y entra en la estación pendiente de no perder su tren: mira hacia el cartel luminoso donde se anuncian los sets del partido y ve la próxima salida del equipo local; entonces echa a correr en dirección al primer vagón y sube a bordo. Allí dentro no encuentra ninguna plaza libre, de modo que recorre dos vagones más hasta encontrar la tan anhelada soledad del estudiante soñoliento; ocupa el asiento de la ventanilla y deposita la mochila en su regazo, y mientras la acaricia igual que a una mascota contempla una vez más la monotonía del mundo tras el cristal.

Se oyen los pitidos del tren que de inmediato emprende la marcha, y acto seguido una voz en off anuncia el destino y la siguiente parada. El tren vuelve a detenerse y varios pasajeros se incorporan al viaje: uno de ellos se sienta junto al estudiante, que ahora lee un libro marcado con la etiqueta de «Clásicos universales», cuyo título no logro ver desde mi asiento. El nuevo viajero deposita su abrigo en el altillo y se acurruca en la plaza 123, pasillo, a la espera de la llegada a una no muy lejana estación. Ni siquiera ha dirigido una mirada sencilla, ni un saludo, al joven estudiante de su derecha.

Tras varias paradas en que se ha llenado el tren hasta casi transportar a gente de pie, atravesamos un periodo sin que la voz de la máquina emita un solo aviso. De todas formas, me llega el susurro de dos viajeros que ocupan las plazas de detrás y dicen: «próxima parada…», sin mencionar ningún nombre, «next station…», sin mencionar ningún otro. La máquina parece averiada, la voz afónica por el repentino ataque del sol tras largos meses de lluvia y frío.

De nuevo el silencio se puede respirar a bordo, y es de agradecer: el ávido lector del libro marrón se muestra mucho más concentrado. Pero no sabe que la próxima parada le traerá unos minutos de tensión. Su cara contrasta con la del ocupante de la silla contigua, donde se reflejan deseos de llegar a casa y dormir una siesta.

En la próxima parada sube al tren un chico vestido de chándal con un neceser en la mano. El asiento de mi lado se queda libre, pero también el que está junto al hombre adormecido, a quien el recién llegado parece conocer. Lo saluda y se sienta a su izquierda. «Tengo un regalo para ti», dice a voz en grito. Todo el mundo le dirige la mirada porque ante la escasez de conversación se ha oído su torrente. «Ah, ¿sí?», dice el otro, «pero si mi cumpleaños fue ya hace cinco meses»; y el chico del neceser responde: «Ah, bueno. Es que venía del gimnasio y me he acordado de que tengo en casa un libro, y como me dijiste que te gustaban los libros de la Edad Media —su interlocutor asiente—, me dije: pues un regalo de cumpleaños»; «vaya, gracias —dice el interesado—, pero no tenías por qué molestarte»; «¡Claro que no! —vuelve a gritar el otro, esta vez en un tono más agudo, chirriante—, pero a mí no me gusta leer, ya lo sabes»; «sólo los libros del instituto»; «exacto, y hace ya muchos años que se acabó —en su modo de hablar expresa alegría por no cumplir más órdenes de los profesores—, gracias a Dios»; «bueno, pues ¿de qué libro se trata?»; «¿conoces a Gustavo Adolfo Bécquer?». De repente se hace un silencio incómodo, tan sólo interrumpido por el funcionamiento del tren, un silencio de tensión que ha desconcentrado al estudiante. Después de un breve momento de reflexión, el hombre adormecido contesta: «claro que sí, hasta ahí llego»; «me lo imaginaba, pero hay gente a quien le preguntas por ese nombre y no sabe quién es». Y en la expresión del estudiante veo dibujadas unas palabras: «ni saben de qué época». Ha cerrado el libro, ha dejado las gafas sobre la mochila y vuelve a mirar a través de la ventana: una carretera, varios coches, edificios al fondo, piedras de la vía y una sombra que proyecta el techo de la siguiente parada. «Pues a mí me gustaba mucho aquel libro de Lorca del instituto, ¿recuerdas? —continúa el gimnasta—, el Romance de los gitanos»; «sí». No sé el motivo de esa corta respuesta, pero sí el de la tensión que pinta la cara del estudiante. Excitado, guarda el libro y saca de su bolsillo unos auriculares, y mientras los conecta al reproductor de música, el tren detiene su marcha y los dos viajeros se bajan. De inmediato escucho comentarios en el vagón y descubro que no soy el único pendiente de la conversación, sino que los ocupantes de los cuatro asientos justo delante de mí también han escuchado el intercambio de palabras y ahora se burlan.

