martes, 28 de agosto de 2012

Los papeles de Marcel (IV)



                                   Ojalá un beso tuyo, de los de pelo suave,
                                   cambiara mi aspecto por el de un perro:
                                   dejaría de hablar
                                   y me ahorraría los problemas
                                   que torturan al hombre por las noches.

M. Camino

jueves, 16 de agosto de 2012

Los papeles de Marcel (III)

(Fotografía: Jorge Andreu)

                                                Ven, abrázame fuerte
                                                y quédate conmigo hasta que el tiempo
                                                desvíe nuestras sendas.

M. Camino

lunes, 6 de agosto de 2012

Los papeles de Marcel (II)

Poética

                                         Vivir las horas muertas
                                         en guerra sin final contra el vacío
                                         es abrir las compuertas
                                         al triste escalofrío
                                         que conduce al más sano desvarío.

M. Camino

lunes, 30 de julio de 2012

GÉNESIS

Qué extraño se hace mirar atrás e intuirte ahí, sobre la cama, dibujando o leyendo un libro de mi estantería, de esos que hojeabas lenta por echar el rato. Tu pelo revuelto tontamente, como tontos éramos, como tonto te miraría yo desde la silla, seguro que inquieto, seguro que deseoso de tu cuerpo, tan joven y estúpido que extraña pensarlo ahora, desde lejos. Qué cerca estuvimos entonces, qué dentro el uno del otro sin saber siquiera quienes éramos, en quienes nos convertiríamos, en si aquel juego de besos supondría algo más que una primicia adolescente... El principio.

¿Qué fue? Quizá sólo eso, un ensayo de lo que luego vendría a ser la vida real, el amor real, el sexo verdadero. Yo también he olvidado el tacto de tus labios, créeme, ya no recuerdo tus caricias, y las formas de tu voz se mezclaron hace tiempo con las hojas de otros otoños, muchos, claro, al pisarlas de camino a lo que hoy somos. 
Y extraña. Extraña pensar en cuánto nos quisimos, en cómo nos juramos un amor eterno inexistente, jugando, amando, tan niños en realidad, tan toscamente inocentes.







Alberto Cancio García

domingo, 29 de julio de 2012

QUISIERA ARRANCAR LOS BRAZOS AL SOL
por colarse en las ventanas
de un cuarto sin deseos de grandeza.

Marcel Camino

jueves, 26 de julio de 2012

SELLO

Que sepas que he llegado a la feliz resolución 
de matarme, ¡sábelo!, que ahora dormirás 
pensando en mí y en mi desgracia, 
me amarás, me desearás, regalarás 
mis cuatro oídos con palabras, agasajos,
y al instante, mientras tanto,
yo andaré mirando fotos 
de otro amante —que también es "mi mejor"—, 
y tocándome la pinga vendrá el sueño, 
diluyendo la idiotez hasta mañana, mi amor.









Alberto Cancio García

domingo, 22 de julio de 2012

EL DISPARO

Creí que al menos,
cuando mirabas 
sin decir nada,
oyéndome, lenta;
cuando tus ojos
suplicaban, ahogados,
la clemencia rala,
tan innecesaria
porque amamos, y ardía
la comisura de los labios, 
tuyos, quietos, calcinando
las Falsas Palabras;
creí que, entonces, 
al menos, así, sin habla,
no sería tu Silencio
una pistola blanca.





Alberto Cancio García   

martes, 17 de julio de 2012

ESENCIALIDAD

Yo también me he preguntado
a qué sabe la espuma
cuando ya no queda agua.


Me dije: La pasta. Es la pasta.
Y reí.


Mordí la cáscara de plátano.
Lavé mis dientes otra vez.
Sudé sin hacer nada.


Y luego...


Barrí, y estaba limpio.
Rasqué donde no pica,
ni picaba... ¿en los dientes?
¡Au! ¡Ay! ¡Au! ¡Ay-au!


...e insistí al hombre del bar: 
Agua natural. 
Da igual si está caliente.


Y quemaba. ¡Quemaba!


Eché a volar a veces, yo también:
Miré sin ver sobre el reloj,
dijo ella: la cuchara,
y yo traje un tenedor...
Llegué tarde al examen
y luego desperté, sobresaltado,


y sólo eran las dos.


También dije "yo odio" sin sentirlo,
lo mismo que "te quiero" (un poco menos),
y luego me reí por compromiso.


Tardé en llamar a Pepe sin quererlo,
ahogado en el estudio...
                ...inútil de mi ombligo,
y alguna vez leí, leí, y dormí,
diez noches en la misma paginita,
ido.

Qué gracia cuando dicen:
recoge "lo esencial" en tu poesía.
Y miras al espejo,
y surge la esencial algarabía.










Alberto Cancio García, 
que está guapo todo el día.

sábado, 14 de julio de 2012

GARAN-TÍAS

La garantía de amor
no se mide en el espacio
entre el helicóptero que pasa,
el bar donde tú bailas
y mi habitación.


La garantía de amor
no cuenta para ellos,
arriba, que son sólo pilotos
surcando la noche de arena.


Yo no puedo gritarles,
ni siquiera lo intento.
Yo miro la noche
e imagino sus cabezas
como luces. Sus cascos,
como blancas pelotas de ping-pong,
con micros de oreja, lejos, muy lejos,
sobre las palmeras.


Y vuelan en tu dirección en silencio
—o diciendo esas cosas que dicen
los pilotos cuando hablan en las pelis, por micro—
en tu dirección, tranquilos y tensos a un tiempo.
Delante del cristal verán las cosas,
pero es en el radar y no en el mundo,
donde ponen los ojillos de pelota
para no chocar: ¡Pum, pum, pam!


La noche de arena. Las palmeras.
No sirven.


Más allá de mi ventana, yo tampoco veo.
Y ellos ni me ven ni me han mirado.
Yo lo sé, que no saben dónde estoy. 
Desde arriba no se notan las cabezas 
de normales. Sólo las pelotas, como luces.


Tampoco observarán la tuya, claro,
cuando pasen sobre ella.
Así que no les he gritado, ni dado
recados para ti. Cuando pasen
oirás lo que yo: ¡Zum zum! ¡Zucurruzún!
O quizá, quizá ni eso.


Por el aire, desfilan los sonidos ya cansados
cuando salen de la boca, del motor, lentos, flojos,
acabados, y a los metros ya se mueren
como viejos olvidados, son, son - idos. 
¡Garantías del amor en helicóptero!
No va a escucharse el mío, mi son - ido
que les queda a ellos tan lejos.
Si apenas me oyes tú, 
cuando digo en el oído
que te quiero.






Alberto Cancio García










lunes, 2 de julio de 2012

LOVE

Voy a seguir tocando eso que llaman
lo Eterno, con las puntas de mis dedos
seguiré, confiando, lo Prometo:
seré una vez tan solo mi añoranza

y día alguno habrá de no ser nada,
de no pertenecer: tener un beso
como Anoche, dejarlo como ahí muerto,
y darle luego cuerpo de guitarra.

Y así me contendré:
de pronto en su Sonrisa:
tocándola mi Beso en un traspiés.

Lo Eterno jugará... a hacerla mía.
Y entonces por sus ojos yo Sabré
que ella Lo quería.





Alberto Cancio García

DÍA D

Qué cosa
¡Ay!
Qué, y en que cariz,
momento,
              razón,
                       circunstancia,
                                             lugar,
                                                    singladura,
                                                                   bostezo...


se dice uno a sí:


Ahora, y en este contexto,
y ausente del tiempo
y obviando pre-textos,


yo voy a escribir.








Alberto Cancio García

jueves, 12 de abril de 2012

¿Y TÚ QUIÉN ERES?

Que quién soy. Rumiar, haber indagado, haber hecho qué. Haber hecho el hecho que me hace ser. Y ver, qué, qué he hecho. Hecho negro, ¿verdad?, lo negro más allá de lo indecible. Rumiarlo. El hecho impensable pero hecho no obstante. El mundo de los ojos hacia atrás, el hueco del que no murmura nadie, ni uno mismo, aunque sea, y esté ahí, como un hecho, y se olvide y no figure en esa historia de hechos que es la vida.