Dos paradas más tarde, me bajo y recibo el azote del viento. Volveré a casa y me sentaré tranquilo con un café delante de mis narices, indignado por el azar, enfadado con los institutos.

lunes, 15 de marzo de 2010

LA PUERTA

No eran celos aquellos chasquidos que sentía crujir en el pecho al escucharla parlotear sobre la noche loca que se avecinaba. Había pasado ya demasiado tiempo desde aquel día en que se prometiera a sí mismo abandonar cualquier sentimiento que incitara a la posesión de una mujer, y en aquel instante, con su mano sujeta en el bolsillo mientras caminaban deprisa hacia el lugar donde unas horas más tarde se despedirían, se sentía plenamente dueño de su, en otro tiempo, desaforada pasión. Tanto fuero y tanto muro habían merecido la pena en tanto habían evitado que el incómodo nudo estomacal de los celos se convirtiera en el patrón de sus relaciones personales, pero ahora, al notar aquellos pinchazos aguijoneándole las entrañas, se perdía en un mar de confusiones especulando sobre lo que podría significar sentirse dolido ante las premoniciones nocturnas de su amiga.
¿No eran celos aquellos chasquidos? No quería que lo fueran, pero el hecho de escucharla preconizar sobre sus inminentes hazañas libertinas le hacía clavar la vista en el suelo y sumirse en una postración dolorosamente inédita. Nadie se percataba de ello y él lo agradecía interiormente, limitándose a avanzar calle arriba con la mano de ella fuertemente sujeta en el bolsillo, quién sabe si por frío o por truncar su marcha inminente.
La calle fue abriéndose hasta desembocar en una plaza bastante amplia, y a lo lejos divisó el bar donde cenarían con los amigos antes de separarse. ¿Tanto lo martirizaba la idea de alejarse de ella? ¡No podían ser celos aquellos chasquidos! ¡Ni siquiera tenían aspecto de serlo! Porque él ya los conocía. Ya los conoció en su tiempo. Y tanto jugó con ellos que acabaron matándolo para resucitarlo luego con un sentido de la vida diferente. Y aquello, aquellas pirañas que notaba rondar por el pecho, no podían ser las mismas que antaño lo devoraran de adentro a fuera, ofreciéndole la paradójica posibilidad de aprender a controlar sus arrebatos de pasión. Aquellas pirañas habían muerto en el retrete una vez logró entender que nada es de nadie en este mundo, por lo que aquellos chasquidos...
La notó acelerar el paso e hizo otro tanto, tratando de permanecer junto a ella el mayor tiempo posible. Lo congelado del ambiente era una buena excusa para esa proximidad forzada, pero las puertas del establecimiento se abrieron al fin, y una oleada de aire caliente los hizo distanciarse instintivamente. Todos se apresuraron a quitarse los abrigos al compás de algunas lamentaciones acaloradas, y tras las obligadas presentaciones y los saludos cordiales, el tiempo comenzó a fluir como nunca antes, llevándose los minutos con los pinchitos y los segundos con las cervezas.
La miró poco y mal. La velocidad del reloj producía una extraña tormenta de arena. Costaba mirar de frente. No había pirañas, pues el alcohol las asesinaba en el acto. Las voces conocidas se perdían en la algarabía de risas y canciones. El tiempo se aceleraba hasta lo absurdo. Se acababan las patatas. Los pinchitos. La cerveza. No se oía. No se veía. Nada importaban ahora las palabras, los gestos, la comunicación. El mundo se mareaba. Incoherencia, incongruencia, contradicción. Todo aquello. Y unas terribles ganas de orinar. Orinar. Buscar el retrete en la tormenta. Abrir la puerta, sentir calor maloliente. Cerrar tras de sí con dificultad. Y mirarse al espejo.
Allí estaba. Él. Recobrando el aliento tras un esfuerzo sobrehumano. Orinó con ansia, esperando adivinar en la secreción la forma de alguna piraña, y con el último goteo sintió un escalofrío que lo hizo temblar: ¿Una piraña? No... Se abrochó el pantalón con parsimonia, bastante satisfecho. No eran pirañas. No. No eran celos aquellos chasquidos. Volvió a mirarse en el espejo mientras se lavaba las manos. Allí estaba. A salvo momentáneamente del fragor de la desertización. Se enjuagó la cara cubierta de arena y se sintió mucho mejor, mientras su respiración se acompasaba y su pulso volvía a la normalidad. Nada tenía de qué preocuparse por el momento. Allí encerrado se sentía a salvo del tiempo, de la arena, de las pirañas… y de ella.
Aunque los minutos se deslizaban ya con normalidad, quiso alargar el momento reajustándose el cinturón, y notó que en realidad le apretaba demasiado. Le asustó un poco sentirse prisionero de más cosas, pero si ya de por sí estaba condenado a la cadena perpetua del miedo obsesivo, del temor a sentir cosas que no deseaba sentir, mejor sería desechar el artilugio de cuero y resarcirse de una libertad que parecía aun lo suficientemente viva. Se lo desabrochó lentamente y se lo ajustó de manera que apenas lo notara en el vientre.
Listo. Un poco más descansado así. Era la hora, pues, de salir al exterior y enfrentarse de nuevo al torbellino de segundos, al griterío del mundo, a la tormenta de pirañas. A ella. Se sorprendió a sí mismo abriendo la puerta y cruzándola sin titubear un instante. Una ráfaga de humanidad hiperactiva le golpeó la cara, pero se mantuvo firme ante la densa bocanada. Se hurgó en el bolsillo aun caliente por la mano de ella y sacó un cigarrillo que encendió con parsimonia, paladeando con delectación la primera calada mientras observaba indiferente el panorama del bar. Un simple bar. Tan simple como la meada sin pirañas que acababa de enviar al océano. Ni celeridad del tiempo, ni harmattan del desierto, ni degradación humana. Gente, simplemente, malcomiendo en un sucio bar al son de canciones de pésima factura.
Al torcer la esquina la vio. Sintió algo extraño por dentro, pero supo en el acto que no eran pirañas. Ella le sonrió quedamente y él devolvió tal gesto con una mirada amable. Las cosas no podían ser tan complejas. No era aconsejable agitar la mente con suposiciones inabarcables. Era obvio que algo insólito ocurría en su pecho, sí, pero quizá no fuese más que las secuelas de un resfriado o el salto de una sístole mal encarada. Nada que ver con ella. Ni con su mano caliente en el bolsillo, ni con la noche loca que sólo a ella le esperaba en cuanto acabara la cena... ¡Qué demonios! ¡Qué pirañas!

El tronar de una vieja canción conocida había terminado por distraerle del todo. La confusión precedente recorría los desagües de la ciudad, mezclada con la resuelta micción que eyectara, y comenzaba a reinar la naturalidad, con el sabor del cigarrillo y el frío de la quinta cerveza. Ella se iba. O eso parecía. La vislumbró desde la distancia de su taburete, repartiendo besos a los presentes a manera de despedida, y sonrió al pensar en que tarde o temprano llegaría su turno. No importaba en absoluto lo que hiciera una vez atravesara esa puerta, ni habría noche loca que lamentar. Nada de aquello le importaba ahora. Su turno, su beso, estaba tan cerca que ya casi lo olía. Y cómo olía, que lo hacía a uno entrecerrar los ojos y perderse el éxtasis prematuro de una noche improductiva. Abrió los ojos un momento y la vislumbró en el mismo lugar, pero alejándose hacia la puerta, ajena a él, a su éxtasis, a sus chasquidos, a la consternación de sentirse ignorado y menospreciado por una piraña desagradecida.
Ella no se marcharía sin despedirse de él. Ni hablar. Su mano aun estaría caliente. Gracias a su bolsillo. Se levantó con dificultad, y alargó dos pasos demasiado torpes para alcanzarla. El alcohol le nublaba la vista. Se sentía incapaz. Y no podía ser. Se marchaba. Se iba. Abría la puerta, envuelta ya en mil fardos de lana blanca.
Se decidió cuando era demasiado tarde y la puerta iba cerrándose frente sus narices. Dió un mal salto. Chocó levemente contra el cristal. Palideció. Y quedó sujeto al pomo, sin fuerzas para girarlo y con una molesta sensación de vacío en los oídos. Por un milimétrico instante creyó que el golpe lo había dejado sordo, y emitió un triste gemido para adivinar su voz. La oyó, en efecto, pero a su gemido siguió otro, luego otro, y al momento toda una jauría de gemidos que reventaba el bar por encima de la música estridente. Se dio la vuelta con prontitud y se encontró frente a una basta multitud que reía desagradablemente algo que le concernía. Miró en derredor, a los dos lados primero y luego hacia atrás, donde el cristal la dibujó alejándose calle arriba sin su beso de despedida. Luego miró a la marabunta fastidiosa, y siguió por mucho rato sin saber la razón del revuelo. Se incorporó un poco sobre la puerta, molesto e iracundo, pero borracho y sin fuerzas para encolerizar, y abrió la puerta lentamente con la intención de tomar el camino a casa. El frío de la calle le heló las piernas, y al mirárselas, una voz ajena calcó la frase que imprimía su pensamiento:
_ ¡Eh, tú! ¡Súbete los pantalones antes de salir!




Alberto Cancio García