Pién-solo.

Tomar a un colegial de los bajitos, ponerle un martillo entre las manos y apremiarle a que horade la roca. Más o menos. O aun más. Sin remedos. Hacerlo bajar por el hoyo con veinte explosivos, detonarlos a un tiempo, no encontrar lo pretendido, y obligarlo a repetir la operación una y otra vez sin éxito; aceptar que beba un poco, quizá, mas desoír su cómica llantina, de niño, e instarle a ahondar de nuevo en lo nefasto, contemplar su decadencia, castigarle; mientras confiar en que la suerte suene abajo con su grito de diamante, pero oler a sal podrida, al fin y al cabo, deambular alrededor, maldecir por qué este tiempo, por qué lo negro, mirar la noche encima, callar, mirar, sudar, hallar abajo, profundo, niño lastimero, niño, aserto. Llamarlo y que ya entonces, sin oros ni caudal, aun martillo en mano, y sucio y negro, adulto, cubierto por el fango, yazca como tieso, verdaderamente muerto. 

Que quién soy. Recréese en los hilos macabros de la escena —rumie—, sucumba al morbo, ría el miedo o la avaricia, libe la traición, estudie la masa oscura del guiño, examine la tierra yerma o eso que llaman infierno, y aun no me habrá descubierto del todo. Aun quedará viajar tres mil kilómetros, aterrizar allá donde los colegiales van en efecto al colegio, echar un vistazo a las calles asfaltadas, andar por ellas, comprobar la calidad del hormigón, medrar en lo inefable a lo largo y a lo ancho, arrepentirse, llorar el poema baldío, en el bar, porque habla de todo, de la cosa bella, cómoda, sensual, del odio que entrega el martillo más allá, del túnel, la muerte y el niño: de lo que ocurre tras la frontera, en fin, y que no existe si no puede leerse. 

Me leo, me leo... soy, soy.

Hurgue en la absoluta cartera. Lea también. Eche un vistazo a mi nombre, mi fecha de nacimiento o mi ciudad de residencia. Los números sin mucho que decir; decepciónese ante la pésima funcionalidad del documento, ahonde en la fotografía, míreme de pleno, como si hubiera entre nosotros un panel reflectasol, de plata o bronce porque hubiera sonado el martillo en otras ocasiones al fondo del hoyo, o simplemente no estuviera mal escudriñar los ojos verdes a un desconocido. Admita mi belleza, recréese también en ella, por qué no, la poca o la mucha, abúrrase de contemplarme y ponga defectos ralos a mi rostro, sitúeme en cualquier escenario a cualquier hora, con mis labios, imagine mis reacciones, sin objetividad: adórneme, diga que viví, que no viví, traduzca el recorrido en diagramas sin mucho tino: que yo vuele, que me crean en Brasil cuando ande por Siberia, que me pinten triste cuando muerda carne dulce por alguna habitación, o en la escalera, o en la playa donde, puede que así fuera, es probable, presumible, yo creciera. Playa blanca interminable, por ahí. Justo ahí, invénteme. Y véame de niño, entre en los chalets, viejos, de alquiler, sobe a mis gatos, escale sin miedo mi faro. Huela los pinos, y ya verá, arrójese duna abajo, ría, ría, déjese morder por escarabajos peloteros y arrójelos luego por los aires… Observe que resisten. Cuatro, cinco golpes.

Imponga a partir de entonces a mi vida cuantos éxodos prefiera, fatídicos o sorpresivos, un viaje, luego otro, y otro, con el número de llantos oportuno. Lléveme del campo a la ciudad, zumbe en mis oídos como pájaro o camión, no importan mis gemidos, huela mi sudor adolescente, mis noches y mis gritos, disponga el estupefaciente que mejor describa el mundo, drógueme cada noche, abuse de mí, tóqueme, aunque luego me deposite sobre el escritorio y me ponga a escribir como un loco.
Habrá de retirar los papeles, leerlos detenidamente, sentirse en cierto modo defraudado y hurgar en el arcón de la izquierda: Allí deshaga el Caos, vaya seleccionando los cuadernos y diarios que tengan mejor aspecto —lea, lea, lea, yo soy—, descubra cuán equivocadas eran sus elucubraciones, llegue a lo peor en un santiamén, atienda a confesiones y demás obscenidades, sorpréndase de su bien pensar, llegue a mí desde lo oculto y desnúdeme el pecho en busca de ese lado tan oscuro. Lámalo, disfrute, grite a todo el mundo que sabe a caramelo de café y disfrute de pronto, aureolas en los rizos de mi humo. Diga: No es tan malo, tiene un fondo noble, y olvide las premisas aberrantes, los miedos; busque risas, busque besos, busque labios absolutos, busque letras dichas así, con garbo, y encántese de mí, de mi concepto, de mi a veces tangencial genialidad, que no es constante. 

Busque, ya le digo: Encontrará. Madurez relativa, paso ascendente o caída ridícula. Crisis neutra, de risa después. Edad de volverse majara. Atribúyame cualquier patología y aun así  créame sano. Consecuente. Voz madura. Busque: no se oye a simple oreja pero está, en ventiscas de música a bocajarro, a manos de un poema que parece que no dice pero esconde lo que ERES sin saberlo. Busque lo que es ERES, lo que es SOY, en mí sin mí y CONTIGO. Busque eso eterno y proyéctelo adelante como una alfombra que se borde sola hacia el destino. Siga, lentamente. Viaje por la selva o el desierto, por países más allá de la frontera, por los niños que no van ni pisarán jamás la escuela. Llegue luego al hoyo, dos manzanas más al Este, busque las riquezas que habitamos sin saberlo, la plegaria de humildad de la ignorancia, la impotencia lacrimosa, la rabia contenida porque amamos, a un hermano, a un amigo, a las diosas que son todas: busque al niño, ya fundido, convertido en el petróleo de este mundo que habitamos. Lo hallará, ya refinado, porque había, porque había y el martillo habrá sonado, y en la mina sonará tarde o temprano, eso siempre, llenará nuestros bolsillos, de campanas y otras cosas, y habrá paz en la cabeza, pez que nos caliente los motores, diosa que subir a nuestro coche, luz, felicidad, felicidad, FeLiCiDaD, aunque habiten niños muertos las entrañas de la tierra. 



Alberto Cancio García



martes, 10 de abril de 2012

JONES

Cambia las cuerdas
                               de una en una.


No las quites todas de un tirón


o tu puente flotante, 
                              en efecto, flotará


y no habrá quien alinee su consistencia


contra el techo 
                             de la música del mar. 






Alberto Cancio García
.

lunes, 9 de abril de 2012

TEMPO III

Yo, que era niño,
no lo sabía.


Creía que el sol
era una seta.


Cuando salía.






Alberto Cancio García

TEMPO II

Fúnebre gemido, no. No amanece
más early porque nadie lo haya dicho
y, si turn off las lámparas del cielo
a media tarde, llorarán los niños.

No ocurre lo que ocurre aunque parece
que el viaje ha terminado en infinito,
más allá del llanto, I´m so sincere
apeado en la parada del destino!

... look at me, mojado de mil ausencias,
mi paraguas de entonces troceado,
umbrella de servirse en buena mesa,

allá el reloj, acá el minuto amado,
desecho el train en rizos de melena,
fúnebre gemir, todo ha finishado.



Alberto Cancio García







jueves, 5 de abril de 2012

RUiDO

Tú, como todo, te pierdes.


En el cielo que está negro,
cuando hay Luna, con las nubes,
te ves como una mancha diminuta
cuyos lados no me tocan. 
Sin tu piel como atractivo continente,
eres como gota de agua neutra,
que, ni fría ni caliente, cae rodando
por las zonas de mi cuerpo que no sienten.


Y si hoy lloro porque lloro,
y si hoy río porque el mar se te hace grande,
yo te pierdo. Y no importa, aunque sea  
tan obtusamente grande por mi llanto
nuestro mar, porque tú ya lo regaras poco antes
con tu pútrido lamido de alma verde.


Te tenía, hace horas, porque ahora tú si quieres. 
Pero tú no lo has gritado, lengua parca.
No has gritado para que esos pterodáctilos del cielo 
                                                                        
                                                                                     se enteren.  






Alberto Cancio García





miércoles, 4 de abril de 2012

SUJETO SUJETO y MEJOR SUJETO

Toma el zumo verde del deseo 
En sorbos pequeños. 
Tú de él no sabes nada; quizá,
A fuerza de soñar los caminos, 
Sea finalmente el cierto una chapuza.






Alberto Cancio García

martes, 3 de abril de 2012

UTILITARISMO

Tiene el poema bueno
                                                             lo que no tiene el poema.

El poema dice "lleno"
                             y si es bueno está vacío.

                                                             Si el poema dice "negro",
será blanco el contenido.
                                                            
                                                             Si el poema bueno reza
será a un loro a un membrillo,

                             y si es bueno dirá malo,
                                                            y si es malo no valdrá

ni a las viejas ni a los niños,

                            que otra cosa cantarán.




Alberto Cancio García

lunes, 2 de abril de 2012

Quién Sabe

¡Ay, quién sabe
los aires!,


si cuando yo duermo,
tú duermes: 
no se escucha;


y dormimos
ambos sin nadie,


del oído al secreto,
todo tan quieto
que asusta.


Respira la palabra
flojita y suave
en mi pelo revuelto,


y quién sabe los aires,
mi vida, quién sabe 
el suspiro: qué lleva,
qué dice, a qué sabe.


Transcriben bostezos,
dibujan dos almas,
embozan de tinta los labios 
parados de besos.








Alberto Cancio García

miércoles, 28 de marzo de 2012

TEMPO

La          noche de            los cocodrilos               huele
como a                                                luces albinas.


A                                  perlas de agua quieta y morada


que corta          en       mil            triángulos    la             selva.


Así el suspiro                      mueve su                 cabeza,
  
cuando            gira el                         cocodrilo el verde


de la tierra.               Lee la hora,                        sube y baja


como               una trompeta,            click!,                        tiene voz


amarilla    su   electrónico                           reloj de pulsera.








                                                                                                                     Cancio 
                                                                                                       Alberto               García

domingo, 25 de marzo de 2012

El futuro músico

Esta tarde, en la parada del autobús, se preguntaba Marcel, en guerra contra el viento de levante, por qué a veces se le resbalaban las palabras de las manos y estallaban antes de caer al suelo hechas trizas, cuando la última bocanada de su cigarro le hizo ver a un niño a su lado con un dedo en la boca. Oía de lejos las órdenes de su madre, que lo instaba a no chuparse las manos después de tocar el asfalto de la acera donde jugaba, y al ver que no le hacía caso y que mantenía sus ojos fijos en él, Marcel trató de ayudarlo:

—No te metas las manos en la boca, que el suelo está muy sucio.

Como era de esperar, tampoco a él lo obedecía. Entonces ideó un plan:

—Mira mis manos. ¿Sabes lo que puedo hacer con ellas?

El niño ladeó la cabeza con la boca semiabierta y el dedo dentro.

—Con estas manos soy capaz de hacer música. ¿Te gusta la música?

El niño asintió. O bien estaba estupefacto ante las palabras de un desconocido, o bien, al igual que muchos hemos hecho en nuestra infancia, le costaba responder.

—¿Te gustaría hacer música con las manos? —insistió Marcel. Recordaba aquel verso que una vez escribió en su libreta: «la música subiendo por mis manos», en honor a un recital.

El niño volvió a asentir. Esta vez sonreía, con ese ademán de la inocencia que el hombre en ocasiones añora.

—Entonces, debes cuidarlas. Han de estar limpias, porque así cuando toques el piano conseguirás que suenen mejor. De modo que sácatelas de la boca, ve con mamá y que te las limpie.

El niño, sin más, obedeció, corrió hacia su madre y, mientras ésta las limpiaba con un pañuelo, le dijo:

—Mamá, de mayor quiero tocar el piano.

La madre dirigió una mirada sonriente a Marcel. No sabía si el niño conseguiría ser pianista, pero sí sabía que aquel desconocido había logrado algo imposible. Y el futuro músico volvió a correr por la acera, mientras el viento aún alborotaba el cabello del muchacho aquel que le había enseñado a no meterse las manos en la boca.

Jorge Andreu
25 de marzo de 2012

sábado, 24 de marzo de 2012

VACÍO

Cada noche
                  en el vaso desierto 
la música lila
                                        Quema.
Baila, 
                            forzada la risa
del lúbrico roce,
                          mi voz omitida.
El guiño salvaje
                                       la Mano
más allá 
                             de la mentira.
Y el mal pensamiento
                                      que pesa,


sueño indebido
                       en
                    mi cama desecha.
         










Alberto Cancio García

jueves, 22 de marzo de 2012

MAESTRO

Sé que verías en mí
algo distinto.

Llegarías y dirías:
Saquemos al artista
que hay en ti.
De esta forma, y esto otro
se hace así.

Sabrías exprimir
el jugo en la aceituna
de mis tardes, 
vendrías al poco 
a embriagarme
recitándome algo tuyo,

y luego, sentados a una mesa, 
confiarías tu secreto de luna
a cuatro camareras:

Ser de donde se sea, 
 para no perder el sino,
viajar con la marea
y andar a donde quiera
que diga tu borrico. 

¡Ay, Federico,
qué maravilloso si ahora,
como otros hicieron contigo,
pudieras venir 
a mostrarme el camino!






Alberto Cancio García

miércoles, 21 de marzo de 2012

CRACK!

Quién muere y Quién (se) muere,
temeroso de Dios
sin haberse Lavado los dientes.


Qué sentido y Qué (ha) sentido,
el espejo al mirarte la Boca
bullendo de Mar caliente.


Dónde guardan, Dónde guardan(se)
dél y el mármol los Gametos 
en tan Ínfima simiente. 


Sólo espero, espero(Te),
que al Decir: nada tiene Sentido,
dices el Todo que muerde.








Alberto Cancio García

NIEVE

Ayer caminaba de casa
al bar donde almuerzo a menudo,
y al cabo de varias zancadas 
con tanta dulzura mojaba la luz
los robles de ramas nevadas,
en vez de tomar, indolente,
la recta acostumbrada,
torcí y me interné en la floresta
que orilla la calzada.

Allí como un árbol sentí,
las piernas a la tierra atadas,
así que observé con agrado
las brisas que en torno cantaban.

Después de un instante entreví,
ocultos en la hierba alta,
docenas de mirlos atentos
al candor de mi mirada,

y en una ramita de arbusto,
como invisible sobre la nevada,
había uno blanco, tan blanco,
que, no sé hacia dónde, di gracias.




 Alberto Cancio García



martes, 20 de marzo de 2012

JUGUEMOS (?)

         Había inventado una frase graciosa
e iba a escribirla y se me ha       olvidado.
Mas... bueno, tranquilas, no importa, 
(no importa)    o al menos, no demasiado.
 Es bien difícil que en un par de esquirlas
                          pueda yo enseñaros algo.
 




Alberto Cancio García

MAREJADA

Dónde quedan las certezas:     Creía en la marea de color.      se han mezclado en mi cabeza.
                              En los barcos de papel.             Los matices, ahora qué,
El océano está negro,
                                                                                                                    como siempre debió ser.


















Alberto Cancio García

lunes, 19 de marzo de 2012

EMMANUELLE

En la cama de los rojos secretos,
abiertas en un cielo peligroso,
yacían las calimas de mi cuerpo
tal Dios deshizo el Mundo: Sobre el torso


el mango de flor verde brilló lento
hundiéndose en la médula fecundo
y en un gemido hermoso
la lámina morada del deseo


1)     rajó la piel a tientas
        con filo poderoso, 
2)    vertió sobre las sábanas mi letra


       y en pétalos de luna hizo un dibujo,
       llamando a ese otro cuerpo que viniera
3)   a arder en lo profundo.








Alberto Cancio García


Es poco probable que te mueras
justo al terminar este poema.










Alberto Cancio García










¿Ves?

domingo, 18 de marzo de 2012

BIENVENIDA, VEJEZ, YO NO TE ESPERABA

Ensimismado
porque el hecho de no estar
a la altura de las circunstancias
sólo puede ensimismar
(la mirada siempre bella, claro está),
al bajar a tierra he visto
las tajantes divisiones que son nuevas,
que no estaban cuando abrí la portezuela
con idea de alejarme para al poco regresar
y ver lo mismo y hacer mella.
Y es que el mundo no funciona
como antes y me extraña. El reloj de la vejez
se ha adelantado, cuatro horas, y ahora todos
necesitan pelos blancos que no tienen,
y que buscan ignorando las melenas, siempre negras,
como el duro patear las espinillas de repente,
deja en un segundo plano: el picor de un piojo vivo,
recorriendo la cabeza, siempre y cuando
uno lo sienta. Ya no existen guerras en sentido
que dispongan los honestos a la izquierda,
y los santos a la diestra; todos se patean sin cesar
las espinillas, indistinta la bandera, y se roban inclusive
las calvicies, las arrugas, de los unos a los otros,
y de pelo en pelo blanco salta el piojo
condenado                   —irrisoria
            a una estúpida irrisoria, sí, lo he dicho  


                             evidencia.









Alberto Cancio García

viernes, 16 de marzo de 2012

Queridos Torreones:

Les diré que estaba en mi cuarto y fumé, 
y era un cigarro de esos que fumas cuando acabas:
terminas de hacer eso, lo que sea, miras a algún lado,
                              y lo enciendes, 
fruncido el ceño aun por andar todavía en lo otro, 
en eso que estabas haciendo y que das por concluido
justo antes de encenderlo, pero que de alguna forma
aun proyecta cierta imagen inconclusa en la cabeza,
como un mosquito haciendo de las suyas ahí arriba,
sonoro, circular, intermitente, que aun no se ha matado.


Pero entonces te sientas y fumas el cigarro como lento
(no como esos que ni cuentas y al cabo queman los dedos),
sino del modo de esos cuya brasa se consume a nuestra vista, 
suave, lento, como cuando olvidamos a alguien, muy lento, 
y el humo se eleva contra el pensamiento, que baja,
y baja con los párpados cayendo, relaja la presión en la mandíbula,
al tiempo que el calor deshace en tiras la conciencia 
y esa idea, que tenía la intención de proseguir martirizando,
se emborrona, se marchita, se extravía entre los tules azulados
del ajado entendimiento. Un veneno de pulmón que es antídoto 
para otro de alma, porque desdibuja tal o cual desasosiego,
tal o cual perturbación relacionada con cualquier actividad 
que precediera ese momento en que te fumas tu cigarro.


Con todo: encenderlo y contemplarlo y recostarse
bajo la aciaga luz de la habitación, mirar al techo,
estirar las piernas hasta donde la mesa lo permite,
y notar que el culo está dormido, mover el cuello, etc., 
guardan esa significación que pone límite a algo
que es en verdad pensamiento obsesivo y demás abusos
y es seña de enlace a otra cosa, aun desconocida, 
pero que desvincula en cierto modo de esa otra actividad 
que, incómoda o no, ya empezaba a reventarnos.  


Entonces en esa postura en el blando sillón, echar un vistazo a los bucles
me embebe de sueño hilarante: soy libre, puedo redirigir mi noche si quiero. 
Dejé la actividad anterior hecha calima de humos. 
Sonreír a la nada, plantear la búsqueda y elegir mi puerto. Ahí arriba. 
Decido que puedo elegirlo esta noche, soy libre, estoy solo, es sencillo.
Por áurea que sea la luz o negra que esté la ventana, enlace a otra cosa
y soy libre. Fumo en Europa Central, soy libre en su noche,
su lluvia, su frío inhumano, su sangre caliente. Ésta es mi soledad.
Fluyo divino en celda número 77, cuando todos han cerrado ya los ojos,
cuando todos duermen, mejor dicho, y yo sonrío por mi vida, 
por si va a ser así siempre. 


Ser esclavo de uno mismo lo han llamado libertad 
y es una gracia. Yo quisiera estar con ella, por ejemplo, 
pero asumo que soy libre para ser así de idiota y estar lejos y no estar
Celda 77, Cadena mi cuerpo, Delito estupidez, y no hay fianza
que indemnice la cruda profanación de mi deseo, 
nociva como el humo, que es veneno: nociva de esa forma 
que me hace tan culpable de mí mismo. Soy tan libre 
como hamsters en su jaula: beben, comen, riñen, juegan,
enloquecen en su propia libertad de plástico rojo y si acaso, 
extrañan que no haya hueco más abajo, 
que permita galerías más seguras.
Libres para no saber amarme, aunque sienta como padre 
sus llantinas de la noche, y los ame, yo, los ame,
como no he amado nunca a ningún bicho tan pequeño.


Tuve, siendo niño, un pollito que llamamos Caramelo,
pero aquello fue distinto, porque no cavaba hoyos en la tierra,
no tenía que esconderse; entonces todos éramos muy niños, él también,
y nadie planteaba tan siquiera la vergüenza ser modesto era pecado,
ni tenía la ocasión de decidir en qué incurrir, más allá de irse a la cama
cuando alguien lo ordenara; y no había sino rojo en las mejillas, 
sino ausencia de tabaco, plenitud poco estudiada,
y dolor, un dolor horripilante, libre, básico,
cuando un gato se llevó en la boca al pollo, 
abierto como un abanico dorado.


Los sentimientos se complican a medida que uno crece,
y no surgen los complejos hasta bien bebida la adolescencia
(esa que uno se va quitando poco a poco, como un manto de esterilla,
que calienta de este frío pero pica, ya molesta), y luego llega un tiempo
de verdades; todas juntas, implacables, como el grito de los hamsters,
insistiendo que son libres en su jaula, que por mucho que les abras la cancela,
ellos optarán por el calor de las virutas de madera, por el suelo que se excava,
por seguir escudriñando cada palmo de la jaula, en busca del eterno pasadizo
que jamás, y es la ilusión, jamás acaba.

Lección de soberana inteligencia, por eso se presienten superiores,
por eso a mí me bufan cuando acerco algunos dedos a la jaula.
Saben que en el fondo, no soy mucho más inmenso que mi mano, 
no soy ellos: libres por ser menos, sino yo: libre por ser tonto,
y volver, así, de pronto, a sentirme tan pequeño.


Les diré que en mi ostensible pequeñez cesa el cigarro de dar muerte,
lo retiro sin que haya de algún modo sido enlace a otras historias
porque en esto estaba antes de encenderlo y sigo ahora,
y prometo a las paredes amarillas no afligirme mucho más,
porque así me quedaré, y es bastante y hablo y como, duermo, escribo...
Las cosas han cambiado y aquí sigo; a merced del sufrimiento ¿para qué?,
si me toca ser el duende y no el apuesto caballero, supongo que joder
también es divertido. 


Sería reprensible dar la vuelta a algunas cosas. 
Si el humo ahora bajara: los hamsters morirían asfixiados en su jaula, 
y no me embebería la fruición de por las noches,
que escribir con humareda por el medio no se puede...
¡extraña y tan extraña a mí mi jaula: paredes, cuerpo y alma


yo soy mi tormento y mi humareda,
decido si prefiero ese tormento, la tormenta, suspensión, 
o sencillamente calma. Se acabaron las pociones y los hongos
y las pastas que me eleven hasta el humo o permitan que los hamsters 
puedan verme cara cara. Y en eso va un cigarro.
Para qué dilucidar ciertas patéticas imágenes 
que hieren en el fondo: Verlos juntos y saber que yo aquí abajo, 
pertenezco, por entero, a otro mundo.

Si el humo se cuela en un ojo un instante, el ojo duele diez instantes,
duele mucho. Tanto que obliga a presionar, hendiendo la humedad
espesa y ardiente, como mordisco de... 


Del humo amargo al agua tibia. Yo siempre lloré sin lágrimas,
los bucles juegan a burlar la quemazón de la redonda lamparita, 
aunque el ojo duela y duela, por colmillos de este humo
que, en algunas noches tontas, viene a hincarse en mi cabeza. 










Alberto Cancio García